El crepúsculo de las elites
Dec. 27 , 2008
¿Qué tienen en común los directivos empresariales sancionados por información privilegiada, el obispo al que le entró por un oído y le salió por el otro la acusación de pedofilia que afectaba a uno de los curas de su diócesis en el sur, la subsecretaria que vendía frambuesas en auto del ministerio, el senador que acusó a los carabineros porque le sacaron un parte, la ex subsecretaria que les pagaba noches de hotel y viático a sus invitados a comer o la actual subsecretaria que es incapaz de cortarle el teléfono a un parlamentario que la está llamando por un asunto claramente impresentable? Bueno, entre esta gente nadie tuvo el suficiente olfato para advertir a tiempo que el país había cambiado. Nadie reparó en que -tal como para comer pescado- para apelar a las viejas práctica ahora más que nunca hay que tener mucho cuidado.
Señoras y señores, bienvenidos al Chile de los nuevos estándares de escrutinio, transparencia y equidad. Hay una verdadera revolución cultural en curso y, aunque el rótulo no guste demasiado, porque al fin y al cabo bajo uno igual se cometieron en China crímenes atroces a fines del período de Mao, acá en Chile el fenómeno podría estarse traduciendo en una atendible transferencia de poder a la ciudadanía.
¿Qué ocurrió que la chilena, la más disciplinada, obediente, peinada, sumisa y bien comportada de las sociedades latinoamericanas comenzó a despeinarse y a ponerse díscola? ¿Se trata de rupturas aisladas o de un fenómeno más general?
Bueno, lo que ocurrió es simple: lo que no logró la política -sublevar a las masas, inflamar a los jóvenes y convencer a las víctimas del sistema- lo ha terminado consiguiendo con menos cuento y menos épica el mercado por la vía de empoderar a los consumidores y aleonar a los individuos. Al final el efecto es el mismo: si yo estoy pagando, si todos somos supuestamente iguales ante la ley, entonces que no haya privilegios y que todos deban ponerse a la cola. Y que los que siempre tuvieron la sartén por el mango aprendan la lección y no vuelvan a llevársela gratis. Hoy tirarle un jarro de agua a una ministra, gritonear a la Presidenta o dejar en paños menores a una autoridad cuando se está prestando para una inauguración que es tongo es el comienzo de la historia, en ningún caso el final.
Si es por buscarle antecedentes, el cambio cultural fue el que derrotó a Pinochet en momentos en que la economía se estaba recuperando, pero ya estaba bueno que el general la cortara. Fue ese cambio el que se hizo irreversible con su detención en Londres y el que volvió a acelerarse después, con la llegada de Lagos y su agenda liberalizadora (divorcio, censura cinematográfica, comisión tortura, etc.). El cambio fue el que eligió Presidenta a Michelle Bachelet, dejándola eso sí a la intemperie muy poco después, cuando a la Mandataria le estalló la crisis de los pingüinos el 2005 y el Transantiago el 2006, haciendo imposibles de cumplir las promesas de ciudadanía, paridad, caras nuevas, eficiencia e integridad que ella había hecho.
La revolución cultural en curso tiene innumerables manifestaciones.
Puede reconocerse en una suerte de resentimiento que recorre el país contra las elites: sin ir más lejos, métase a cualquier blog más o menos transversal y más o menos anónimo y se encontrará con un Chile herido, subterráneo y furioso, pidiendo sistemáticamente por abajo. Está presente en los nuevos estándares a que están sometidas las autoridades y políticos. Es también el factor que está detrás de la creciente diversidad social. Ya no se trata de que unos prefieran la mermelada de naranja y otros la de mora. Surgen nuevas comunidades y tribus. Aparecen distintas identidades en el consumo, la sexualidad, los gustos y las distracciones. Es cosa de recorrer las calles para encontrar una tipología humana que no hace mucho hubiera sido confundida con la corte de los milagros.
Las viejas elites están perdiendo primacía como modelos de vivir y de pensar y ya nadie -ni el más nerd de los nerds- es capaz de bancarse el programa de la felicidad a plazo envuelto en el cronograma que consultaba primero el título, después la novia, en seguida el cartón, más tarde la pega, luego el matrimonio, ahora el auto, con posterioridad la parejita y a continuación el departamento y la casita en la playa… Ya no hay destino ni tampoco valor.
En fin, el cambio cultural es la fuerza que en las empresas y en la política, en los diarios y en los blogs, en las calles y en la tele, está destituyendo, arrinconando o festinando los poderes fácticos que todavía quedan en Chile. Todavía los hay, es cierto, trenzas poderosas en los partidos, gremios, circuitos culturales. Pero -despierta Lenin-van quedando menos.
¿Qué quiere la gente? Que la dejen ser, que le respeten su metro cuadrado, que nadie se salte la fila por tener santos en la corte. Que le aseguren al menos algunos mínimos: trabajo, ingreso, educación, vivienda, salud. Que haya, según lo indican estudios, un Estado vigoroso para equilibrar las balanzas y prevenir las crisis.
En su libro Los chilenos, Alberto Cabero cuenta que con motivo de las celebraciones del centenario un senador casi mató a palos al cochero que no supo controlar al caballo de su carruaje en un desfile oficial. Tranquilícense: ese episodio arcaico y brutal no volverá a repetirse en el Chile del bicentenario. Mucho cuidado, senador.
Señoras y señores, bienvenidos al Chile de los nuevos estándares de escrutinio, transparencia y equidad. Hay una verdadera revolución cultural en curso y, aunque el rótulo no guste demasiado, porque al fin y al cabo bajo uno igual se cometieron en China crímenes atroces a fines del período de Mao, acá en Chile el fenómeno podría estarse traduciendo en una atendible transferencia de poder a la ciudadanía.
¿Qué ocurrió que la chilena, la más disciplinada, obediente, peinada, sumisa y bien comportada de las sociedades latinoamericanas comenzó a despeinarse y a ponerse díscola? ¿Se trata de rupturas aisladas o de un fenómeno más general?
Bueno, lo que ocurrió es simple: lo que no logró la política -sublevar a las masas, inflamar a los jóvenes y convencer a las víctimas del sistema- lo ha terminado consiguiendo con menos cuento y menos épica el mercado por la vía de empoderar a los consumidores y aleonar a los individuos. Al final el efecto es el mismo: si yo estoy pagando, si todos somos supuestamente iguales ante la ley, entonces que no haya privilegios y que todos deban ponerse a la cola. Y que los que siempre tuvieron la sartén por el mango aprendan la lección y no vuelvan a llevársela gratis. Hoy tirarle un jarro de agua a una ministra, gritonear a la Presidenta o dejar en paños menores a una autoridad cuando se está prestando para una inauguración que es tongo es el comienzo de la historia, en ningún caso el final.
Si es por buscarle antecedentes, el cambio cultural fue el que derrotó a Pinochet en momentos en que la economía se estaba recuperando, pero ya estaba bueno que el general la cortara. Fue ese cambio el que se hizo irreversible con su detención en Londres y el que volvió a acelerarse después, con la llegada de Lagos y su agenda liberalizadora (divorcio, censura cinematográfica, comisión tortura, etc.). El cambio fue el que eligió Presidenta a Michelle Bachelet, dejándola eso sí a la intemperie muy poco después, cuando a la Mandataria le estalló la crisis de los pingüinos el 2005 y el Transantiago el 2006, haciendo imposibles de cumplir las promesas de ciudadanía, paridad, caras nuevas, eficiencia e integridad que ella había hecho.
La revolución cultural en curso tiene innumerables manifestaciones.
Puede reconocerse en una suerte de resentimiento que recorre el país contra las elites: sin ir más lejos, métase a cualquier blog más o menos transversal y más o menos anónimo y se encontrará con un Chile herido, subterráneo y furioso, pidiendo sistemáticamente por abajo. Está presente en los nuevos estándares a que están sometidas las autoridades y políticos. Es también el factor que está detrás de la creciente diversidad social. Ya no se trata de que unos prefieran la mermelada de naranja y otros la de mora. Surgen nuevas comunidades y tribus. Aparecen distintas identidades en el consumo, la sexualidad, los gustos y las distracciones. Es cosa de recorrer las calles para encontrar una tipología humana que no hace mucho hubiera sido confundida con la corte de los milagros.
Las viejas elites están perdiendo primacía como modelos de vivir y de pensar y ya nadie -ni el más nerd de los nerds- es capaz de bancarse el programa de la felicidad a plazo envuelto en el cronograma que consultaba primero el título, después la novia, en seguida el cartón, más tarde la pega, luego el matrimonio, ahora el auto, con posterioridad la parejita y a continuación el departamento y la casita en la playa… Ya no hay destino ni tampoco valor.
En fin, el cambio cultural es la fuerza que en las empresas y en la política, en los diarios y en los blogs, en las calles y en la tele, está destituyendo, arrinconando o festinando los poderes fácticos que todavía quedan en Chile. Todavía los hay, es cierto, trenzas poderosas en los partidos, gremios, circuitos culturales. Pero -despierta Lenin-van quedando menos.
¿Qué quiere la gente? Que la dejen ser, que le respeten su metro cuadrado, que nadie se salte la fila por tener santos en la corte. Que le aseguren al menos algunos mínimos: trabajo, ingreso, educación, vivienda, salud. Que haya, según lo indican estudios, un Estado vigoroso para equilibrar las balanzas y prevenir las crisis.
En su libro Los chilenos, Alberto Cabero cuenta que con motivo de las celebraciones del centenario un senador casi mató a palos al cochero que no supo controlar al caballo de su carruaje en un desfile oficial. Tranquilícense: ese episodio arcaico y brutal no volverá a repetirse en el Chile del bicentenario. Mucho cuidado, senador.
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La participación está, pero el modo ya no es el del siglo XX. Por lo mismo, por que no entienden el cambio de siglo es que las pseudo-elites no gustan de abrir espacios como facilidades relativas al sufragio u otras.
Posted by Marcelo Aliaga on December 28, 2008 at 04:29 PM CLST #
Sin embargo estoy en desacuerdo con el agregado que algunos personajes le estan dando al carro de la "modernidad". Es necesario mantener los valores que nos han forjado como sociedad.
Posted by HBobadilla on December 28, 2008 at 04:39 PM CLST #
Posted by Patricia on December 28, 2008 at 05:33 PM CLST #
Posted by pedro pablo hernandez fernandez on December 28, 2008 at 07:02 PM CLST #
Posted by leo on December 29, 2008 at 11:24 AM CLST #
Posted by Julio on December 29, 2008 at 01:17 PM CLST #
Como sus colegas en terapia y tolerancia, forma hace mucho tiempo de la elite. Pero lo disfruta con estatura crítica. Algo me pasa que coincido con opiniones de derecha como la de Soto y Melnik. Así están las cosas. Aún no me trago que a la concertación cansada le venga de reemplazo la derecha, pero sí hay que hacerle difícil mantener los privilegios de esa elite dejó socialista masona y seudoliberal. Es una alianza de clase con Soto/Villegas/Paulsen
Posted by Ricardo Roman on December 29, 2008 at 09:35 PM CLST #
Héctor Soto mejor en CNN, el monólogo cinéfilo agudo mola ;)
Saludos!
Posted by Marcelo Aliaga on December 31, 2008 at 12:55 AM CLST #