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Políticas económicas en la crisis

11.08.2008 | 0 Comments


Desde 2007 apareció la expresión “crisis subprime”. Pero fue el derrumbe financiero en Estados Unidos en septiembre de 2008 el que consagró el uso amplio de la nueva expresión. No es para menos: bancos hipotecarios y compañías de seguro nacionalizados en el paraíso del libremercado; colapso de la banca de inversión de Wall Street; rescate de grandes bancos de depósito y compra pública de activos bancarios para evitar la paralización del crédito y la recesión generalizada de la mayor economía del mundo. Las economías europeas han enfrentado corridas bancarias y quiebras con nacionalizaciones bancarias, rescates fiscales, incrementos de liquidez y fondos de garantía a los depósitos, en un contexto en que muchas de ellas entran en recesión.
Vuelve a aparecer una evidencia incómoda para el pensamiento dominante: el capitalismo y las crisis financieras (bursátiles, cambiarias, bancarias) van de la mano. El valor de un activo financiero depende de la evaluación de un flujo de ingresos futuros de gran variabilidad. Y tomar riesgos con recursos propios o de los demás es la esencia del capitalismo, que ha demostrado ser el sistema económico más dinámico pero a la vez el más inestable, depredador y concentrador de ingresos. Así lo confirma la historia desde la crisis de las bulbas de tulipas de 1634 en Holanda, la de la South Sea Company de 1720 en Inglaterra, las ocho creadas por las guerras europeas entre 1713 y 1820 y así sucesivamente, incluyendo la gran depresión de 1929. El capitalismo entró en crisis muchas veces, como predijo Marx, pero fue capaz de recuperarse. E incluso de tener épocas de oro, como la de la posguerra, gracias a las ideas de Keynes para superar el equilibrio de subempleo.
La crisis cambiaria en 1971 y el estancamiento con inflación de los años setenta fueron superados mediante la globalización acelerada, incluyendo el colapso de la Unión Soviética y los países del Este a partir de 1989. Las tecnologías de la información dieron luego gran vitalidad al capitalismo, con la innovación y la “destrucción creativa” de Schumpeter trasladando recursos hacia usos más productivos. Pero siempre con una piedra en el zapato: desde 1970 hasta 2002 han ocurrido 117 crisis bancarias sistémicas en 93 países . La liberalización interna aumenta la probabilidad de una crisis bancaria, la que aumenta todavía más con liberalización financiera externa.
Estados Unidos vivió hasta 2007 un período de prosperidad, acompañado de un ahorro mundial en expansión y energía barata. Pero se preparaba la crisis, con préstamos hipotecarios sin control a millones de hogares de ingresos inestables y una política monetaria laxa. La banca diluyó el riesgo en títulos que mezclan activos de distinto riesgo. Los fondos especulativos de cobertura se multiplicaron. Esta mezcla explosiva estalló al aumentar los impagos hipotecarios, caer el precio de las viviendas y emerger un déficit de capitalización bancaria. Los seguidores del neoliberalismo a ultranza harían bien en escuchar al presidente francés, Nicolas Sarkozy, que ha llamado a “sacar las conclusiones de la crisis para que no se reproduzca", sobre la base de la “ética del esfuerzo y del trabajo” y “regulando los sistemas de remuneración de los directivos y operadores financieros para acabar con los abusos", pues, concluye, "el laissez-faire se ha terminado, el mercado todopoderoso que siempre tiene razón, se ha terminado”.
Efectos en la economía doméstica
¿Y cómo estamos por casa? Para empezar, con una política monetaria y fiscal que sigue centrada en la lucha contra la inflación, en circunstancias que se aproxima una recesión mundial de la que Chile no podrá sustraerse y que ya se expresa en la fuerte caída del precio del cobre y en fuertes pérdidas de los fondos de pensiones. Se avizora una incertidumbre generalizada sobre el valor de las pensiones futuras. Esto no se quiso corregir en la reforma reciente, que introdujo en el peor momento mayores márgenes de inversión de los fondos fuera de Chile en vez de mayor seguridad mediante la vieja pero imperturbable receta bismarckiana de basar una parte de las pensiones en el reparto intergeneracional. Se supone que nuestra supervisión bancaria es suficiente: dependerá del desempeño global de la economía.

    Lo que cabe hacer es diagnosticar bien el problema:
- la inflación se explica hoy por aumentos de costos originados en fenómenos externos (petróleo y alimentos) más que por exceso de demanda, y se debe actuar para contener sus efectos en el tiempo, aceptando que habrá un cambio de largo plazo en los precios relativos de la energía y la alimentación, a pesar de su reciente baja.
- El consumo interno viene creciendo menos desde fines de 2007. No hay que contraerlo más, pues puede desplomarse. El propio efecto de la pérdida del poder adquisitivo ha moderado el consumo y ayudará a contener las presiones inflacionarias de costo.
    Si este diagnóstico es el acertado, entonces no tiene sentido mantener altas tasas de interés afectando a los consumidores y a los productores. La expansión de la inversión se vería resentida. Tampoco tiene sentido disminuir el gasto público, pues este se encuentra programado de acuerdo a una regla estructural que ha costado mucho establecer, y que tiene un adecuado carácter anticíclico. Bajar el gasto público bajaría la actividad innecesariamente. Lo prudente parece ser entonces establecer un horizonte de 24 meses para volver a la meta de inflación de 3% y mantener la política fiscal anticíclica con mayor fuerza.
    Por último, el país debe asumir que el precio del cobre será por un largo período más alto que lo previsto, aunque baje en el corto plazo, y que el inmenso caudal de recursos adicionales generados no va a sus dueños, todos los chilenos, sino a quienes tienen la concesión privada de la explotación obtenida en condiciones que a la postre han resultado injustificadamente ventajosas. Establecer un nuevo trato tributario con las empresas mineras privadas, incrementando las muy bajas tasas de royalty aplicadas en la actualidad, parece necesario frente a ganancias extraordinarias persistentes –vinculadas a la alta demanda china e india de insumos básicos- que bien podrían emplearse en asegurar el salto al desarrollo que el país necesita con más gasto en educación e investigación-desarrollo-innovación. La “estabilidad de las reglas del juego” es un principio que no debe despreciarse, pero que debe subordinarse al interés nacional, especialmente cuando la aplicación destemplada de este principio puede privar a los chilenos de la posibilidad de acelerar su acceso a un mayor bienestar.

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