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Hoy


Cuando tiembla, todos nos movemos.

03.03.2010 | 13 Comments

Igual que al 80% de los chilenos, en la madrugada del sábado pasado se me movió el piso, las paredes, el techo y toda la ciudad. Es el segundo terremoto que he tenido la oportunidad de vivir. ¡Y lo sobreviví! También lo sobrevivieron mis seres queridos, mis amigos y hasta donde he logrado recabar información, la mayor parte de la gente que conozco. Soy afortunado.

Se movió todo y como es natural, se desordenó el interior de mi hogar y también el exterior. Los servicios básicos dejaron de responder, se suspendieron las facilidades que da vivir en una gran ciudad, los desplazamientos tomaron más tiempo y conseguir insumos básicos ha implicado, en algunos casos, una dificultad mayor.

Pero también se movió el país que conocía. Todos nos asustamos mucho, el temor genera incertidumbre y en muchos casos, reacciones desproporcionadas. Repentinamente, los vecinos se volvieron una amenaza y surgió la necesidad de acumular mucha agua potable, antes que otros la consuman. Los otros clientes en el supermercado, pasaron a ser una competencia y pasó a ser prioridad comprar más abarrotes y provisiones que los necesarios.

Los rumores sin fundamento, pasaron a ser hechos a una velocidad inédita. Desde falsas alertas de maremoto, pasando por cortes de agua inexistentes o amenazas ficticias de turbas descontroladas asaltando a los sectores residenciales sin energía eléctrica, han preocupado a muchos e incrementado el temor originado por el sismo.

En un plano más dramático, a algunos de los más desprovistos del país se le movió sus límites éticos y consideraron legítimo apropiarse de los bienes que necesitaban, sumándose a quienes traspasaron desde hace tiempo el respeto a la propiedad privada. A otros se les movió los límites de tolerancia y confianza en las instituciones, presionando para que, a través cualquier vía, se anule a quienes olvidaron los códigos de respeto a los bienes ajenos.

Con el movimiento de la tierra aparecieron las carencias que existen en nuestro país y se nos movió la imagen de nación en la que creíamos vivir. No todo lo que se suponía que funcionaba a la perfección, funciona. No todos los responsables, son efectivamente responsables y juiciosos. Se nos movió la autoestima patria y la arrogancia con la que nos estábamos acostumbrando a ver a las naciones vecinas, las que ahora nos ofrecen solidaridad inmediata.

Nos duele Chile, pero no por las heridas de las grietas en la tierra, sino que por el país que aparece bajo este desastre.

Entonces, no basta con ordenar nuestros hogares (quienes afortunadamente podemos hacerlo) y recoger los destrozos que se produjeron. Hay también una tarea con lo que se movió afuera.

En los próximos días, muchos de nosotros nos uniremos a causas solidarias de apoyo a los sectores más azotados por el terremoto. Eso nos inyectará ánimo, energía y devolverá la confianza en nuestra capacidad de movilizarnos contra la adversidad. Pero no será suficiente.

Quedarán pendientes las otras heridas que el desastre natural ha dejado a la vista. Las profundas e injustas diferencias al interior de Chile, nuestras fragilidades institucionales para responder desde el primer minuto a emergencias nacionales, la inestabilidad de los sistemas vitales que comunican y dan vida a nuestro país, entre otras debilidades.

¿Cómo ordenamos Chile y recuperamos lo que hemos perdido? No lo tengo claro, pero en estos días he visto decenas de iniciativas descentralizadas, voluntarias y desinteresadas por colaborar proactivamente en responder a esta pregunta.

El terremoto marcará nuestras vidas como un hito, todos recordaremos dónde y con quién estábamos ese día y los sucesos que acontecieron antes, durante y después del episodio. Es una buena oportunidad también, para recordar como el movimiento telúrico provocó un movimiento en torno al Chile en el que deseamos vivir. Yo al menos, quiero ser parte de eso.

Imagen del post corresponde a ChileAyuda,  una iniciativa ciudadana digital que pretende ser una plataforma de información oficial sobre los centros de ayuda,
acopio, voluntariado y donación para las víctimas del terremoto del 27
de febrero de 2010.

TV de alta definición, no es lo mismo que TV de alta calidad.

09.15.2009 | 10 Comments

Me gusta ver televisión. La imagen tiene un gran poder comunicador y cautiva fácilmente, produciendo información, generando emociones y ampliando puntos de vista.

Soy parte del 40% que puede contratar TV por cable, por lo que hace muchos años que dispongo de una oferta de programas y contenidos mucho más amplia que la que me ofrece la TV abierta. Pero a pesar de eso, parte importante de mi tiempo de exposición frente al televisor lo ocupo mirando las señales abiertas. Es que la televisión producida en nuestro país genera identidad, pertinencia cultural. Finalmente, cuando dedico tiempo a ver un reportaje de investigación, las noticias de los canales nacionales o un espectáculo musical, asisto a un espacio común sobre el cual puedo generar conversaciones con mis amigos y compañeros de trabajo al día siguiente.

Pero no me gusta la televisión que tenemos en Chile.

Me desagrada el contenido basura, el voyerismo farandulero en el que se le da más minutos a quien habla peor del otro, el tratamiento simple y superficial del drama humano para conseguir más audiencia matutina. Me molesta la televisión que no refleja nuestra diversidad cultural y política, que monopoliza la discusión en algunos y que censura de acuerdo a los principios valóricos de los propietarios del canal, lo que podemos y no podemos ver.

Me parece insostenible que la televisión pública sea un buen negocio. No porque me moleste el lucro, sino que porque las utilidades que se consiguen consideran un capital que nos pertenece a todos: el radioespectro sobre el que se transmiten las señales.

La norma que Chile adoptará para la televisión digital es una buena noticia, sin embargo no responde a un un componente fundamental del problema: ¿cómo vamos a lograr una televisión de calidad en el país?

Los próximos pasos que seguirá la televisión digital, a través del pronunciamiento de su implementación en el parlamento, serán fundamentales para responder a esta pregunta.

Existen varias posibles opciones, la que van desde mantener y ajustar el actual modelo de negocios hasta revisar estructuralmente la política de TV pública, reasignando las frecuencias y elevando los requerimientos relacionados con los calidad de los contenidos. Sin duda, en la base de esta discusión estará el modelo de financiamiento. La buena televisión no es barata y requiere fuentes de recursos importantes. ¿Estarán dispuestos los avisadores a financiar la producción cultural y educativa, aunque esta no alcance la audiencia que hoy alcanzan los reality?

Aspiro que con la llegada de la televisión digital, pueda ver una mejor imagen y recibir un mejor sonido en mi receptor. Pero ambiciono que pueda escoger entre contenidos relacionados con historias de localidades aisladas, conocer experiencias provocadoras de chilenos y chilenas que intentan cambiar el país y que no gozan del beneficio de auspiciadores que financien la difusión y acceder a información relevante y documentada del acontecer nacional.

Ojalá que en el contexto electoral que estamos viviendo, esta discusión de fondo no “apague la tele” de los que deben decidir y enfrentar este desafío.

(imagen del post tomada de www.horzepa.com)