Héctor Soto

El Blog de Héctor Soto

 

Literalmente irrepetibles

Jun. 05 , 2010

4 Comments

Publicado en La Tercera el 05 de junio de 2010 

Excusen la primera persona. Recuerdo una antología de cine musical hollywoodense estrenada en los años 70 cuando, al presentar un fragmento de baile realmente sublime de Fred Astaire y Eleanor Powell (era un número de Melodías de Broadway, creo), el narrador invitaba a la audiencia a poner atención porque esto nunca más volvería a repetirse. Astaire giraba, saltaba, zapateaba y volaba como pájaro sobre el escenario y Eleanor Powell, con un vestido que dejaba ver sus piernas increíbles, bailaba y lo seguía con una gracia y sensualidad que nunca se vio antes y tampoco se vería después. Era una epifanía. Y era cierto: eso nunca más se volvería a repetir.

Desde entonces me he preguntado varias veces cuánto del cine que vemos por lo general es fórmula, cuánto es intercambiable, cuánto es bueno pero en línea con los estándares y cuánto, por último, es sencillamente irrepetible.

Demás está decir que, atendida la calidad de la cartelera, preguntas así se han vuelto cada vez más improcedentes. La sensación de ver películas como las que hemos visto antes y como las que seguiremos viendo el mes que viene está entre las experiencias más deprimentes que tiene el cinéfilo en la actualidad. Son pocas las películas que corren una frontera.

La idea en todo caso de que existan cintas que ya nunca más volveremos a ver, porque pertenecen a géneros extintos o porque corresponden a un cine sencillamente inviable en la actualidad, no deja de emocionarme. Pienso en las películas americanas de los 70, cuando el equilibrio entre la improvisación y el guión, entre calle y estudio, entre profesional y amateur, entre la majestad del oficio y la iluminación imperfecta, entre el relato canónico y la volada inconducente, fue más perfecto y delicado que nunca, según se puede comprobar en títulos como Taxi driver (M. Scorsese), Mi vida es mi vida (B. Rafelson) o Espantapájaros (J. Schazberg).

Pienso en películas raras, herméticas, que sin embargo fueron filmadas con toda la maquinaria de Hollywood a su servicio en ese tiempo. Pienso en actores que fueron modelos de simpatía y elegancia. Pienso en las tonalidades irreemplazables del technicolor.

Y pienso también en Andrei Rublev. Olvídense: nunca volveremos a ver una obra de esa envergadura. Se necesitó no sólo el genio de Andrei Tarkovsky y la gigantesca maquinaria industrial de los estudios de la antigua Unión Soviética. La cinta también fue posible porque mucha gente (mucho burócrata, mucho comité) en ningún momento quiso preguntarse si acaso esa producción colosal (tres horas 20 minutos en su primera versión, en glorioso blanco y negro, salvo en las escenas finales) que contaba una historia dura, medieval y mística, iba a ser capaz de recuperar un solo peso o de convocar en alguna parte del mundo a una audiencia masiva. Bastaba que alguien hubiera hecho esa pregunta para que el proyecto se hubiera ido a pique. Pero Tarkovsky lo sacó adelante. Con problemas, desde luego.

Andrei Rublev era la historia oscura, intrincada, violenta, de un monje que pintaba de íconos las iglesias y que a raíz de sucesivas masacres y de la destrucción de su obra por parte del ejército tártaro, deserta de la pintura y decide profesar durante años un voto de silencio. Lo va a sacar de su ostracismo una suerte de milagro: el pueblo necesita fundir una inmensa campana y el fundidor ha muerto. Su hijo dice que domina el secreto del oficio y todo el pueblo pone manos a la obra. Los trabajos ya están muy avanzados cuando el chico le confiesa a Rublev que mintió; jamás su padre le enseñó a fundir campanas. Pero suben la que el pueblo fundió a la torre de la iglesia en una operación multitudinaria y colosal y empieza el tañido. La campana suena de maravillas y no se cuartea. Es un milagro. Rublev recupera el habla y vuelve a la pintura. Fin.

Obra gloriosa, imponente, oscura en sus alcances y subtextos, carísima, hecha a la escala de Ben-Hur, pero con el recogimiento de una misa benedictina, Andrei Rublev se impuso en algunos festivales, pero con todo en contra. Estuvo prohibida durante un tiempo en la Unión Soviética. Después la liberaron y desde luego nunca movió multitudes. Se exhibió poco y probó ser una obra maestra e incomprendida. Desde ahí, nunca más.



Comments:

No sé si sólo en la URSS podrían darse filmes atípicos como Andrei Rublev, Solaris o el Sacrificio. David Lynch, un director all-american, se despachó filmes como Inland Empire, totalmente fuera del mainstream de Hollywood. Pero en lo que sí concuerdo es que en algunas temáticas y en los medios, Tarkovsky es hijo de la Unión Soviética. Producir en un ambiente tas aislado explica la secuencia de la autopista en Solaris, verdadera Sci-Fi para la URSS. Saludos, DR

Posted by Daniel on June 05, 2010 at 12:55 PM CLT #

Vaya que tienes razón, lamentablemente las películas actuales en su gran mayoría "ya las hemos visto" y debo decir que el "original" es siempre mejor, dígamos que tiene aura. Pero de vez en cuando surge una rara joya y debemos estar atentos para disfrutarla.

Posted by andrea on June 05, 2010 at 04:19 PM CLT #

Don Héctor,
Gracias por esta Columna. creo que siendo pequeño mi mamá me llevó a ver la película que comenta en la introducción y aprecié desde entonces la fascinación que el cine musical ejerció sobre tantos, hasta hoy.

Respecto a las epifanías del cine ¿no es acaso lo que uno siempre buscará en una película? el momento irrepetible, la frase que nos acompañará por siempre, la que siempre atesoramos y no deseamos ver nunca mil veces repetida.

Posted by manuel silva on June 05, 2010 at 07:26 PM CLT #

Que manera de escribir bien don hector. Me emociono. Y quiero volver a ver Andrei Rubliev. No soy el mas fanatico de tarkovsky, pero este es uno de sus grandes films.

Posted by gonzalo on June 05, 2010 at 08:34 PM CLT #

Post a Comment:
  • Quedan 500 caracteres

  • HTML Syntax: NOT allowed

Enlaces

Feeds