Héctor Soto

El Blog de Héctor Soto

 

Mina San José: Sobre ficciones y realidades

Sep. 05 , 2010

3 Comments

Mi gran error -dijo años después el director Billy Wilder- fue engatusar a espectadores para que entraran al cine con la idea de que iban a tomar un buen cóctel, cuando en realidad se les daba un trago amargo de vinagre". La cinta, que se estrenó en 1951 con el título de Un as en el agujero, fue una de las pocas obras de Wilder que fracasó en su época tanto entre el público como entre los críticos. Fue rechazada de plano, al punto que la Paramount decidió suavizar sus contornos más desagradables y relanzarla con otro título y nuevo afiche, ahora como El gran carnaval. Pero tampoco: los resultados volvieron a ser decepcionantes. Tendrían que pasar varios años para que se reconociera que se trataba de uno de los mejores largometrajes del realizador. Hoy es casi una obra de culto.

El gran carvanal (que en Chile se exhibió como Cadenas de roca) es la película que los más suspicaces y memoriosos han recordado a raíz del drama de los 33 mineros atrapados en la mina San José de Copiapó. Aunque el eje del relato de la cinta no guarda mucha relación en la impresionante experiencia de sobrevida de los mineros chilenos atrapados a 700 metros de profundidad, sí hay semejanzas que tienen contornos perturbadores.

El gran carnaval se inspiró también en un desastre minero ocurrido el año 1925 y que mantuvo en vilo a los Estados Unidos con la suerte que Floyd Collins, un trabajador que quedó atrapado en un derrumbe y cuyo rescate tuvo lugar en medio de una gran zalagarda articulada por la prensa y los políticos. Billy Wilder olió que en ese caso podía haber material para contar una historia que ajustara cuentas con la prensa carroñera y con el oportunismo político y, con la ayuda de dos guionistas, construyó una trama que, sumergiéndose en lo más profundo de la bajeza humana, estuvo marcada por su cinismo irónico y su resuelta misantropía. El autor de Sunset Boulevard, Una Eva y dos Adanes, Piso de soltero, Bésame tonto y Primera plana nunca se hizo muchas ilusiones del idealismo de la gente. Las películas negras que hizo, varias, partiendo por Pacto siniestro con Barbara Stanwyck, la mala más mala de todos los tiempos, son inspirados tributos a la fatalidad y sus comedias están llenas de tramposos, embaucadores, impostores y tipos capaces de las peores ruindades.

El gran carnaval, por cierto, no fue una comedia. El protagonista es Kirk Douglas, quien interpreta a un cínico reportero que ve en el accidente del minero la oportunidad de su vida para lograr que lo recontraten y hacerse famoso. Se pone de acuerdo con un sheriff venal -una verdadera serpiente, según deja en claro la puesta en escena- para retrasar el rescate al máximo posible. El show garantizará la reelección del sheriff y el asunto parece fácil. ¿Por qué lo que se puede hacer en unas cuantas horas no se hace mejor en unos cuantos días, con más suspenso, más emoción y en un calculado alarde de patetismo que convierta al lugar en una feria y un foco de atención nacional?

El reportero convencía de su estrategia a la propia víctima: "¿Cómo? ¡No me diga que va a publicar mi fotografía en el diario! ¡No puedo creerlo!". Comienzan a llegar los forasteros entonces. Periodistas, campesinos brutos, familias atraídas por el morbo del accidente, vendedores de salchichas, ambulantes que ofrecen baratijas y gaseosas… Los locales de las cercanías incrementan ostensiblemente sus ventas. Kirk Douglas, además, se enrolla con la esposa del minero accidentado. Todo anda bien en esos peladeros de Albuquerque, Nuevo México, menos la moral. No es un dato menor que Billy Wilder se estaba adelantando a su época. A comienzos de los 50 el mundo todavía ignoraba los desarrollos que iba a tener el periodismo amarillo, la televisión basura y si alguien hubiera hablado entonces de la lógica de los realities nadie lo habría podido creer.

El desenlace de la cinta, claro, necesariamente tuvo que ser moralizador. El show comienza a perder aire. La esposa confundida recapacita. A Kirk Douglas se le vuelve encima su propio tinglado y terminará pagando caro su descarado montaje.

La película y la vida real

Aunque al nivel más anecdótico puedan darse curiosos paralelos entre lo que está ocurriendo en Copiapó y El gran carnaval, el trasfondo no puede ser más diferente. Lo que está pasando en la mina San José es una epopeya. Lo que ocurría en la película era un gigantesco fraude. Pero, así y todo, no sería malo que copias de la cinta circularan por los medios de comunicación. Como más de alguien ha dicho, sería lamentable transformar esta feroz experiencia de fatalidad y sobrevivencia en un carnaval de populismo, en un reality de emociones fraudulentas o en el festival del rating. Todos saben que lo que viene va a ser largo y, superado el pasmo del primer contacto y la corriente de júbilo que se hizo sentir a continuación de norte a sur, lo que viene va a ser duro y va a ser largo.

De alguna manera habrá que contener y proteger la experiencia. No degradarla ni pervertirla. Este es, por lejos, el momento en que Chile mejor se ha reencontrado con su conciencia herida y golpeada tras el terremoto de  febrero. Es, por lejos, la gran lección de optimismo, temple y entereza que nos va a quedar como sociedad en este año del Bicentenario. En San José no sólo renació la esperanza de ver con vida a un grupo de trabajadores que la racionalidad había dado por muertos. En la pregunta que -antes que nada- hicieron los sobrevivientes acerca de los compañeros que habían alcanzado a arrancar del derrumbe (cosa que ellos ignoraban), y en la Canción Nacional que entonaron después, se escribió una página sobrecogedora de humanidad y civismo. Qué alivio: no siempre somos la manada de orangutanes que nos muestran las noticias, las calles, el matonaje, el fastidio o la violencia imperantes. Todavía somos un país.

Si alguien va a necesitar prudencia en el manejo de todo esto va a ser el gobierno. Lo peor para esta administración sería dejarse arrastrar por la lógica del efectismo comunicacional. El día que se huela la más mínima correlación entre emoción y oportunismo, entre ojos humedecidos y puntos de aprobación en las encuestas, la opinión pública reaccionará con severidad. Mejor que el ministro Laurence Golborne ni siquiera escuche a la cátedra que ya esta semana se estaba afilando los colmillos con la pregunta respecto de qué iba a hacer con el supuesto capital político que le adjudicaba la encuesta Adimark. Por ahí, ministro, por favor, no.

Si Golborne está donde está es precisamente porque la gente ha visto en él lo que quienes lo conocen  saben que tiene: espontaneidad, calidad humana, fuerza interior, sencillez, inteligencia, sentido común, pragmatismo, humor. No es un héroe. Mucho menos un creído. Por supuesto no es perfecto. Me consta que tiene un exquisito mal gusto cinematográfico, pero se enciende con la guitarra y canta bien. Cuando aceptó el ministerio lo hizo a ciegas. No tenía idea que el Presidente lo quería en Minería. Se le aconsejó que no se metiera en camisas de once varas. Pero se metió. Y tampoco tenía idea de lo que le aguardaba. En cada momento eligió. Pero sin imaginar jamás las consecuencias. Impecable.




Comments:

Don Hector, por un momento al ir leyendo su artículo me senti confundido como frente a una nueva dimensión, al terminar de leerlo todavía siento un poco de angustia y desconfianza. Gracias, aunque me jodio el dia, siempre es preferible en estas circunstancias abrir un poco más el abanico.

Posted by Hugo on September 06, 2010 at 08:59 AM CLT #

Excelente la nota, esta pelìcula la compre
en un DVD doble dos semanas antes del accidente , donde querìa ver la Pelìcula " Los valientes andan solos " y para mì " El gran carnaval" era la yapa ,
pero la encontre muy buena, Don Hèctor , aquì Ud demuestra que es un maestro

Posted by raùl carmona on September 06, 2010 at 10:39 AM CLT #

Esperemos que la realidad esté sobre la ficción.

Posted by Consuelo on September 06, 2010 at 05:24 PM CLT #

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