Rafael Guilisasti: otra historia
Jan. 11 , 2009
Precisamente porque la cátedra los sindica como los grandes regalones del gobierno militar y también porque para la opinión pública siguen siendo los únicos que, entre sumas y restas, la sacaron fácil durante el período de la transición política, los empresarios no las tienen todas consigo en el Chile actual. Numerosos estudios de opinión prueban que en este frente las cuentas distan mucho de estar saldadas. Puesto que no son muy transparentes, puesto que les encantan las conversaciones de pasillo y las políticas comunicacionales de bajo perfil, las organizaciones patronales con frecuencia despiden el hedor de los poderes fácticos. Con esa la realidad es la que deben contar. Y en momentos en que la crisis financiera mundial aumenta las presiones y entredichos sobre el actual modelo de desarrollo, al menos en su versión más asociada a los excesos del mercado, la llegada de Rafael Guilisasti a la presidencia de la CPC (Confederación de la Producción y del Comercio) podría ser para el sector no sólo oportuna sino también providencial.
Formado en una familia de fuerte sensibilidad conservadora y egresado del Colegio Saint George, Guilisasti debe ser el primer dirigente empresarial chileno en mucho tiempo que no proviene de las ligas de la ingeniería o el derecho, sino de la historia. Porque estudió historia de la Universidad Católica. Y más que el primero debe ser el único de sus pares que militó en la clandestinidad en un partido de izquierda hasta los 80', como parte de los cuadros del Mapu. Que hoy represente al empresariado nacional y ocupe el mismo cargo que otrora desempeñaron próceres como Jorge Alessandri, Jorge Fontaine, Walter Riesco o Ricardo Ariztía, podrá ser visto por diversos observadores, desde la clave más conspirativa, como otra manifestación más de la voluntad de poder de la generación Mapu, varios de cuyos dirigentes tuvieron roles protagónicos en el curso de la transición de los años 90. Pero es dudoso que esta perspectiva de análisis lleve muy lejos. Puede ser interesante seguirle la pista a un puñado de dirigentes que desde posiciones muy radicalizadas gradualmente, una vez recuperada la democracia, fue temperando sus ideales y tomando posiciones en frentes tan diversos como el gobierno, los partidos, el sistema cultural y el lobby. Sin embargo, a partir de ahí, es muy posible que sean mejores las novelas que los análisis políticos que se puedan escribir. Porque lo que en realidad está en juego en estos desarrollos es la pregunta si en verdad han cambiado los empresarios en Chile o si siguen siendo un estamento más bien inmune a los cambios del país y a los vientos de la historia.
Es una pregunta que rara vez se formula y rara vez se responde, no obstante que es difícil encontrar un plano de actividad donde las transformaciones en el país hayan sido más drásticas que en la empresa. Esos cambios se reconocen no sólo al comparar, por ejemplo, el listado actual de las cien mayores empresas con el de hace 15 ó 20 años, donde es posible observar atronadores ascensos y caídas. El asunto es bastante más serio que eso si se considera que el núcleo duro la función empresarial en la actualidad casi no tiene puntos de contacto -al menos en lo que a profesionalización, competitividad o márgenes respecta- con lo era hace tres o cuatro décadas.
Distintas en su organización, en sus cuadros directivos, en su exposición a la competencia y en su interrelación con el exterior, las empresas se han renovado bastante más que el establishment político o que la trenza del poder mediático, cultural e intelectual del país. Puede ser duro decirlo así, pero a la hora de abrir o expandir mercados los empresarios chilenos han demostrado tener en su esfera de acción mayor poder de convocatoria que el demostrado por los políticos, los medios o los artistas nacionales en su respectivo ámbito. Puede que circunstancialmente algunas industrias entren al ranking de los apernados y de los quedados. Pero es dudoso que pasen a encabezarlos.
Si el empresariado hoy día puede colocar a la cabeza de la CPC un hombre que en otro tiempo militó en la izquierda es porque de un tiempo a esta parte el sector ha estado haciendo un esfuerzo persistente por desacoplar la agenda gremial de la agenda política. Ese trabajo partió en medida importante desde la Sofofa en los tiempos de Felipe Lamarca y tuvo enorme visibilidad en la gestión que Juan Claro realizó en ese mismo gremio y en la CPC. La orientación de Bruno Philippi a lo mejor no fue muy distinta a la de sus inmediatos antecesores, pero no hay duda que su ostracismo comunicacional le significó costos. A diferencia de otra época, cuando la reserva era sinónimo de prudencia, la falta de transparencia informativa hace automáticamente pensar en cartas tapadas, en arreglines entre cuatro parades y en santos en la corte. Precisamente porque no hay empresa que no haya tenido que hacer aprendizajes muy duros en este sentido en los últimos años, cuesta entender que todavía queden dirigentes gremiales que no lo tienen del todo claro.
No sólo en este sentido la llegada de Rafael Guilisasti al timón de la CPC debiera entrañar un cambio. Sin venir ni mucho menos desde la marginalidad, aportará sin duda otra historia. E historias distintas es quizás lo que el empresariado chileno -hasta ahora demasiado monolítico y exasperantemente uniforme- más necesita en estos momentos.
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Posted by Mauricio López C. on January 12, 2009 at 03:25 AM CLST #