Bendita indignación
Sep. 25 , 2010
Publicado en La Tercera, 25 de septiembre de 2010
Son sólo películas, se dice ahora, como para que nadie se enoje. El problema es que sin enojo todo vale. O nada.
Fue una película muy menor que, dirigida por el cineasta italiano Gillo Pontecorvo y estrenada en 1959, quedó sin embargo inscrita en la conciencia de la crítica de cine para siempre, a raíz de una nota publicada por Jacques Rivette en Cahiers du Cinéma. La cinta, Kapo, se ambientaba en un campo de concentración y contaba una historia de redención. Una niña judía que había llegado ahí con sus padres era salvada del exterminio gracias a un intercambio inicial de identidad. Pero después, endurecida con el tiempo, llegaba a convertirse en kapo. Los kapos fueron reclusos investidos por los nazis para cumplir funciones de orden y hacer el trabajo más sucio (si cabe) en esas auténticas fábricas de degradación y muerte. Bueno, la joven, después de enamorarse de un prisionero ruso, recapacitaba y ayudaba finalmente a una fuga en la que se salvaban varios, pero moría ella, entre otras víctimas.
En una crítica que tituló De la abyección, Rivette comentó básicamente un plano de la cinta, el del momento en que una mujer se lanza contra el cerco electrificado del campo, cuando la cámara hace un pequeño travelling, un leve desplazamiento, para encuadrar mejor su cadáver. El crítico dijo que quien había concebido ese plano, rindiéndose a una infamante estetización de la muerte, era alguien que no podía sino merecer su más profundo desprecio: era un cineasta abyecto. Pontecorvó cargó durante años con ese oprobio. Vino a sacudirse mucho después, a mediados de los 60, cuando estrenó La batalla de Argel, donde, mezclando guerrilla con resistencia civil y música de Bach, se ganó también para siempre el corazón de la izquierda.
Si tiene sentido reivindicar la indignación de Rivette a raíz de Kapo es por un doble concepto. Primero, para recordar que, como decía Godard, "el travelling es una cuestión moral"; en la pantalla no todo es intercambiable ni todo da igual. Segundo, para confirmar que la crítica cinematográfica nunca es más potente ni vuela más alto que cuando junta en su análisis la estética con la moral. El gran arte es grande no porque sea bello sino que es bello básicamente por ser justo, por lograr liberar las verdades que están ocultas en la gente y en las cosas.
Décadas después de Kapo, otro gran crítico francés, Serge Daney, cuenta que detectó un escándalo similar al que indignó a Rivette. Pero lo advirtió en un clip musical (We are the children, we are the world) que entrelazaba las imágenes de cantantes famosos con niños africanos famélicos. "Los cantantes ricos mezclaban su imagen con la de chicos hambrientos. De hecho, tomaban su lugar, los reemplazaban… Comunión electrónica entre el Norte y el Sur… Aquí está, me dije, el rostro actual de la abyección y la forma mejorada del travelling de Kapo. Me gustaría que estas cosas asquearan al menos a un adolescente de hoy, o que le dieran vergüenza. No tanto vergüenza de estar bien alimentado y ser opulento, sino más bien de que se considere que tiene que ser seducido allí donde sólo importa la conciencia (aunque sea mala) de ser un ser humano, y nada más".
Este tipo de vehemencia no tiene nada que ver, por suerte, con categorías como que la película es lenta, que la fotografía es linda o que tal o cual actor está bien o mal. No es para eso obviamente que se justifica la crítica de cine. Porque si no sirve para poner el dedo en las llagas que verdaderamente importan, mejor que se vaya al diablo.
¿Hacía estética o hacía moral André Bazin cuando decía que había sólo dos momentos en la vida (la muerte y el acto sexual) que el cine no puede repetir sin violar su naturaleza? Esa violación, decía, se llamaba obscenidad, moral en un caso, metafísica en otro: "No conocíamos, antes del cine, más que la profanación de los cadáveres y la violación de las sepulturas", anota descompuesto Bazin, recordando las imágenes de la ejecución de un insurrecto captada por un noticiario fílmico. "Gracias al cine", continúa, "podemos hoy violar y exponer a voluntad el único de nuestros bienes temporalmente inalienables. Muertos sin réquiem, muertos eternizados por el cine".
Puede ser una excentricidad reivindicar esta indignada tradición cuando soplan vientos posmodernos como los actuales. Son sólo películas, se dice ahora, como para que nadie se enoje. El problema es que sin enojo todo vale. O nada.





Gran comentario de la más alta reflexión ética -a propósito del cine-.
Posted by Kenneth Shields Matulic on September 25, 2010 at 12:01 PM CLT #
Gracias Don Hector por esta reflexión sobre el Arte ( el cine la moral ,la vida). Enriquecedora.
Posted by Luz on September 25, 2010 at 02:45 PM CLT #
Posted by moises on September 25, 2010 at 06:33 PM CLT #