Juan Andrés Piña

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El toro por las astas: Más entretenido, menos angustioso

Apr. 30 , 2011

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Publicado en La Tercera, 30 de abril de 2011

Aunque a veces cae en la exageración, el montaje no desdice lo esencial del texto de Radrigán.

Cuando en 1982 se estrenó El toro por las astas, su representación fue saludada de manera inmediata y entusiasta. Para el duro período nacional que se vivía, la obra le hacía frente al menos a dos temas de áspera contingencia. Por un lado, la presencia de unos protagonistas desesperados, a la deriva, solitarios, marginales, que tocaron fondo en su vida espiritual y material, habitantes de un prostíbulo de mala muerte que esperan la llegada de un "milagrero" que los saque de ahí. Por otra parte, estaba el explícito llamado a no confiar en prodigios divinos para superar dicho estado y a asumir una batalla que los saque del círculo de miseria y degradación que los ahoga. Para la época, se trataba de una propuesta arriesgada, que no esquivaba situaciones específicas chilenas, aunque sin caer en el mensaje más obvio y estridente. En este sentido, la producción de Radrigán se escapa del convencional concepto de "teatro político", porque propone una especie de "metafísica de la pobreza": no se pretende ahí realizar un catastro de miserias materiales a la manera naturalista, sino de penetrar en la condición humana de los desamparados y su posible redención.

Aunque casi 30 años después de su estreno parte de aquella dolorosa realidad no se ha modificado, desde la perspectiva dramatúrgica sí que ha pasado agua bajo los puentes. Hoy, varios de sus parlamentos parecen algo solemnes, sentenciosos y hasta redundantes en aquello que quieren transmitir. Es probable que este aspecto discursivo de algunos de sus pasajes (sobre todo en el tramo final) haya convencido al director Alejandro Goic de alivianar el tono general de la historia, desconcertando a muchos espectadores que conocen las creaciones de este dramaturgo desde una mirada más trágica. Para ello, Goic le da a determinados personajes un tono casi chispeante, como Antonio y Víctor, que en el original son más desgarrados. Igualmente, introduce un pianista siempre en escena (Patricio Solovera) y convierte en festivos ciertos diálogos que en el original nada tienen de reidero.

Aunque hay que reconocer que en varias ocasiones se cae en la exageración por el afán de lograr la empatía del espectador, para nada se desdicen aquí los contenidos esenciales del texto de Radrigán, que se mantienen intocados en su aspecto medular: el íntimo retrato de unos seres que aspiran a un mínimo de dignidad, después del avasallamiento de que han sido objeto. Se podría decir que es un punto de vista más "entretenido" y más ameno, y también menos angustioso, pero ello no invalida la apuesta del montaje. Es muy posible que a las nuevas generaciones les resulte un espectáculo que mezcla adecuadamente lo llamativo con lo profundo. A su resultado final contribuyen el homogéneo grupo actoral y el notable espacio escénico diseñado por Guillermo Gangas.



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