14 de diciembre de 1949. En su edición de ayer, El Mercurio rememora el incendio que hace poco más de un año destruyó la Escuela de Medicina. Un acontecimiento trágico pero no inesperado, siendo que siguió a "lustros de imprevisión" que hicieron "pavesas el [otrora] prestigioso alcázar" inaugurado en 1889. La madrugadora prensa del 2 de Diciembre (1948) destacaba la celebración del Día del Médico, sin poder saber que el destino, que no sabe de ironías, había desencadenado en la madrugada de ese día la voraz conflagración que arrasó con los "claustrales corredores" (donde, recuerda dolido el Dr. Norero, se "aspiró el olor macho de los tiempos bravos" ), abatiendo sus palmeras, sus orgullosos pilares frontales y sus incalculables tesoros académicos.
Al día siguiente fueron conocer los macabros detalles de la ingente catástrofe: las llamas indomeñables devorando colecciones de piezas anatómicas, de experimentos fisiológicos, apuntes científicos y toda la parafernalia académica de una Escuela de Medicina que "es orgullo legítimo de Chile y de Hispanoamérica". Media hora de infausta destrucción antes que fuesen alertados los bomberos por algún insomne que hacía turno en el adyacente Hospital San Vicente de Paul, tardanza que solo permitió salvar algunos libros e instrumentos y que se vió agravada por escasez y parcial inoperancia de los grifos de agua, según señalaron los bomberos. Cabe suponer que la alarma tardía, y la ausencia de toda previsión para situaciones de emergencia hayan sido factores significativos en la magnitud del desastre y la masividad de pérdidas y destrucciones.
El Dr. Gabriel Gasic pequeño y descolorido, corría en medio del caos para salvar de la hecatombe a los ratones en quienes investiga Enfermedad de Chagas siguiendo la senda de su maestro, el Profesor Juan Noé quien había fallecido el año anterior dejando un inmenso legado de documentos y dibujos referidos a su exitosa campaña de erradicación de la malaria en el Norte del país. El incendio lo destruyó todo, privando a nuestra salud pública de valiosos antecedentes sobre estrategia y conocimientos para combatir endemias y epidemias.
A las lamentaciones siguieron acciones solidarias inmediatas destinadas a la reconstrucción de la Escuela "corriendo y de prisa". Colectas, donaciones privadas, ayuda externa y leyes presupuestarias de emergencia, esfuerzos todos inspirados por el llamado a construir una nueva Escuela, moderna e "incombustible", para reemplazar una obsolescencia "que en los últimos veinte años se había convertido en un candente y espinoso problema sin solución", comenta el editorialista, posiblemente sin reparar que veinte años de decadencia parecen anunciar una imprevisión que ayudó a desencadenar el incendio a partir de un corto-circuito que inflamó un cercano e inoportunamente ubicado tambor con alcohol.
Ha pasado un año, y hoy hacemos un recuento no solo de la tragedia y posibles fallas humanas que agravaron su impacto, sino también posamos la mirada sobre los esfuerzos reconstructivos que se iniciaron el mismo día de la conflagración. Las donaciones privadas, que lograron la rápida restitución de actividades académicas y la implementación de nuevos laboratorios de investigación, son debidamente reconocidas como una "hermosa lección de civismo", en cierto modo atemperada por cuanto después de un año aún no llegan los dineros públicos, mientras "se están estudiando y proyectando la construcción del edificio definitivo de la Escuela".
El proyecto de reconstrucción, tan acuciosa y pausadamente estudiado, ha de de tener una prestancia que en nada empalidezca frente a la Escuela de Leyes, premunida de "buenas instalaciones, calefacción y sólidos pavimentos y muros". Si nuestra Universidad ha sido capaz de erigir un digno claustro donde orgullosamente forma hombres de derecho y apasionados políticos, ¿acaso nuestra medicina merece menos?
Es preciso hacer votos fervientes para que las buenas intenciones y los calmosos planificadores recuerden que estamos a una escasa década de marcar el sesquicentenario de la nación, cuya celebración no debiese desmedrar con respecto al Primer Centenario en que Chile fue capaz de mostrarse con el flamante brillo arquitectónico de un Museo de Bellas Artes, un Palacio de los Tribunales, la Estación Mapocho, el hermoseamiento del Cerro Santa Lucía. Las desidias e imprevisiones que llevaron a la pérdida de la Escuela de Medicina no debieran perpetuarse en el actual abandono económico y el flemático abordaje de la reconstrucción, so pena que debamos lamentar una repetición de aquella profunda desazón moral que pasó a nuestra historia como "La crisis del Centenario".
*Miguel Kottow es médico de la U. de Chile, especializado en Oftalmología. Doctor en Medicina Universidad de Bonn, Alemania; Médico Cirujano Estado de Illinois, USA; y Magíster en Sociología Universidad de Hagen, Alemania. Ha desarrollado una importante labor en el área de bioética, dictando clases, publicando libros y artículos, tanto a nivel nacional como internacional, y es Miembro de Comités Editoriales de publicaciones internacionales de bioética. Es Profesor Titular de la Universidad de Chile, desempeñándose en la actualidad como docente de la Escuela de Salud Pública, Facultad de Medicina, U. de Chile. Miembro del Comité de Bioética en Investigación de la Universidad Diego Portales.