La derecha y la batalla por la diversidad
Nov. 29 , 2009
Publicado en Reportajes de La Tercera, 29 de noviembre de 2009
La pugna que enfrentó en los últimos días en la centroderecha a los partidarios de ampliar la convocatoria con quienes creen mejor dejar las cosas como están es mucho más que una polémica por la inclusión del testimonio de una pareja homosexual en la franja electoral de la televisión. En realidad, es una batalla por la apertura del sector a la diversidad.
El asunto no se va a dirimir ahora, pero si Piñera termina instalado en La Moneda, el triunfo de su liderazgo va a dejar tan obsoleto el tema como esa discusión que tuvo lugar en los años 70, cuando economistas y empresarios se agarraban del moño por si los aranceles debían ser parejos o diferenciados.
Si hoy la discusión en torno a la diversidad y la inclusión tiene temperatura, es sólo porque en la derecha chilena hay una larga tradición de ortodoxia que la ha perfilado en dos direcciones. Hacia un cierto maximalismo arrogante, que trata de forzar las cosas para convertir la política, que por definición es el arte de lo que se puede, en el arte de lo que se debe. Y también hacia un sectarismo que hace mayor caudal respecto de quien está al lado como aliado que de quien está al frente como adversario. Como el sectario opera en política desde la pureza, cree florecer en la oposición y corromperse en la proximidad pecaminosa. Preferible pocos, cortados por la misma tijera e incondicionales, que muchos, heterogéneos, autónomos e incontrolables.
A partir de estos rasgos, no es raro que en la centroderecha haya poca cultura de coalición y poca elasticidad muscular para aceptar diferencias. No bien se detecta alguna, en los grupos más inflexibles y fácticos del sector se encienden las alarmas y sus voceros más representativos apelan a la pureza de los principios para reivindicar la buena doctrina y amenazar a los aliados con que hasta ahí nomás llegamos. Mejor perder con la bandera al tope que ganar claudicando en asuntos fundamentales.
Aunque este discurso en política es viejo y socorrido, en la derecha suena extraño. En pocos sectores hay una tradición de pragmatismo más acabada. La derecha, por fortuna, es poco dada a eso que llaman "idealismos" y poco receptiva también al pensamiento utópico.
Que la exhortación a retornar a la pureza de los principios provenga casi de los mismos que los olvidaron en los años duros, cuando no tuvieron inconvenientes en ponerlos en el congelador respecto de dilemas mucho más fundamentales de ética política, revela que lo que ahí está en juego no son en realidad los principios, sino otra cosa. Cosas como la intolerancia. O las posiciones de poder.
Para ser mayoría, una coalición no tiene más alternativa que sumar y construir sucesivas alianzas. Las coaliciones jamás se han construido entre iguales. Se construyen con gente que es y que piensa distinto, pero que, atendida su convergencia en torno a un proyecto de futuro, advierte que es más aquello que los puede unir que aquello que los separa. Es de Perogrullo en el plano de la lógica, de la política y de la racionalidad electoral.
Si se dobla es comedia, si se quiebra, tragedia. Lo decía un personaje de Woody Allen en Crímenes y pecados. No era una película política, pero igual muchos dirigentes de centroderecha deberían verla.




