José Miguel Serrano

Puerta al sur

 

"Premios", prestigio y desprestigio

Jan. 23 , 2012

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Una de las técnicas favoritas utilizadas en el proceso de re-educación de las mayorías consiste en el posicionamiento de determinadas ideas y la destrucción o inhibición de otras. La técnica empleada sigue el método de prestigiarlas o desprestigiarlas, lo cual se aplica tanto sobre el ámbito de las ideas como también sobre sus respectivos voceros y propagadores.

Si tomamos como ejemplo el negocio cinematográfico de Hollywood, podemos ver que uno de sus mayores instrumentos formadores de prestigio son los Premios Oscar, otorgados anualmente por la industria y cuya entrega se transforma en un show universalmente contemplado. Luego, una vez otorgados los Oscar, los ganadores publicitan ampliamente estos éxitos, transformándose los premiados en verdaderos íconos sociales capaces de concientizar a sus miles de seguidores con los ideales del mundialismo, o de quienes manejan de una u otra manera dicha industria.

A un nivel más alto pero con una metodología similar, tenemos al más prestigioso de todos los galardones: el Premio Nobel. En este caso, su otorgamiento se torna muy importante en aquellos rubros de mayor contenido político, como son los Nobel de La Paz, de Literatura y de Economía. En el primer caso, a menudo se otorga a personalidades políticas que poco o nada tienen que ver con la paz, pero que resultan clave para determinadas etapas o procesos del mundialismo que requieran prestigiar a sus actores con un “Nobel de la Paz”.  De esta manera, se ha llegado a otorgar el premio a ex-guerrilleros, o a presidentes como Barak Obama cuyo ejército se ha visto involucrado en cruentas guerras en Africa y Asia (Afganistán).

Lo esencial radica en que una vez que se prestigia a estas personas o ideas, resulta más fácil impulsar ciertos procesos políticos, económicos y sociales, aún cuando éstos resulten injustos. En términos generales, lo que organizaciones mundiales como la Trilateral Comisión, el Club de Roma o el Grupo Bilderberg formulan de manera científica - como pauta en el camino hacia el mundialismo -, se populariza luego a través de un sinfín de intelectuales, políticos, actores sociales y otros, adecuadamente prestigiados con sus respectivos “premios”, quienes propagan los diferentes aspectos del nuevo orden mundial. Todo esto se realiza, naturalmente, en nombre de la “paz mundial”, de los crecientemente imprecisos “derechos humanos” o del consabido “progreso de la humanidad”.

Complementariamente a la técnica de prestigiar determinadas ideas y sus voceros, está la otra metodología que impulsa el efecto exactamente inverso, consistente en desprestigiar a aquellas ideas, personalidades y figuras históricas que sean representativas de oposición y resistencia a las premisas filosóficas de la tecnocracia mundialista. La metodología del desprestigio resulta tanto o más efectiva que el factor prestigiante y explica las grandes campañas de acción psicológica canalizadas por los medios de comunicación social y en los establecimientos educacionales, en contra de determinadas ideas, doctrinas, teorías y personajes políticos, y hasta en contra de ciertas corrientes religiosas a las que se ridiculiza o sataniza (un buen ejemplo de esto último sucede con el islam).

De esta manera, se elaboran y propagan falsificaciones en relación a países y su realidad, cargándose de una emotividad a menudo desmedida a determinados hechos, lo cual sirve para generar simpatías y antipatías, desviar la atención o encubrir intencionalidades difícilmente confesables (los acontecimientos que llevaron a la invasión de Irak, de Afganistán y la probable futura conflagración con Irán). Por otra parte, se ignoran o minimizan algunos eventos gravísimos que suceden a diario y a los que se les quita toda carga emotiva, como la persecución de las minorías africanas en Europa, de los “indocumentados” en Estados Unidos o del pueblo palestino en el Medio Oriente.

Todas estas técnicas de acción psicológica procuran propagar un mensaje universal que pretende superar y reemplazar las consignas de “Libertad-Igualdad-Fraternidad” que estimularon a la Revolución Francesa. Este llamado hacia el nuevo orden mundial puede sintetizarse en tres lemas ambiguos, ideados para el consumo masivo de las mayorías poblacionales: Democracia-Paz-Derechos Humanos.