Chilenos en Brooklyn
Aug. 06 , 2011
Publicado en La Tercera, 06 de agosto del 2011
Cuando hace cinco años María José Viera-Gallo publicó Verano robado, su primera novela, fue fácil darse cuenta de que esa narración se debía más a las ganas de hacerse presente que a la contundencia literaria. A simple vista, el libro carecía de los atributos distinguibles en aquellas obras reposadas que, sensatamente, se dejan madurar a propósito, sin ser apaleadas antes de tiempo ni sometidas a premuras artificiales en pos de marcar una presencia relativa.
Verano robado, en suma, representó un fiasco sonoro, pese a que en la solapa de esta, la segunda novela de Viera-Gallo, alguien asegura, con muy poca astucia, que el debut de la autora como novelista se convirtió en un libro de culto y en un favorito de la crítica.
Mentiras aparte, la segunda novela de Viera-Gallo, Memory Motel, efectivamente tiene algo que ofrecerle al lector: aquí hay una historia bien hilada, que va cobrando intensidad y vértigo a medida que las páginas avanzan, una historia que no requiere de modismos, de paradas generacionales, ni de otras tonterías similares para asentarse y ganar presencia. A lo que voy: cuando una narración goza del tiempo necesario para madurar en la mente del autor antes de llegar al papel, el resultado final suele ser satisfactorio.
Coincidentemente con el tema, Agata Bravo, la protagonista y narradora de Memory Motel, es una mujer que alcanza la madurez en el relato. Próxima a cumplir 34 años, Agata sufre un golpe sentimental del cual saldrá fortalecida: Igor Martínez, su marido, la abandona por otra mujer. Hasta antes del quiebre, la pareja compartía un departamento en una zona taquillera de Brooklyn, el barrio juvenil de Nueva York. El es artista visual, mientras que ella se desempeña como traductora de etiquetas de remedios. Tras la separación, Agata se niega a volver a Chile y, poco a poco, comienza a salir del estado depresivo que la tuvo a tan mal traer.
En paralelo a la reconstrucción espiritual de Agata, la novela ofrece un retrato atractivo, verosímil, elocuente, y por momentos novedoso, de una ciudad tan irreproducible como lo es Nueva York. La autora, en este sentido, no comete el error colegial de intentar explicarlo todo, sino que sólo se refiere a aquello que conoce bien: "Era una de las cosas que más me gustaba de Brooklyn: esa falsa familiaridad que se creaba entre puros desconocidos". Y a diferencia de otras novelas escritas por miembros de la generación de Viera-Gallo, en donde las frecuentes alusiones a todo lo que sea gringo no pasa de ser una pose esnob, estúpida y bastante detestable, aquí hay un ánimo de especulación más o menos serio, con lo que las numerosas palabras en inglés presentes en el texto cobran un sentido que va más allá de lo meramente ornamental o impostado.
Al romper la linealidad del relato, Viera-Gallo consigue otorgarle velocidad e interés a una trama que acepta, sin complejos ni resquemores, la presencia de saludables raptos imaginativos: una planta carnívora, un cuento escrito en cierto lenguaje indescifrable por el hermano muerto de la protagonista, un oso negro de tres metros, un misterioso rockero encubierto, son algunos de los componentes fantásticos que se funden con la veta central de la narración, que es realista y de corte íntimo, sin producir sobresaltos o estridencias. Bien encaminada hacia un desenlace que explica de manera contundente el título del libro, Memory Motel viene a ser una obra que crea expectativas positivas acerca del futuro de Viera-Gallo como novelista, un libro que, en definitiva, es capaz de devolverle la quebrantada fe al lector.




