Tiempos de liquidez
Oct. 30 , 2010
Publicado en La Tercera, 30 de octubre de 2010
En el cine de hoy, lo único claro es que nada está muy claro. Tal vez la liquidez nunca había sido tanta como en estos días. Es cosa de comprobarlo -entre otros síntomas- en el tipo de películas que llega a las pantallas y en la enorme cantidad de títulos que no llegan o se pierden en el camino.
La misma sensación deja Luz y sombra en Cannes, el libro de Quintín y Flavia de la Fuente, recientemente publicado por la editorial Uqbar. La obra del mejor matrimonio de la crítica argentina reúne las magníficas crónicas que los dos escribieron desde el Festival de Cannes entre 1997 y el 2005, y comprueba que los terrenos del cine contemporáneo se parecen más a las arenas movedizas que a una meseta inconmovible y bien asentada. El libro, aparte de provocativo, es clarificador, porque Q es un crítico superdotado y divertido. Muy divertido: no tiene pelos en la lengua y mantiene ese tono heroico que significa cubrir un festival de esa envergadura de la mañana a la noche. No es que durante esos nueve años hayan cambiado los polos magnéticos de la creación fílmica. Pero a lo mejor sí aparecieron o se incubaron o estallaron muchas de las líneas de desarrollo, de las interferencias, las inestabilidades y boquetes que persisten en la conciencia fílmica hasta hoy.
Las turbulencias e inestabilidades asumen distintas expresiones. La vieja política de autor, que daba por descontado en la mente de figuras como Truffaut que el peor Hitchcock iba a tener siempre mayor interés que el mejor Huston o Stanley Kramer, por decir algo, está sometida a fuertes entredichos. Las acciones de algunos de los más renombrados o temidos cineastas de los últimos años (desde Lars von Trier a Wong Kar-wai, desde Tsai Ming-liang a Pablo Trapero o Tarantino) suben y bajan (más bien bajan), como en un mercado bursátil compulsivamente alarmado por la depresión. La pesadilla economicista de Brian de Palma, cuando gimoteaba porque en Hollywood no valías ni un maldito dólar más por encima de los ingresos que conseguiste en tu última película, ahora se convirtió en un espantapájaros de orden crítico: no estás ni un centímetro más arriba de los embustes, errores o patinazos que cometiste en tu última realización. La calle está especialmente dura y efectivamente nadie tiene la suerte comprada. Eso lo supieron, en su momento, caciques como Scorsese, Almodóvar, Woody Allen o Gus van Sant, todos ellos abollados -por decir lo menos- en distinta magnitud por los barquinazos de la crítica, pero también han tenido que aprenderlo figuras aparentemente incombustibles en los círculos duros, como David Lynch, Claire Denis o el propio Michael Haneke.
La liquidez también se reconoce en la rapidez con que se han estado desplazando de un punto a otro, en términos de creatividad, las líneas de fuego del cine contemporáneo. Ya nadie se acuerda de que en algún momento estuvieron congeladas en París, Los Angeles y Nueva York. Todavía quedan memoriosos que recuerdan los grandes días del cine iraní. Después vino el boom del cine oriental. En algún momento le llegó la hora a los cines de la Europa Central y, aunque el pasaporte rumano era tomado con pinzas en todos lados, en los festivales se volvió una suerte de rompefilas. Entremedio se encendió el nuevo cine argentino. Ahora todo lo que pareciera salir de Portugal o Filipinas tiene inmenso rating. Desde luego que es una frivolidad decirlo así, pero bienaventurado sea el candor de quien crea que la compulsión por lo nuevo y lo distinto entre los críticos y programadores de festivales es cualitativamente distinta de la que induce a los consumidores más tentados a arrasar en los malls con las primicias de temporada y con todo cuanto sientan que los podría arropar.
Qué duda cabe: las cosas antes eran distintas. De partida, todo duraba más. Las películas en la cartelera, los prestigios en la academia, las figuras en los pedestales. Ráfagas de nostalgia se hacen sentir de tarde en tarde por los tiempos idos. Y ráfagas de expectación y optimismo abren la posibilidad de que a cualquiera le pueda tocar. Ciertamente, esta no es cuestión de suerte; en principio, es exclusivamente de talento. Y algo sugiere que, a nivel de festivales al menos, la cancha de alguna extraña manera se está emparejando. Ya era hora. Viva la liquidez. Está bien que trabajar en la periferia no condene a la marginalidad cultural. Pero está mal que se transforme por sí solo en pasaporte de consagración. Muera la gasificación.




