Héctor Soto

El Blog de Héctor Soto

 

¿Y ahora qué?

Sep. 25 , 2008

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A la Alianza, que podría llegar al gobierno el 2010, no le conviene un Transantiago catastróficamente proyectado en el tiempo. Tal como este descalabro ha golpeado a Bachelet, mañana castigará a la próxima administración. Lo que la oposición debiera hacer entonces es ofrecer desde ya al gobierno su máxima colaboración técnica y legislativa para salir de la crisis y estabilizar el sistema.


Es difícil, sin embargo, que el gobierno vaya a querer concordar con la oposición las bases para una reformulación del Transantiago.Es improbable que lo que no quiso negociar en su momento por las buenas, cuando tenía bastante por ganar, lo vaya a negociar ahora, cuando ya está cargando con el muerto y es poco lo que tiene que perder. Los ánimos en Palacio quedaron muy caldeados y no está el horno para negociaciones ni contactos. Al tener que financiar el sistema con cargo al 2% constitucional, La Moneda ha debido tragarse su orgullo político, pero esto no significa que esté dispuesta a hacer borrón y cuenta nueva. Por lo mismo, vientos de guerra soplarán sobre estas arenas en los próximos meses.


Después del fracaso


El gobierno tiene cierto margen para estirar la cuerda. Después de todo, eso es lo que ha estado haciendo desde que el estreno del Transantiago fracasara en febrero de 2007. En algún momento, no obstante, tendrá que ponerse serio y acordar con la oposición una estrategia para avanzar en soluciones de fondo al problema.
La fórmula de Cortázar, que consistía en parchar un poco por aquí y otro poco por allá para que el tinglado no se viniera abajo, es la que fracasó esta semana, simplemente porque convencía poco y carecía de viabilidad económica en el corto, mediano y largo plazo. De hecho, en vez de ir reduciendo los desequilibrios del sistema, lo único que había conseguido era contrariar las proyecciones y aumentar las pérdidas.
Siendo a lo mejor duro para el oficialismo tener que ponerse de acuerdo con la oposición en una materia en la que nunca existió la más mínima disposición a mirarle la cara a nadie, quizás el imperativo de consenso no sea tan malo para el país en el mediano plazo.


Al final, en el Chile posterior a la restauración democrática, las únicas realizaciones que permanecerán son aquellas en las cuales se alcanzó un acuerdo político amplio (Reforma Procesal Penal, alta dirección pública, reformas constitucionales, reforma previsional). Todo lo demás se lo podría llevar el viento en cualquier momento.
La necesidad de convenir bases consensuadas para el sistema de transporte público no sólo es congruente con la cuantía de las inversiones que el sector requiere. También lo es con el rigor técnico, la eficiencia y el control que deben tener las políticas públicas. La chapucería y la impunidad ya tuvieron su hora en este ámbito.
Ahora hay que ponerse serios, rescatar lo poco que el Transantiago pueda tener de bueno, abrirlo hasta donde se puede a los incentivos competitivos y de precio del mercado y acordar de qué modo se corregirán los desequilibrios que presenta el sistema en la actualidad en términos operacionales, económicos y de servicio.


Problema y solución


Esta semana la oposición no quiso lanzarle al gobierno el salvavidas que le hubiera permitido salir del atolladero del Transantiago más o menos indemne. Y lo hizo aduciendo que el sistema es malo e imposible de corregir en sus actuales supuestos. Que paguen los responsables del desastre, dijeron, y el gobierno no consiguió salir con la suya.
Pero esta no es una victoria opositora. Y no lo será mientras no pueda demostrar que, a pesar de no haber sido parte de la génesis del problema, quiere, sin embargo, ser parte de la solución.


Esto tampoco es gratis. La reformulación del sistema de transportes supondrá, entre otras cosas, acotar subsidios, sincerar tarifas y trasparentar todo aquello que los distintos actores están poniendo y se están llevando. Como varios de estos asuntos son una brasa caliente, es comprensible que tanto el gobierno como la oposición le hagan el quite. Pero van a tener que agarrarla entre ambos.
Y es una fantasía pretender que puedan hacerlo sin quemarse un poco. Al menos un poco.


La Alianza no quiso lanzarle al gobierno el salvavidas para salir del atolladero del Transantiago más o menos indemne. Pero esta no es una victoria opositora. Y no lo será mientras no pueda demostrar que, a pesar de no haber sido parte de la génesis del problema, quiere, sin embargo, ser parte de la solución. Esto tampoco es gratis.



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