¿Qué hacer con Pablo Longueira?
Sep. 25 , 2008
La tentativa de Pablo Longueira de sentarse a negociar el Transantiago con el gobierno volvió a reducir, el fin de semana pasado, su gravitación en la UDI. En rigor, su aproximación al oficialismo deja entrever a un senador confundido, crispado por el rating de Sebastián Piñera y deseoso de recuperar el protagonismo que tuvo tanto dentro de su partido como en la escena política nacional. "Todavía lo queremos mucho -dice un parlamentario de su colectividad-, pero Pablo ya no tiene aquí incondicionales". Lo concreto, sin embargo, es que a partir de 2004 el parlamentario con más instinto de poder de la UDI, el hombre con mejor percepción del rol un tanto misional que su colectividad debía cumplir en la política chilena, comenzó a desperfilarse y a perder sensibilidad al clima político. Llama la atención, por ejemplo, que no haya advertido a tiempo la necesidad de abrir su partido a los nuevos tiempos y que se haya farreado la oportunidad de desmarcarse cuando De la Maza habló de la directiva UDI como de un club endogámico que se autorreproducía en el tiempo. ¿Fastidiado? Muy propenso a declararse cada tanto visceralmente contrariado y fastidiado con la política, no obstante llevar más de 30 años en ella, Longueira se está pareciendo bastante a Jorge Alessandri en su discurso de servicio público quejumbroso. Pero cuesta unir la retórica del martirio con el propósito de alcanzar destinos superiores. Porque todavía el gobierno de Bachelet no llevaba un año, cuando Longueira se sintió llamado a ser el hombre de su partido para el 2010. Claramente, se anticipó más de la cuenta y le fallaron las antenas, cosa que volvió a ocurrirle cuando se subió al carromato del bacheletismo-aliancista de Lavín, que todavía circula por ahí más bien vacío. De haber tenido éxito en la idea de negociar con el oficialismo por el Transantiago, Longueira se habría vuelto a colocar en el rol que asumió el 2003, cuando en plena crisis por el MOP-Gate salvó al Presidente Lagos de una coyuntura complicada con un acuerdo para modernizar la gestión pública. El objetivo era atendible, pero los resultados defraudaron muchas expectativas, porque, según repiten en la Alianza, aparte de no frenar la corrupción, el acuerdo tampoco sirvió para controlar el intervencionismo electoral de la pasada administración. A reinventarse Es normal que los políticos se equivoquen. Es normal que muchos pierdan la brújula, incluso por largo tiempo. No ad aeternun, eso sí. En su frustrada "operación salvataje" del Transantiago, el senador sólo cosechó unas cuantas flores artificiales del jardín verbal del ministro vocero de Gobierno, Francisco Vidal. O Longueira se reinventa en lo que siempre fue su marca - la exhortación a construir una derecha con fuerte arraigo popular - o tendrá que resignarse a la fatalidad de los que estaban llamados a más.

Curiosa trayectoria la de Longueira. La mayoría de los analistas considera que la piedra que finalmente dividió las aguas entre un antes y un después en su trayectoria política fue el caso Spiniak, cuyas bajezas y miserias terminaron por descompensarlo.
Quizás lo mismo le hubiera ocurrido a cualquiera. Fue demasiado y hubo momentos en que, claro, como cuando dijo haber hablado con Jaime Guzmán o cuando sacó un libro de tono más profético que político, pareció abiertamente sobregirado. Se podrá discutir hasta qué punto lo estuvo. Pero nunca volvió a ser el de antes.
Longueira venía de anotar junto a Lavín en la elección del 99 el mejor desempeño electoral de la derecha en toda su historia.
También perdió el liderazgo que tenía entre los sectores más jóvenes y combativos de su partido, cuando el diputado José Antonio Kast pasó a representarlos en la primera elección competitiva de la mesa directiva de la colectividad, luego que Hernán Larraín decidiera no repostularse.
La gran diferencia, en cualquier caso, es que esta vez las cosas progresaron en forma distinta. El llamado de Longueira a pactar con el gobierno no encontró piso en la UDI y la directiva que encabeza Juan Antonio Coloma se limitó a señalar elegantemente que él no era el interlocutor para estos efectos y que el asunto del Transantiago seguía en manos de Jovino Novoa, quien después del asesinato de Guzmán pasó a ser la mente más fría y sagaz de la UDI a la hora de sus definiciones cruciales.
La historia de los partidos está llena de extraviados que optaron por caminos equivocados. Pero no es el caso de políticos de la contextura de Pablo Longueira, en términos de convicción y fuerza, de carisma y arrojo.
Por mucho que su vocación de servicio público tenga un sello abiertamente ignaciano y enfatice mucho la dimensión testimonial, Longueira es un político hecho para la acción, particularmente para la acción en el mundo popular, y como tal, desluce mucho en las maniobras de cúpulas, cuando se queda solo o, todavía peor, cuando tiene que repetir una y otra vez el espectáculo de darse cabezazos contra el muro.
Un ejemplo de energía mal aplicada a dilemas cupulares fue cuando inventó la candidatura de Jorge Arancibia en la elección senatorial de la V Costa en el momento, creyó solucionar un problema lo que no sabía es que con el almirante el partido se estaba comprando otro.
O Longueira se reinventa en lo que siempre fue su marca -la exhortación a construir una derecha con fuerte arraigo en el mundo popular y que no tiene que pedirle permiso a los poderosos ni para ser ni para decidir- o tendrá que allanarse a la fatalidad, oscuramente chilena, de los que estaban llamados a más y se pasman en el camino. Sería una tragedia para él. Y también para su partido, atendido que políticos con semejante empuje y convicción no se dan todos los días.




