Iconos de los '80 y los '90
Feb. 01 , 2009
Wall Street, Atracción fatal o Bajos instintos no fueron desde luego
grandes películas, pero "sacaron el pedazo" en los 80. El cine no caló
tan profundo en los 90, tal vez porque ya había comenzado la edad de la
segmentación, que divide donde antes regía la suma.
Nunca fue una gran película, pero hay que concederlo: Wall Street en su momento hizo historia. Paró el tráfico, corrió las cortinas y gracias a eso amplios sectores del público no contaminado por las perversiones y el metalenguaje de la tribu financiera se enteró de las lógicas y prácticas de la city. El ejecutivo financiero bien trajeado y arrogante pasó a ser una marca social después de esta cinta de Oliver Stone.
Con Atracción fatal, que también se estrenó en 1987, ocurrió algo parecido. Puede ser una estupidez decirlo así, pero se podría pensar que la cinta de Adrian Lyne cambió para siempre la manera de tener una amante. O de no tenerla, puesto que la cinta en el fondo era una severa y fulminante amenaza contra la infidelidad. En todo caso, fue un título que tocó cuerdas sociales profundas, al punto que millones de espectadores en todo el mundo se reconocieran en este drama tan efectista como una cinta de terror y tan manipulador como el personaje de Alex Forrest que compuso Glenn Close.
Como la película de Lyne tampoco correspondía a buen cine en términos de puesta en escena, queda al margen de dudas que el impacto social de las películas depende de variables que tienen poca relación con el talento fílmico. La sociedad de los poetas muertos (90), que cambió la manera de mirar la educación y el magisterio del carpe diem, según el cual hay que vivir cada día como si fuese el último, y Cuando Harry conoció a Sally (89), que proporcionó el libreto para las relaciones sentimentales de los 90, son más bien excepciones, porque se trata de películas rescatables. Pero abundan los títulos que generaron cambios sociales atendibles y que fueron basura. Flash Dance (83) y Dirty Dancing (87), por ejemplo, cambiaron por un par de temporadas la manera de bailar. La misión (86) cambió entre nosotros la manera de entender la política y la fe. Azul profundo (88), que aquí en Chile hizo estragos en el mundo alternativo de La Reina, con su mezcla de playa, esoterismo y desafío extremo, le cambió o le corrió a mucha gente sus fronteras interiores. El sexo tal vez no siguió siendo lo mismo después de dos títulos que no hay por dónde salvar: 9 semanas y media (86) y Bajos instintos (92).
Pareciera que los 90 pautearon bastante menos el comportamiento social. Desde ahí en adelante fue difícil que las películas irradiaran ondas de repercusión tan extendidas como antes. Quizás ya entonces estaba en ciernes la edad de la segmentación, que pone a cada individuo a pastar en su propio nicho. Hubo, claro, cintas muy exitosas. El silencio de los inocentes (91) fue un taquillazo en todo el mundo, pero tanto antes como después de su estreno todos estábamos al tanto del poder que puede llegar a ejercer una mente poderosa enfocada exclusivamente al mal. Huellas sociales más perdurables dejó Clint Eastwood en Los puentes de Madison (95), cuando les recordó a la tercera edad y a todos quienes se sentían fuera de circulación que podían volver a competir en las pistas del corazón. O Matrix (99) que, bajo la superchería de su discurso animista y techno, enloqueció a los jóvenes que a fines de los 90 recién comenzaban a surfear en internet. Pulp Fiction (94) ya le había enseñado a la década que la vida debía ser tomada y vivida con distancia posmoderna, pero ninguna de estas películas cambió a la gente en el sentido que sí pudo haberla cambiado Wall Street y Atracción fatal. Fueron estrenos exitosos, mas no acontecimientos. Una excepción, al menos para los jóvenes, fue Antes del amanecer (95), en la cual el director Richard Linklater les enseñó a una, dos o quizás tres promociones de parejas universitarias cómo tenían que relacionarse y seducirse. Y vaya que tuvo éxito la lección.
Son muchas las variables que se tienen que juntar para que un título muerda en el muslo de su época y saque el pedazo. Está desde luego el tema, están los actores, está la moral de la obra y, no en último lugar, está el look. Pero nada de esto basta por sí solo. Las secuelas de Nueve semanas y media, Atracción fatal y Bajos instintos tuvieron ciertamente todo eso testeado, probado y comprobado, pero así y todo fueron patéticas y describieron grandes fracasos. Lo que dio resultado una vez no necesariamente garantiza que vaya a resultar siempre.
Hollywood en los últimos años se ha llenado de hombres de negocios, de ejecutivos y consultores de marketing que se las saben por libros y que son capaces de calcular la tasa interna de retorno de cada centímetro cuadrado de pechuga o de efecto especial en la pantalla. Y, sin embargo, cada vez se sabe menos respecto a qué va a andar bien y qué mal. Menos mal: algo de misterio que le quede a este negocio; alguna variable que todavía se resista a los barrotes de la planilla Excel. Es lo único que todavía lo puede salvar.




