El padre, el hijo, la izquierda y sus desertores
May. 31 , 2009
En su documental Chile: los héroes están fatigados, realizado el 2002, tres años antes de ser elegido diputado, Marco Enríquez-Ominami dice que nunca fue fácil para él ser hijo de Miguel Enríquez, fundador del MIR, muerto en un operativo de seguridad en octubre de 1974. Puesto que toda filiación es compleja, la suya, con esa rara mezcla de cercanías y distancias, con ese frágil equilibrio de afectividades, vacíos y rupturas, efectivamente tiene que haberlo sido mucho más.
Al comienzo su película quizás fue un intento por confrontar analíticamente el mundo en el cual su padre se movió y el mundo que le tocó vivir a él. Pero si ese era el propósito, el proyecto derivó en algo muy distinto, porque, aparte de entregar unas cuantas simplificaciones sobre historia de Chile y el gobierno de Allende, destinadas a todas luces al público extranjero, la cinta es más bien un ajuste de cuentas con la llamada "izquierda renovada". Y más que eso, es una seguidilla de entrevistas a personeros que, en los momentos álgidos del conflicto político chileno, pudieron tener con Enríquez algunas afinidades políticas, no obstante que ninguno de ellos fue mirista. En realidad, con la sola excepción de su padrastro, el senador Carlos Ominami, todos vienen del Mapu, partido surgido de una escisión de la DC y que, en vísperas y durante el gobierno de Allende, al tiempo que abrazaba compulsivamente principios marxistas, protagonizó una fulminante evolución hacia posiciones ultras. Por lo mismo, hay cierto sesgo en la elección de estos interlocutores, habida cuenta que a la micro de la renovación también se subieron figuras del MIR, el PC y el PS.
Marco Enríquez-Ominami escucha a personeros que pueden haber compartido con su padre algunas de las banderas de la vanguardia revolucionaria del gobierno UP y que luego, durante el exilio, pero sobre todo durante la transición política, terminaron reciclados en posiciones y actividades muy distintas a las que habían suscrito 20 años antes. Así, escucha a Oscar Guillermo Garretón, Enrique Correa, Eugenio Tironi, José Miguel Insulza y José Joaquín Brunner. Las entrevistas no son muy buenas, pero todos lo reciben con calidez. En los fragmentos que el documental recoge, los interlocutores le hablan con empatía. El problema para ellos viene después, porque los cinco terminan ajusticiados en el paredón de la fase de montaje. Luego de haberlos escuchado con atención y cierta complicidad, luego de haberse despedido caballerosamente, el realizador los enfrenta por su cuenta y sin derecho a réplica a sus inconsecuencias. En ese momento el documentalista se convierte en comisario y tiene poca piedad. La conclusión es que todos adoran lo que ayer quemaron y todos queman lo que ayer adoraron. Obviamente el documental habría sido distinto si él les hubiera dicho en su cara lo que pensaba. Pero no fue así y efectivamente quien peor queda en este juego desleal es Marco Enríquez-Ominami, no sus interlocutores. La trampa es demasiado obvia y tiene contornos éticos dudosos. Si ya hay sobradas razones para sospechar de todo cine cuyas verdades no provengan de la observación y el plano, tratándose de cine político el estándar debiera ser más estricto, porque una compaginación manipuladora o de mala fe no es sino una expresión de matonaje. La justicia de la mesa montaje puede ser incluso peor que la justicia popular.
A pesar de ser un documental poco riguroso y decepcionante, contaminado por la retórica ventajera de Michael Moore en el episodio en que él acude una y otra vez a La Moneda para intentar hablar con el Presidente Lagos, Chile: los héroes están fatigados tiene su mejor momento cuando Marco habla de su solicitud de entrevista con alguien del despacho presidencial desde un café de piluchas en Santiago centro. El efecto descoloca. Pero la cinta casi siempre pasa por alto temas que sí podrían haber sustentado una película apasionante. ¿Qué diablos se tragó la sociedad chilena en los 70 para terminar dando crédito a discursos tan demenciales como los que rescatan estas imágenes? ¿Puede explicarse lo ocurrido en Chile en función del puro entreguismo y la claudicación de unos pocos? ¿Adónde hubiera llegado el documental de profundizar en lo que Marco sugiere en cierto momento, cuando dice sentirse incomprendido lo mismo por la izquierda más dura que por la que hace tiempo dejó de serlo?
Como las películas no son lo que pudieron ser, sino sólo lo que son, lo mismo que este documental tiene de oportunismo lo tiene de chapucería. Faltó observación y faltaron silencios. La gente no sólo habla con palabras en las entrevistas; también lo hace con titubeos y gestos. En este sentido, no fue muy feliz la idea de juntar digitalmente al hijo con el padre en un mismo plano, el primero haciendo una pregunta "galleteada" y el segundo respondiendo una perorata que resume lo peor de su época. Por otra parte, también faltó compromiso para enfrentar piezas que siempre estuvieron en el tablero político de entonces. Es raro, por ejemplo, que la realización ignore la opción del MIR por la vía armada. Es raro, asimismo, que tampoco se haga cargo del efecto de la radicalización de la izquierda sobre la estabilidad del gobierno de Allende. Si la idea era hacer algo serio, estos aspectos debieron ser parte de la ecuación.
Pero también cabe pensar -por el tono del relato, por la música escogida, por el innecesario protagonismo del director y por su puesta en escena abiertamente desprolija- que la idea de Marco Enríquez-Ominami haya sido sólo juguetear un poco. Si así fuera, bien podrían estar en lo cierto quienes creen que nada muy distinto de eso es lo que él ha hecho hasta ahora.
Si así fuera, habría que concederle hidalgamente que ha llegado bastante lejos.
(Columna publicada en Reportajes de La Tercera)
Al comienzo su película quizás fue un intento por confrontar analíticamente el mundo en el cual su padre se movió y el mundo que le tocó vivir a él. Pero si ese era el propósito, el proyecto derivó en algo muy distinto, porque, aparte de entregar unas cuantas simplificaciones sobre historia de Chile y el gobierno de Allende, destinadas a todas luces al público extranjero, la cinta es más bien un ajuste de cuentas con la llamada "izquierda renovada". Y más que eso, es una seguidilla de entrevistas a personeros que, en los momentos álgidos del conflicto político chileno, pudieron tener con Enríquez algunas afinidades políticas, no obstante que ninguno de ellos fue mirista. En realidad, con la sola excepción de su padrastro, el senador Carlos Ominami, todos vienen del Mapu, partido surgido de una escisión de la DC y que, en vísperas y durante el gobierno de Allende, al tiempo que abrazaba compulsivamente principios marxistas, protagonizó una fulminante evolución hacia posiciones ultras. Por lo mismo, hay cierto sesgo en la elección de estos interlocutores, habida cuenta que a la micro de la renovación también se subieron figuras del MIR, el PC y el PS.
Marco Enríquez-Ominami escucha a personeros que pueden haber compartido con su padre algunas de las banderas de la vanguardia revolucionaria del gobierno UP y que luego, durante el exilio, pero sobre todo durante la transición política, terminaron reciclados en posiciones y actividades muy distintas a las que habían suscrito 20 años antes. Así, escucha a Oscar Guillermo Garretón, Enrique Correa, Eugenio Tironi, José Miguel Insulza y José Joaquín Brunner. Las entrevistas no son muy buenas, pero todos lo reciben con calidez. En los fragmentos que el documental recoge, los interlocutores le hablan con empatía. El problema para ellos viene después, porque los cinco terminan ajusticiados en el paredón de la fase de montaje. Luego de haberlos escuchado con atención y cierta complicidad, luego de haberse despedido caballerosamente, el realizador los enfrenta por su cuenta y sin derecho a réplica a sus inconsecuencias. En ese momento el documentalista se convierte en comisario y tiene poca piedad. La conclusión es que todos adoran lo que ayer quemaron y todos queman lo que ayer adoraron. Obviamente el documental habría sido distinto si él les hubiera dicho en su cara lo que pensaba. Pero no fue así y efectivamente quien peor queda en este juego desleal es Marco Enríquez-Ominami, no sus interlocutores. La trampa es demasiado obvia y tiene contornos éticos dudosos. Si ya hay sobradas razones para sospechar de todo cine cuyas verdades no provengan de la observación y el plano, tratándose de cine político el estándar debiera ser más estricto, porque una compaginación manipuladora o de mala fe no es sino una expresión de matonaje. La justicia de la mesa montaje puede ser incluso peor que la justicia popular.
A pesar de ser un documental poco riguroso y decepcionante, contaminado por la retórica ventajera de Michael Moore en el episodio en que él acude una y otra vez a La Moneda para intentar hablar con el Presidente Lagos, Chile: los héroes están fatigados tiene su mejor momento cuando Marco habla de su solicitud de entrevista con alguien del despacho presidencial desde un café de piluchas en Santiago centro. El efecto descoloca. Pero la cinta casi siempre pasa por alto temas que sí podrían haber sustentado una película apasionante. ¿Qué diablos se tragó la sociedad chilena en los 70 para terminar dando crédito a discursos tan demenciales como los que rescatan estas imágenes? ¿Puede explicarse lo ocurrido en Chile en función del puro entreguismo y la claudicación de unos pocos? ¿Adónde hubiera llegado el documental de profundizar en lo que Marco sugiere en cierto momento, cuando dice sentirse incomprendido lo mismo por la izquierda más dura que por la que hace tiempo dejó de serlo?
Como las películas no son lo que pudieron ser, sino sólo lo que son, lo mismo que este documental tiene de oportunismo lo tiene de chapucería. Faltó observación y faltaron silencios. La gente no sólo habla con palabras en las entrevistas; también lo hace con titubeos y gestos. En este sentido, no fue muy feliz la idea de juntar digitalmente al hijo con el padre en un mismo plano, el primero haciendo una pregunta "galleteada" y el segundo respondiendo una perorata que resume lo peor de su época. Por otra parte, también faltó compromiso para enfrentar piezas que siempre estuvieron en el tablero político de entonces. Es raro, por ejemplo, que la realización ignore la opción del MIR por la vía armada. Es raro, asimismo, que tampoco se haga cargo del efecto de la radicalización de la izquierda sobre la estabilidad del gobierno de Allende. Si la idea era hacer algo serio, estos aspectos debieron ser parte de la ecuación.
Pero también cabe pensar -por el tono del relato, por la música escogida, por el innecesario protagonismo del director y por su puesta en escena abiertamente desprolija- que la idea de Marco Enríquez-Ominami haya sido sólo juguetear un poco. Si así fuera, bien podrían estar en lo cierto quienes creen que nada muy distinto de eso es lo que él ha hecho hasta ahora.
Si así fuera, habría que concederle hidalgamente que ha llegado bastante lejos.
(Columna publicada en Reportajes de La Tercera)
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No obstante, no coincido con la idea de que MEO esté "jugueteando" con su opción presidencial. Su apuesta está respaldada por otros diputados, alcaldes, consejales y por un N° no despreciable de ciudadanos. Si MEO se bajara hoy, ganaría Piñera en 1era
Posted by matias montenegro on May 31, 2009 at 09:51 PM CLT #
Posted by Galvam S on June 02, 2009 at 09:26 AM CLT #