Héctor Soto

El Blog de Héctor Soto

 

La hora del documental

Apr. 23 , 2011

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Publicado por La Tercera, 23 de abril de 2011

No todo en la cartelera actual es para salir arrancando. Hay que ponerle atención a la iniciativa catalana del Documental del Mes, patrocinada por el programa Media de la Unión Europea y que está permitiendo la exhibición de obras de este género en más de 40 ciudades de España y Latinoamérica. En Santiago las funciones son en el cine arte Alameda. El programa consulta 12 títulos originales al año y este mes fue el turno de La isla, archivos de una tragedia, producción alemana y guatemalteca del 2009 dirigida por Uli Stelzner.

Se trata de una cinta ciertamente reveladora e impresionante. Stelzner ha sido hasta ahora el único realizador autorizado a filmar el archivo secreto de la Policía Nacional de Guatemala descubierto accidentalmente el año 2005 con ocasión del estallido de un polvorín que fue noticia internacional. El archivo da cuenta, con diversos eufemismos y notable esmero burocrático, de largos años de trabajo de inteligencia, seguimiento, investigación, represión, tortura y desaparición forzada de opositores. Parte de esa documentación, también, describe los alcances de la irracionalidad política y de las macabras dimensiones de la guerra civil que dividió a la sociedad guatemalteca hasta mediados de los años 90. Fueron más de 30 años de guerra sucia por lado y lado, alimentados entre otros factores por la discriminación y la desigualdad social, la complicidad de Washington con las dictaduras militares de la región, la persistente interferencia cubana, el discurso de la captura del poder por las armas y el fundamentalismo revolucionario de los años 60. Todo eso terminó traduciéndose en un interminable caudal de violencia política, con saldos espeluznantes para los derechos humanos y cifras atroces en términos de muertos, mutilados y desaparecidos.

La isla recoge sólo una parte de ese legado, la parte imputable a los uniformados y a los numerosos grupos paramilitares que operaron con la complicidad estatal. Desde luego hay varios testimonios sobrecogedores y algunos oportunos planos ambientales sobre escritos, fichas, fotografías, anaqueles y pasillos que inducen al espectador a hacerse una composición de lugar del horror que debió haber sido esa guerra. No obstante tener un nivel de análisis extremadamente pobre y reduccionista, el filme roza varios momentos emotivos y convincentes. A veces el director incorpora un cellista al cuadro para acompañar en vivo, por así decirlo, a la manera de un réquiem, las ruinas de lo que fue una tragedia colectiva.

Mientras más resuelta y definitiva es la huida del cine contemporáneo a los territorios de la fantasía abonados por los efectos especiales, el infantilismo y la digitalización, más urgencia y convocatoria pareciera reivindicar por compensación el cine documental. Lo que ha estado ocurriendo en sus dominios no alcanza, es cierto, para equilibrar el sopor en el que se está hundiendo la industria, pero al menos es un refugio. Esto ya es algo. Los hermanos Lumière quisieron que el cine sellara desde su nacimiento un pacto de sangre con la realidad. Después Méliés, que es el padre del cine como espectáculo, quiso otra cosa y durante mucho tiempo pareció tener la batalla completamente ganada. Hay que ver sin embargo un documental como La isla para comprobar que ese triunfo afortunadamente no es total.



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