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El tren de la vida
10.01.2008 | 2 Comments
Visto desde la monumental ignorancia y analfabetismo ferroviario de las nuevas generaciones, esto es, de los niños y niñas de 40 años o menos, el "Tren del Vino" es simplemente un obsoleto medio de trasporte que traslada hacia las profundidades del valle de Colchagua, ilustrísima zona viñatera, a una manga de turistas y algunos curados, todos por igual dados a degustar cepas y comer a todo carrillo. Pero nada podría ser más falso que dicha mezquina visión.
Quienquiera haya tenido la suerte de nacer entre 1945 y 1955 o incluso antes, ese tren, moviéndose a vertiginosos 35 kms por hora, es mucho más que un vehículo para usos turísticos. Los gloriosos cincuentones y sesentones de la nación seguro me entenderán.
Ese tren, bien lo saben, conduce al pasado, al recuerdo y la nostalgia; los lleva a la niñez crecida al amparo de otros trenes ya desaparecidos, a los de las vacaciones de verano, al sonido y fragancia de estaciones y patios de maniobra ahora inexistentes, a la presencia majestuosa de venerables locomotoras, al desvanecido e inolvidable recuerdo de silbatos, la voz de conductores exigiendo "todos los pasajes", a tipos avanzando por el pasillo con canastas repletas de botellas de Bilz y cucuruchos con tunas y a damas de cotona blanca abalanzándose a las ventanillas a ofrecer dulces chilenos.
Por consiguiente y aunque en teoría el "Tren del Vino" es simplemente de propiedad de la Corporación Cultural y Ferro-turística de Colchagua, en realidad es de propiedad de la nación sexagenaria.
Es el álbum del recuerdo de todas las cabezas ya encanecidas o encaneciendo que habitan el país, espejo donde pueden mirarse los ciudadanos mayores de 50 años, vehículo de fantasmas, reliquia de tiempos más lentos y gratos, reproche ambulante de un Chile perdido y a veces destrozado.
"Todos a bordo "
El viaje se inicia desde la estación ferroviaria de San Fernando, todos y sólo los sábados, a las 10:30 am. Para abordar el tren es preciso haber contratado el viaje -que incluye almuerzos, degustaciones, esquinazos, visitas al museo de Santa Cruz- en una agencia de turismo o directamente en el Tren del Vino, con opciones que se detallan en su web. La locomotora, una máquina inglesa a vapor armada en Viña del Mar en 1913, es conducida por el maquinista Manuel Méndez, el "Ñoco", de 72 años, jubilado de FF.CC.
El "Ñoco" mira su máquina con arrobo. "Es del tipo 57, una 2-6-0 de más de 600 caballos de fuerza", nos explica. A su lado, como asintiendo, el compresor de la máquina suelta unos gemidos. El "Ñoco" usa un gorro de aviación de la primera guerra mundial, antiparras de motociclista, guantes de asbesto y un grueso overol.
Su atuendo, su rostro colorado, su nariz prominente y sus ojos claros dan la sensación de estarse encarando a un actor británico de vodevil. Lo asisten dos muchachones cubiertos de hollín que están aprendiendo el oficio. Me parecen felices. Palmotean la máquina como si fuera el lomo de una mascota. Adivino la emoción y el orgullo que sienten en su calidad de tripulación de tan enorme bestia mecánica; es la misma con que nosotros, los ancianos, quisimos de niños ser maquinistas.
Un par de pitazos anuncia el inicio del viaje. Hay un tirón y el convoy conformado por la locomotora, el tender con tres toneladas de carbón piedra y tres carros de pasajeros del año ñauca comienza a moverse. Ya en el coche comedor nos rodean maderas nobles, bronces, cortinas, sillas, felpas y mesas. Es como si estuviésemos en un hotel de lujo, antiguo y venerable, con mágica capacidad para trasladarse en el espacio y el tiempo. En seguida, oportunamente, llega la bandeja con quesos y frutas, amén de los vinos. Pero, por sobre todo, lo que hacemos es sumergirnos en la delicia refinada y olvidada de viajar a 30 kms por hora.
Sentado en la mesa frente a nosotros, copa en mano, nos acompaña el gerente general del tren, Claudio Enright, ciudadano argentino avecindado hace 18 años en Chile.
-No te creás -me dice- que el tren se mantiene a punta de caridades de los socios de la corporación. Debe mantenerse con las ventas de pasajes. Por ahora, con sólo un viaje los sábados, la operación no es muy rentable, pero esperamos pronto tener un servicio tres veces a la semana
La línea férrea por la cual se desplaza el Tren del Vino, dejando a su paso una columna de humo y niños saludándonos desde patios traseros de humildes casas, corresponde al antiguo ramal a Pichilemu y es de propiedad de EFE, que lo arrienda. La mantención de la vía está a cargo de la corporación. El viaje, sin embargo, no se prolonga a lo largo de todo el ramal pues termina en Santa Cruz, mucho antes de Pichilemu. Son 40 kms que toman una hora y media de viaje. ¿Qué importa? Desde la ventanilla el paisaje se mueve con la lentitud necesaria para apreciarlo a fondo. Cada árbol, cada piedra, nos ofrece su perfil único. De eso se trata: no de llegar a tal o cual parte en tal o cual horario, sino del viaje mismo.
Tonadas y valses peruanos
Con la copa a medio morir saltando y en muda contemplación del lento paso de las arboledas, muchos estábamos por quedarnos beatíficamente dormidos cuando irrumpió en escena Ismael Carrasco, el "Negro Pelé", rapsoda oficial del Tren del Vino. Guitarra en ristre nos asestó el primer esquinazo de la jornada. Luego, dándose cuenta de la presencia de un matrimonio peruano en luna de miel, soltó un valsecito. A esas alturas, kilómetro 20 y cinco degustaciones después, se le celebró a carcajadas todo lo que dijo e hizo.
Envalentonado, dióse entonces por irse de payas.
Al peruano, tipo más bien antipático que miraba de soslayo a todo macho que pusiera ojos curiosos en su novia, le espetó la siguiente fineza: "A cuidar la vela, joven, mire que la procesión es larga".
Benedicto González, conductor, pasó en ese momento revisando los boletos. Tal como el maquinista, es jubilado de FF.CC. Estuvo 32 años en dicha empresa y casi suelta lágrimas recordando las sucesivas etapas por las cuales fue mutilada. Para él, como para el maquinista, el Tren del Vino es una forma personal de renacimiento celebrada una vez por semana.
Santa Cruz
El tren, finalmente, se detuvo en la estación de Santa Cruz.
Como todos, me encaminé hacia la locomotora a fotografiarme con el maquinista frente a la trompa de su amada "modelo 57". Otros pasajeros prefirieron asistir al esquinazo que se les brindó en la estación. Serían llevados, posteriormente, a una viña, a un restorán y al museo. Atrás, a mis espaldas, la locomotora resoplaba. Me vino, como a todos, un enorme deseo de que esa máquina y sus carros alemanes del 25 pudieran seguir su marcha, seguir hasta Pichilemu, seguir aun más lejos, recorrer toda nuestra geografía, hacer sonar su silbato para siempre.
Pero va a ser difícil. Difícil que los trenes una vez más recorran todo el país, como debiera ser. De eso se encargó el siniestro programa de rehabilitación de las líneas de Chillán a Puerto Montt. En ese escándalo se descarriló todo... En fin, ¡salud!
La línea por la cual se desplaza el tren, dejando a su paso una columna de humo y niños saludando desde humildes casas, corresponde al antiguo ramal a Pichilemu.




Posted by Mario de la Fuente Moreno on October 26, 2008 at 04:03 PM CLST #
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Posted by Miguel Evaristo Alarcon Lopez on September 08, 2009 at 10:31 AM CLT #