Juan Andrés Piña

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Beckett: una dramaturgia todavía intacta

Jan. 29 , 2011

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Por Juan Andrés Piña, Periodista.


Al revés de lo que podía esperarse, esta versión para la obra de Samuel Beckett que dirigió el norteamericano Robert Wilson no pretende instalar sobre el escenario una mirada rupturista ni temeraria, como lo ha hecho con algunos otros montajes a través de su extensa carrera operística, musical y teatral. Tampoco es equiparable a las múltiples experimentaciones llevadas cabo en las últimas décadas con los textos del dramaturgo irlandés en tantas partes del mundo, incluido Chile. Aquí, los resultados de dichas tentativas "vanguardistas" han sido habitualmente más que dudosos y, al revés, cuando se ajustaron razonablemente al original, consiguieron adhesión y trascendencia.


En esta representación de Días felices, Wilson emplaza a la protagonista Winnie (Adriana Asti) hundida hasta la cintura en bloques de cemento y no en arena o basura, como era lo habitual. Son estos afilados y oscuros trozos los que la van tragando progresivamente, lo que le confiere un moderado carácter contemporáneo, como si su residencia fuese una ciudad destruida. Este tono casi apocalíptico se refuerza con una iluminación de fondo que varía tenuemente durante todo el desarrollo de la acción dramática. Así, por momentos Winnie parece flotar en un espacio cósmico y en otras ocasiones el lugar puede ser una carretera abandonada; la sensación que persiste durante toda la función es su estado volátil, de no pertenencia.


En esa zona, ella plantea su patética y conmovedora cháchara, a estas alturas considerada como de las más memorables en la historia del teatro contemporáneo: ese afán por considerar que cada día se puede ser feliz y estar llena de bendiciones, mientras la vejez y la enfermedad la corroen, es decir, mientras continúa sumergiéndose hasta desaparecer. Wilson aprovecha la breve participación del marido, Willie (Giovanni Storti), para introducir un elemento de humor que contrasta fuertemente con su esposa, y lo retrata como un personaje lujurioso y sensual.


Esta puesta en escena respeta casi puntillosamente el texto original de Beckett, que 50 años después de su estreno nos resulta casi realista y nada de absurdo, como fue percibido en su tiempo. Incluso, hasta la extrema fragilidad de Winnie podría ser parte de nuestro paisaje habitual. En esta línea, Wilson no sólo dirige notablemente a los actores, sino que baña el espectáculo de brillantez, pulcritud y fuerte luminosidad, de un glamour que contrasta fuertemente con la auténtica condición de sus protagonistas. En este choque de realidades está la novedad de su propuesta, una nueva lectura que nos devuelve una dramaturgia todavía intacta.



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