Héctor Soto

El Blog de Héctor Soto

 

Cocina, recuento y celebración

Apr. 18 , 2010

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Publicado en La Tercera, Domingo 18 de abril 2010

Ni tanto ni tan poco: Piñera no ganó solo; pero nadie podría haber ganado sino él. Desde estos ejes, Andrés Allamand y Marcela Cubillos repasan lo que fue la campaña presidencial en La estrella y el arco iris, un libro que ordena sus incidencias, celebra la victoria de Sebastián Piñera y descomprime la imaginación política más truculenta.

Cuando el viernes pasado Andrés Allamand y Marcela Cubillos presentaron el libro que escribieron durante el mes de febrero, inmediatamente después que el Presidente Piñera armara su gabinete, la incógnita finalmente se despejó y las expectativas entraron a la cámara de descompresión. No, no era lo que la imaginación política más truculenta esperaba. No era un libro de ruptura; tampoco era una expresión de resentimiento.

Al contrario, se trata más bien de un libro de celebración de la  campaña que llevó al poder al candidato de la Coalición por el Cambio.

El libro es eso, una celebración. Luego de los cuatro o cinco capítulos iniciales -donde sus autores se hacen cargo del escenario donde se plantó durante 20 años una centroderecha arrinconada, dividida y confundida-, el texto entrega una crónica del desarrollo de la campaña, de las estrategias que estuvieron en juego, de sus momentos más difíciles y de los factores que la llevaron a la victoria.

Desde luego, no es crónica químicamente pura, sino crónica interpretativa. Sesgada, por cierto, porque está escrita desde un comando. La tesis central del libro -enfática y reiterada una y otra vez- es que Piñera no ganó solo; ganó con los partidos. Pero ese planteamiento coexiste con otro: y es que nada de lo que la Alianza, y nada incluso de lo que el comando aportó, habría bastado de no ser Piñera el candidato.

En otras palabras, solo no habría ganado; pero el único que podía ganar era él.

La estrella y el arco iris es un libro que, mostrando tripas, cocina y entretelones de la campaña, se cuida de incluir chismes. Este no es un rosario de indiscreciones. Las divergencias están referidas en términos muy generales y los conflictos nunca se personalizan. El tono es coloquial, cero engolado, y lo que facilita más la lectura es que el relato tiene dinamismo y tensión. Hubo, sin duda, un enorme trabajo en hilvanar y articular en torno a líneas sencillas de progresión la innumerable cantidad de incidencias, que al final son las que hacen una campaña.

El libro es un buen ayudamemoria de episodios que hicieron mucho ruido en su momento, pero que ya no están en la carpeta de herramientas más inmediata para leer la política: de las interpelaciones parlamentarias a la acusación constitucional a la ministra Provoste, de la inauguración del hospital trucho de Curepto al financiamiento del Transantiago, del informe a Transparencia Internacional a la aparición de la pareja homosexual en la franja.

El mérito del libro -quizás también su limitación- es leer esa corriente de acontecer como un continuo donde nada sobra y nada falta. Más de un lector se quedará con la duda de si las piezas ajustan tan bien en la realidad, pero pocos negarán que las hipótesis de Allamand y Cubillos podrían ser provocativas y plausibles.

El libro asume que Piñera ganó, entre otros factores, porque la Alianza, después de muchos palos de ciego en los 80 y en los 90, finalmente habría logrado en el período de Bachelet instalarse en el doble eje de ser alternativa opositora frontal -muy dura y vigilante en la fiscalización parlamentaria- sin perder por eso su capacidad de alcanzar importantes acuerdos con el gobierno. Para eso la centroderecha hubo de superar su complejo de minoría, romper con la creencia de que su destino era ser oposición per secula y operarse del temor a desplegar con todas sus letras sus convicciones propias y sus discrepancias con el oficialismo.

Obviamente, el libro comulga con los diagnósticos de la política del desalojo, por la cual Allamand pasó a ser para la centroizquierda una suerte de matón confrontacional, luego de haber sido el político opositor con mejor sintonía en las filas concertacionistas. ¿Qué lo hizo caer del cielo al infierno? Básicamente un factor: su gradual convencimiento, alimentado sobre todo en el gobierno de Lagos, de que la Concertación se estaba convirtiendo en una máquina política depredadora, en una estructura parasitaria del Estado y en una coalición sin disposición alguna a abandonar el poder.

La obra tiene la honestidad de reconocer que Piñera nunca se sintió bien interpretado por la política del desalojo, pero observa que ese diseño le fue funcional al perfil amigable que él como candidato presidencial deseaba proyectar hacia el mundo concertacionista.

En términos estrictamente interpretativos, posiblemente los desarrollos más originales del libro están asociados al análisis de la adhesión que fue conquistando durante su mandato la Presidenta Bachelet (descartando que haya sido puro efecto de la cariñocracia), a los alcances del fenómeno MEO y a la necesidad de no repetir en la campaña de Piñera los "tics", las exclusiones y las rigideces que durante 20 años pusieron al sector en el lado de los perdedores.

A nivel de revisiones y ajustes de cuentas, las páginas más severas se refieren a Pablo Halpern (sindicado como inspirador de la campaña sucia del comando de Frei), al affaire del informe de Transparencia Internacional y a un juicio adverso sobre la gestión del ministro Andrés Velasco.

No es casualidad que el libro parta recordando la experiencia que otro presidente de derecha, Jorge Alessandri, protagonizó el año 58, al concebir un gobierno de espaldas a los partidos y cuyo primer gabinete  -el gabinete de los gerentes- se jactó de ser apolítico. Ya se sabe en qué terminó ese ensayo.

El libro juzga fundamental para el éxito de los gobiernos el nexo con los partidos y cita los consejos que le dieron en este sentido al propio candidato en su viaje a Europa Rodríguez Zapatero y el Presidente Sarkozy. Quizás sea esta idea la que hace que un libro que pareciera ser puro pasado -pura hojarasca de actualidad desvanecida, incluso- tenga, no obstante eso, bastante más mirada de futuro de lo que pudiera pensarse.

Va a ser seguramente en ese vértice -el gobierno y los partidos- donde se juegue el match de fondo de esta administración y donde se decida si tendrá o no continuidad después del 2014. La sucesión puede no ser un problema para el Presidente Piñera. Pero qué duda cabe que lo es para Allamand.

El libro reconoce que Piñera nunca se sintió cómodo con el desalojo.
Pero dice que este diseño le habría servido a él para perfilarse mejor.

Por Héctor Soto



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