Crítica de teatro: Una desbandada algarabía
Oct. 08 , 2011
Publicado en La Tercera, 08 de octubre del 2011
La compañía La Calderona tiene un mérito poco frecuente en el mapa del teatro chileno actual: haber desarrollado durante los últimos años un sostenido trabajo de investigación escénica con clásicos de la dramaturgia española. Aquí, donde lo que prevalece son los "grupos" -habitualmente de exigua persistencia en una estética determinada y efímera vida artística-, su presencia constituye un aporte tan inédito como interesante. En sus puestas en escena, sus integrantes (dirigidos por Macarena Baeza) le han otorgado una personal lectura a los textos elegidos. En el caso de este estreno, los aspectos lúdicos, musicales y festivos prevalecen por sobre una mirada más convencional, tal como se ha hecho varias veces en la última década con varios clásicos.
En El joven burlador, basada en El burlador de Sevilla (1617), de Tirso de Molina, la opción del director Daniel Gallo es llevada al extremo de sus posibilidades. Aunque se conserva parte del original, esta versión rescata básicamente el argumento central y sobre él estructura un espectáculo de música, canciones, chistes para la galería, frenéticas carreras y situaciones disparatadas. Nada del oscuro y hasta truculento mundo barroco prevalece aquí, ni menos esa concepción religiosa que finalmente conduce al libertino protagonista a su irremediable final. Se trata más bien de un divertimento, donde la obra de Tirso es una excusa para la colorida fiesta que se desarrolla sobre el escenario y que, lógicamente, está destinada a entusiasmar a un público juvenil ajeno a las preocupaciones teológicas o filosóficas del autor. Dentro de su estilo, el montaje posee coherencia, al margen de los gustos del espectador, a quien le costará reconocer aquí las huellas de El burlador de Sevilla.
Sin embargo, hacia el final de la representación se intenta dotarla de contenidos, entregar una especie de moraleja que, de otra manera, ya estaba en su escritura. Abandonando el jolgorio de la primera hora de función, todo deriva hacia una suerte de "castigo del género" contra Don Juan: las mujeres por él mancilladas se encargan de volver a aniquilarlo, después de haber descendido al infierno. Esta salida de registro -una farsa que quiere ser drama- se torna incómoda y hasta absurda, un desenlace edificante que contradice las intenciones íntimas que animaron lo hasta entonces visto. Quizá bastaba con permanecer en lo que siempre fue: una desbandada algarabía.




