Nov.
23
, 2009
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Peter Sloterdijk, uno de los filósofo de mayor exposición mediática de la actualidad, acaba de producir un debate mayor entorno al Estado y su legitimidad. En un artículo publicado a mediados de año por él, titulado La Revolución de la Mano Dadivosa (Die Revolution der gebenden Hand), planteó que el Estado, basado en un sistema de impuestos proporcional y forzoso, es sinónimo de la institucionalización de la cleptocracia (Kleptokratie des Staates). El resultado sería: efectos psicológicos negativos y la mantención de los improductivos por parte de quienes sí lo son. La falacia argumentativa del Estado Social Benefactor sería la de equiparar su facultad de cobrar impuestos con la de un Robin Hood, representado por el propio Estado, que quita a los ricos para dar a los pobres.
¿Qué propone Sloterdijk en su reemplazo? No sólo reconsiderar los impuestos de forma proporcional, más radical aun, buscar fomentar en la sociedad las donaciones espontáneas y voluntarias como una forma de reemplazar el sistema tributario actual. Se requiere, a juicio del filósofo alemán, producir una revolución psicológica que permita recuperar una evolución social que valore el mérito, la productividad y que descanse en la solidaridad. Éste cambio, difícilmente se generaría desde el propio Estado, debe ser la sociedad civil la que encabece una “guerra” contra la cleptocracia estatal.
Las críticas, no se han hecho esperar: destacados filósofos como Axel Honneth y Christoph Menke las han liderado. El primero de ellos inclusive se refirió a Sloterdijk como “charlatán neoliberal”. Otros intelectuales, como Gumbrecht, Bohrer y últimamente el jurista alemán experto en derecho tributario, Paul Kirchhof, han apoyado distintos puntos de la argumentación de Sloterdijk. Lo interesante, más allá de la factibilidad de la propuesta de Sloterdijk y de las buenas razones que hay para defender sistemas impositivos de tasa plana, es que la polémica ha revivido el tema del valor y justificación de la existencia del Estado.
El Estado, parece seguir teniendo un papel central como una instancia de imparcialidad que asegure la igualdad de oportunidades y de reconocimiento de los ciudadanos. Su función principal no estaría dada por la entrega de bonos, desarrollo de programas sociales ni una mayor o menor capacidad administrativa. Es el garante de que los individuos, si bien fácticamente desiguales, en cuanto miembro de una comunidad puedan ser iguales como sujetos de derecho. En ese sentido, alguien como Honneth, está en lo correcto al ver en el Estado un garante privilegiado, que en última instancia, cuando fracasa la sociedad civil, puede evitar la dominación de los ciudadanos y defender su constitución como sujetos morales. El estado es básicamente un garante.
Sloterdijk acierta al sostener que los totalitarismos del siglo XX, tanto el fascista como el comunista, tenían una raíz ideológica común igualitarista. De igual forma, la idea del estado providencia ha demostrado ser un fracaso para generar desarrollo sustentable en el tiempo. Un autor como Luhmann lo vio con claridad hace más de 20 años. Ahora, se equivoca, quien a partir de eso, trata de concluir una invalidación de la igualdad como valor. La igualdad del “ciudadano” es uno de los grandes logros que nos han legado las tradiciones liberales y republicanas. Ahí reside la legitimidad del Estado.
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