Héctor Soto

El Blog de Héctor Soto

 

¿Quién quiere inmolarse?

Jan. 31 , 2010

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 Publicado en La Tercera, 31 Enero de 2010

A la Concertación no la va a salvar un redentor. El realismo diría que la va a salvar más bien un líder abnegado y trabajador que -dispuesto a pagar costos- sea capaz de depurarla y sincerarla con su identidad.

En momentos en que la coalición se llena de incertidumbres, cuando se se abre a la autocrítica, cuando se pregunta por su destino y liderazgo, cuando intenta controlar la dinámica destructiva de las cuentas pendientes, porque podría llevarla a una carnicería, es probable que no sean los políticos con épica y relato los más idóneos para encabezar la recomposición. Después de dos gobiernos que miraron con resuelta sospecha a sus propios partidos y de crecientes brechas entre lo que hacía La Moneda y lo que planteaba el discurso de los dirigentes del bloque, se acumularon demasiados desequilibrios y desajustes como para creer que ahora todo lo que se necesita es un buen líder carismático, ojalá joven y sintonizado con la gente, para que vuelva a reencantarla y poner en movimiento a la Concertación. El asunto, en realidad, no es tan simple.

En el esquema planteado por el ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger, la Concertación podría estar necesitando no un héroe del triunfo y la conquista, de esos que encarnan ideales puros e intransables, sino más bien lo que él llama un héroe de la retirada, que son, por el contrario, profesionales dudosos del "apaño y la negociación". El libro de Javier Cercas Anatomía de un instante -elegido como el libro del año en España el 2009- acoge en sus primeras páginas esa distinción asociada al desmontaje de las dictaduras del siglo XX.

Cercas cuenta que Enzensberger reconoció heroísmos de este cuño en gente como Gorbachov, el general Jaruzelski y el premier español Adolfo Suárez. Los tres fueron políticos poco glamorosos y sin gran carisma, que cumplieron la tarea de desarmar los mismos tinglados que los habían exaltados. Los tres fueron incomprendidos y se distinguieron  más por su capacidad de renuncia que de apropiación. El primero controló e inspiró hasta donde pudo el desmoronamiento de la Unión Soviética; el segundo impidió la invasión de Polonia, y el tercero desmontó al franquismo. De acuerdo, esto no tiene nada que ver con la suerte de una coalición que precisamente vivió sus jornadas más gloriosas luchando contra una dictadura prolongada y que se ganó todas las condenas y vetos en materia de imagen internacional. Pero también podría tener que ver porque, tras 20 años en el poder, la Concertación ha acumulado mucha maleza y malentendidos a su alrededor. Y antes de la recomposición o del reencantamiento, tal vez lo primero sea limpiar y aclarar.

Va a ser una tarea complicada e ingrata. Hay varios traumas y malentendidos que el bloque debe superar. Por de pronto, la Concertación debe definirse con claridad frente al modelo. Gobernó con esta estrategia de desarrollo durante 20 años y sin embargo, en sus filas sigue siendo motivo de vergüenza, contrariedad o condena. No es sano que la coalición siga arrastrando contradicciones de este tipo. Por otra parte, alguien tendría que decidirse a enfrentar al interior del bloque el poder de las "máquinas" partidistas, que aparte de ser tóxico para representatividad, tuvo efectos negativos sobre el aparato público. En el mismo orden de ideas, alguien tendría, asimismo, que decidirse a desmontar de una vez por todas los supuestos políticos que llevaron a mucho operador o señorón de la coalición a sentir que el Estado chileno estaba en deuda con ellos y por el solo hecho de ser ellos. Es posible que sobre estas prácticas también se necesite un nunca más.

Ninguno de estos desafíos es para hacerse querer. Al contrario, lo más probable es que quien los emprenda termine con las alas quemadas. En este sentido, hablar de un héroe de la retirada no es descaminado. Quien asuma este rol no sólo habrá de tener un discurso coherente -coherente pero inoportuno, como demostró tenerlo Ricardo Lagos la noche del 17-, sino también un testimonio de conducta que no se preste para ambigüedades, complicidades ni medias tintas.

Son varios los dirigentes que querrían liderar el reposicionamiento de la Concertación. Pero va a costar encontrar un candidato dispuesto a quemarse, literalmente, en la pasada. No abundan los héroes de la retirada en la política chilena. Nadie está muy dispuesto a pagar costos. En alguna medida, en una coyuntura ciertamente muy distinta, lo estuvo  el general Fernando Matthei. Quizás fue también el caso de Carlos Cáceres, el último ministro del Interior del régimen militar, cuando, tras negociar con la oposición de entonces las reformas constitucionales que abrieron las compuertas de la transición, se fue para su casa. En posición parecida a lo mejor quedó, asimismo, el ex presidente Alywin, cuando hubo de deponer, negociar y acomodar diversos planteamientos de su campaña una vez en el poder para viabilizar la transición. Pero son perfiles escasos. De hecho, en la Concertación el discurso dominante es que ahora es el momento de los jóvenes, pero a ninguno de los viejos que lo repiten se les ocurre dar un paso al lado. En el fondo, quieren seguir, quieren estar. Si no como protagonistas, al menos, en el rol de patriarcas y mentores.




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