Héctor Soto

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¿Hay piso para los indultos?

Jul. 18 , 2010

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Publicado en La Tercera, domingo 18/07/2010

De momento no se ve una salida fácil ni tampoco rápida a la iniciativa con que los obispos llamaron a celebrar el Bicentenario. ¿Hasta dónde llegar? ¿Hay que discriminar entre civiles y militares? ¿Quién se atreve a delimitar el alcance del beneficio?

Quién lo hubiera dicho. Todo indica que la propuesta de indulto anunciada por el Episcopado, que estaba llamada a ser una iniciativa conciliadora y de pacificación, un gesto de grandeza cívica asociado a la celebración del Bicentenario, va camino de transformarse en un incordio de proporciones. O si no en un incordio, al menos en una brasa encendida que por supuesto nadie se atreve a tomar en sus manos, porque sabe que se quemará. En los últimos días no sólo el ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter, dejó en claro sus reservas ante la idea. También pareció que los obispos se replegaron para darle más vueltas al asunto, luego de advertir que el gobierno les estaba pidiendo no sólo una idea general de indulgencia y generosidad, sino una propuesta con un rayado de cancha más fino, dado que se ha hecho evidente que soltar presos, tal como están las cosas, no es una demanda que tenga mucho rating en la actualidad.

Hay varios factores comprometidos en el tema. Está de por medio, para empezar, el peso de la Iglesia Católica en la sociedad chilena. Esta Iglesia que estuvo presente en la génesis, en la formación, en el desarrollo, en la crisis y en la recuperación de la república no quiere quedar al margen, por mucho que su capital social ahora último esté un tanto lastimado. Los obispos sienten que deben ser parte de un gesto nacional misericordioso y reparador y hacia allá están apuntando. La Iglesia está acostumbrada a conceder indulgencias para celebrar fiestas y devociones o para premiar conductas expresivas de piedad. Algunas de esas indulgencias remiten o borran los pecados, otras remiten sólo la pena conectada a ellos. Lo importante es que varias veces la Iglesia ha exhortado a la autoridad civil a hacer otro tanto en el plano penal, con motivo de conmemoraciones patrias o puntos de inflexión cívica. La Iglesia incluso apoyó la amnistía que se concedió el régimen militar el año 78, a lo mejor haciendo un voto de buena fe y sin saber mucho en qué se estaba metiendo. Pero la respaldó, pagó su costo y ahora vuelve a la carga.

El problema es que en la actualidad hay poca agua en la piscina. Para un gobierno que entró a La Moneda abjurando del indulto presidencial y hablando de la necesidad de terminar de una vez por todas con la puerta giratoria de la delincuencia, el tema del indulto es una complicación. Gran parte del problema de seguridad pública que tiene Chile está explicado por delincuentes que reinciden una y otra vez en el delito y si ya es un triunfo tenerlos en prisión, no parece precisamente una buena idea soltarlos por pura magnanimidad.

Pero el verdadero problema, incluso, no está ahí. Está en que las agrupaciones de DDHH por ningún motivo van a permitir que en el benigno paquete del indulto se cuelen militares que están purgando penas por delitos de apremio, tortura, abusos represivos y secuestros. Por ancianos que los condenados sean. Por enfermos que estén. Por poco que sea el tiempo que les quede en prisión.

La Iglesia, que hizo durante el régimen militar una ardorosa defensa de los DDHH, y que posiblemente es la única institución en Chile con autoridad para solicitar clemencia hoy, precisamente por haber sido la única que lo exigió ayer, ha estado acercándose al grupo de los ex uniformados que ahora están condenados. Y aunque no ha dicho explícitamente que espera que el indulto los favorezca, es un poco obvio que su expectativa era ésa. La Iglesia siempre predicó la reconciliación y los obispos a estas alturas deben estar considerando que es poco delicado de parte del gobierno que además se les pida que sean ellos quienes digan que el indulto también debería alcanzar a los militares. Bastante ha tenido que girar la Iglesia ya contra su capital de credibilidad pública a raíz de casos como el de Karadima para que además se le pida hacerse cargo de este costo.

No cabe duda de que se va encontrar un camino de salida. Si hay algo que los obispos nunca han dejado de hacer de tener presente es la necesidad, como decía Bernardo Leighton,  gran negociador, "de conversar  con Dios y a veces hasta con el diablo". Hay una moneda sobre la mesa que no es poca cosa: las cárceles están demasiado llenas, la entrega de nuevos recintos penitenciarios está muy atrasada y no estaría mal aliviar por el lado del indulto el hacinamiento en las cárceles.

Desde luego que esa es la razón cínica. Porque la otra, la razón ética, la que invita a mirar el indulto como segunda, como tercera o enésima oportunidad de enderezar caminos y de volver a empezar, no debiera ser desoída por una sociedad que al fin y al cabo, como la chilena, se ha equivocado, extraviado y metido la pata tantas veces. Siendo así, no parece tener mucho sentido presumir que aquí no cabe la compasión. Si algo enseña la historia de Chile, es que de un modo u otro hay que hacerla caber.




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