Héctor Soto

El Blog de Héctor Soto

 

La insensatez de Pedro Almodóvar

Jan. 23 , 2010

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A lo mejor Los abrazos rotos no es una gran película. No es perfecta. No es muy convincente. Es hasta difícil que nos traguemos asuntos muy básicos del relato, como que el personaje de Penélope Cruz (bellísima, fotografiada con infinito cariño) pueda volverse loca por un tipo tan deslucido y empaquetado como el director de cine que encarna el actor Llouis Homar. Es cierto: nada de eso convence mucho. Pero vaya que es respetable la película.
Por qué será, se pregunta uno. Y es difícil encontrar una respuesta que no pase por lo jugado que fue esta vez Almodóvar. Jugado incluso hasta la insensatez. Si se miran las cosas con alguna distancia, al final, en las pocas películas que cuentan, siempre hay un rasgo que se sale de madre y desafía todas las nociones de equilibrio y moderación. El cine de Pedro Almodóvar, que hacía tiempo venía perdiendo densidad y convicción, hasta llegar a esa basura que fue Volver, da un vuelco importante en Los abrazos rotos y lo consigue aplicando no menos almodovarismo, sino más. El más desproporcionado de los cineastas europeos de los ultimos 20 años vuelve a la desproporción.
Es perfectamente explicable que haya gente que reacciona a las películas de Almodóvar como los alérgicos al plátano oriental a comienzos de la primavera: con ronchas y picazones intolerables. Es comprensible: el mundo de Almodóvar, con todo lo zafado que parecía en los años 80, es intenso, muy intenso, pero, en definitiva, muy pequeño. Esa combinación lo hace a veces agotador. Quien no enganche con su noción vampírica de los afectos, con la idea de que la realidad siempre termina imitando a las películas, con su concepto del amor como ensoñación, con la sospecha de que en la vida siempre se imponen las lógicas de la simetría, o quien sienta vergüenza ajena ante su orgullo de ejercer el mejor oficio que se puede tener en este mundo, el de cineasta, bueno, lo más probable es que encuentre detestables sus películas. Demasiado clausuradas, demasiado autorreferentes y hasta demasiado necrofílicas, estando tan cruzadas por las conciencias y las imágenes, por las citas y la nostalgia del cine en el cual se formó. Aquí todo eso es muy explícito. Se ven planos de Rossellini (Te querré siempre) y la crítica habla también de obvias referencias a Peping Tom de Michael Powell (la historia de un mirón que sigue a una prostituta, va con ella y la asesina para revisar después en su casa lo que filmó) o a Douglas Sirk y Mario Bava, entre otros. De acuerdo: la cinefilia es una peste. Sin embargo, hay grandeza cuando alguien se atreve a reconocer no tener mucho más mundo que ése. Y hay una belleza sobrecogedora en el plano de ese director ciego que intenta atrapar con sus manos la imagen del último beso que le dio a la mujer que amó.
Amores fatalizados, pasiones reprimidas, traiciones, venganzas tardías, infamias ocultas, padres que no reconocen a sus hijos, hijos que ignoran la identidad del padre, esto parece un festival de ofertones melodramáticos. En estos caldos fuertes y sin duda antiguos es donde el realizador no sólo ha cocinado sus mejores películas. En ellos también está quemando sus naves, de manera no muy distinta de como lo hizo en otro momento, en literatura, Manuel Puig, el más subestimado de los novelistas del boom y a la postre uno de los más sólidos, o en cine el propio Fassbinder, por dar sólo dos ejemplos.
En una época en que los desarrollos del cine moderno importa más lo que quitan que lo que ponen, Almodóvar recarga las tintas y vuelve a depositar su fe en los códigos del melodrama. Esto es lo suyo, qué duda cabe. Y mientras lo comprobamos, imposible no pensar que cuando las películas son jugadas (y Los abrazos rotos lo es) pasa a ser casi un detalle que estén poco logradas o muy bien logradas, porque pareciera no ser eso lo que más importa. Imposible también no pensar que la mayor parte de las películas que vemos fracasa exactamente por lo contrario: por estar hechas con regla de cálculo, impostando la voz y acatando la ética y la estética del qué dirán.
Definitivamente, hay algo grande en esa grieta emocional profunda, en ese extraño desarreglo del ser, en esa descompensación de fondo, que induce a alguien a filmar literalmente su propia verdad.



Comments:

Hola, Héctor: Te leo desde Lanzarote, la Isla de César Manrique, Canarias, donde se filmó "Los abrazos rotos". La crítica local (de la que formé parte) y la nacional no fue muy favorable a la última creación almodovariana.Las razones son largas de explicar.El paisaje isleño y ciertas circunstancias(la secuencia del accidente es una recreación de aquel en que murió César, artífice del Lanzarote del "Land Art")envuelven la película de una atmósfera dramática. Almodóvar avanza sobre el vacío y arri

Posted by Alex Solar on January 24, 2010 at 08:00 AM CLST #

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