Hollywood: sin misterio ni densidad
Dec. 26 , 2009
Como en los chistes, hay una buena noticia y una mala. La buena es que el cine hierve a lo largo y ancho del planeta; hierve en autores y en formatos; hierve en temas y posibilidades. La mala es que ahí donde tradicionalmente hirvió, en Hollywood, una crisis que no tiene nada que ver con el cambio climático ha hecho descender la temperatura de la industria en la última década a niveles que hacen difícil la persistencia de la vida humana.
A estas alturas, el empuje que siempre tuvo el cine estadounidense (incluso en momentos críticos) ya es historia. La cinematografía que hasta no hace tanto tiempo podía jactarse de competir en cualquier frente, ahora es una factoría proclive a la uniformidad y claramente limitada. Ya no sabe trabajar todos los géneros. Ya no es capaz de responder a las demandas de públicos que sean muy distintos. Olvidó también que podía nutrirse de diversas fuentes de inspiración y algo parece haberse atascado en sus engranajes que hasta la incorporación de nuevos talentos es floja, aparte de errática y circunstancial.
Dicho en forma breve, Hollywood, que manejaba como nadie el arte de elevar a la gente a los cielos de la fantasía sin perder de vista las fisuras de la realidad, ha estado perdiendo peso y densidad, diversidad y misterio, inventiva y renovación.
Esto no es sólo un asunto de sensación térmica. Es una evidencia. Cualquiera que se ponga elegir las 10 mejores películas de esta década, tendrá dificultades en colocar más de tres o cuatro títulos gringos y lo más probable es que deba apelar a cineastas que, o traían vuelo propio desde antes, como Clint Eastwood, o que trabajan resueltamente en la periferia, porque la industria jamás les abrirá la puerta, como Andrew Bujalski o Kelly Reichardt.
No siempre fue así. En los años 90, sin ir más lejos, que en ningún caso fue una década prodigiosa para la industria, Hollywood fue capaz de generar alguna adrenalina con nombres como Tim Burton, Abel Ferrara, Cameron Crowne, Gus van Sant, Richard Linklater, Kevin Smith, Todd Solondz o el propio Tarantino. Al margen de que varios de ellos se hayan pasmado o confundido, el conjunto transmitía a través de sus primeras películas un poderoso caudal de emociones y la sensación de cuerpo vivo. Hoy eso apenas se siente. Hasta el famoso cine "indie" se transformó en una patraña adocenada y si el balance no es peor, se debe a que todavía queda un pequeño grupo de gente en el frente de la comedia trabajando con cierto desenfado y humanidad (Apatow, Mottola y compañía).
Ciertamente hay razones en otras partes para mantener la fe en el futuro. Los argentinos tuvieron una década magnífica, no sólo por Pablo Trapero y Lucrecia Martel. Quién iba a pensar que Rumania iba a figurar en un mapa donde países como Tailandia, Hungría, Irán, Corea, China, Turquía, Austria y Portugal también comenzaron a reivindicar el estatus de potencias. Figuras como los hermanos Dardenne, Haneke, José Luis Guerín, Jacques Audiard o Laurent Cantet sacaron la cara por Europa. Sus aportes tal vez compensan y neutralizan con holgura la contracción expresiva del cine norteamericano.
El problema, eso sí, es que este cine no llega a la cartelera en países como Chile, de suerte que la única manera de verlo y apreciarlo -y conversarlo- es en formato digital. Mejor, dirán algunos. Si no hay más remedio, qué diablos, dirán otros, preocupados por la fragmentación de las audiencias y por el hundimiento del sueño que alguna vez encarnó Hollywood: la posibilidad de tener un cine que, además de estar muy bien hecho, también pudiera calificar en términos de popularidad.




