Niño que anota
Feb. 18 , 2012
Publicado en La Tercera, 18 de febrero del 2012
La simpleza, lo hemos sostenido aquí con insistencia, suele ser una virtud a la hora de narrar. No ha de extrañarnos, entonces, que la ausencia de adornos y la facilidad de las frases que uno encuentra en la tercera novela de Rodrigo Díaz Cortez, escritor chileno que ha desarrollado una carrera en España, sean, precisamente, los atributos más destacables de este libro breve pero elocuente. Por el lado de la historia misma, y en concordancia con lo recién dicho, el protagonista y narrador es un niño, un colegial vivaracho, soñador y, sí, algo precoz, que pugna por entrar al mundo de la conversación de los adultos, sospechando ingenuamente que allí, en esa instancia suprema, encontrará placeres nunca antes experimentados o, al menos, dará con alguna explicación a ciertos misterios aún infranqueables.
El pequeño comandante transcurre en Paitanás, un pueblo del desierto de Atacama que, según ha manifestado el autor, vendría a ser una recreación literaria de su ciudad natal, Vallenar (Paitanás también figura en otras de sus obras). Afortunadamente, el norte de Díaz no está decorado con folclorismos, apariciones ni exotismos ridículos, sino que se asemeja bastante a lo que el sentido común sugiere que es: una vastedad seca y agreste. Ello no impide que Benito, el niño que anota todo lo que le va sucediendo en un cuaderno forrado en plástico, se divierta de lo lindo al aire libre con su amigo Jim (el nombre es una clave), ya sea aferrados a una cámara de neumático que flota por las aguas del río Huasco, o reuniéndose a leer bajo las higueras los ejemplares nuevos de Condorito que Jim, un tanto misteriosamente, provee.
Jim, poco mayor que Benito, es un muchacho diferente al resto: su madre ha decidido educarlo en casa, entre rejas que paulatinamente crecen en altura, mientras que el padre, un personaje fantasmal, con toda probabilidad trabaja para las Fuerzas Armadas, algo que aquí, en esta novela, tiene una connotación decidora no tan sólo para el entorno inmediato de Benito (el protagonista vive con sus abuelos, ya que sus progenitores posiblemente figuran en las listas de detenidos desaparecidos), sino que también concierne a la mayoría del pueblo: la actualidad del relato, fijada en los años 80, está marcada por manifestaciones callejeras y otras muestras de oposición a la dictadura militar.
Pese al horror latente que se adivina tras la orfandad del menor, la infancia de Benito no ha sido especialmente traumática; esto se debe, en parte, a la calidez y a los cuidados de los abuelos, así como también a la inconsciencia propia de un imberbe: Benito sabe que las cartas que de vez en cuando recibe firmadas por sus padres no fueron en realidad escritas por ellos, aunque la constatación de un vacío que podría resultarle insoportable no lo lleva a perder el temple. El abuelo Samu, empeñado en evitarle al niño un dolor innecesario, ha ideado una larga historia por capítulos, en la cual los padres ausentes figuran como piratas rebeldes, errantes y justicieros que viajan por el mundo en busca de aventuras.
El momento preciso en que, tarde o temprano, casi todos entramos a la adultez, es el tema principal, y a la vez el clímax, de El pequeño comandante. La sutileza de la mirada, el homenaje a la imaginación de los niños, la contención literaria puesta en práctica, más ciertos silencios intencionados con los que Díaz se afana en los procesos de una mente infantil despierta, hacen que la lectura de este libro breve, brevísimo en realidad, resulte evocadora, grata y sobre todo valiosa.





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