La propiedad (intelectual) es un robo
Jan. 27 , 2012
Partamos con un acto de honestidad intelectual: soy un usuario frecuente de productos digitales piratas. Bajo libros de Library.nu, bajo discos de música usando Mediafire (Megaupload hace tiempo había perdido su ethos auténticamente pirata, limitando significativamente la cantidad de archivos que uno podía bajar sin estar suscrito a su servicio), y veo regularmente series y películas en sitios similares a Cuevana. Digo todo esto asumiendo que todos tenemos intereses, en el sentido más estricto y economicista de la palabra; y así como yo explicito mis intereses, que son los del ciudadano medio, esperaría que los lobbystas de las grandes industrias, muchas veces parapetados en centros de investigación académicos o en grandes consultoras y estudios de abogados, también expliciten los suyos.
Dicho esto pasaré a explicar mi argumento, que sirve como contexto conceptual a la persecución criminal de Megaupload, la arremetida legislativa del proyecto de ley SOPA y los contragolpes del colectivo Anonymous. ¿Por qué sostengo, reviviendo un viejo eslogan anarquista, que la propiedad intelectual es un robo? Dicho de la forma más resumida posible: porque consiste en un apropiamiento excluyente de un producto cuyos contenidos son inevitablemente fruto de la colaboración colectiva. No hay en estricto sentido autoría individual de ninguna obra cultural (escrita, musical, visual, escénica, etcétera); lo que hay es una autoría colectiva mediada por el individuo. Así, la propiedad intelectual individual sólo puede aspirar a una tenue fundamentación moral.
Los materiales de los que se teje la producción cultural son materiales generados colectivamente a lo largo de las generaciones. Yo, como académico que trabaja en el área del Derecho Público, debo producir textos argumentativos. Desde luego, dichos textos jamás serán originales estrictamente hablando: están insertos en una milenaria tradición de pensamiento cuyos orígenes se pierden en el tiempo. Es común (¡!) la afirmación de que todas las discusiones intelectuales son una nota al pie a Platón (o a los sofistas, o a Sócrates, o a los presocráticos…). En el mundo del arte ocurre exactamente lo mismo; y tal como la música contemporánea le debe mucho a Elvis, este a su vez le debe obviamente muchísimo a la música afroamericana, pero también tanto o más a la expansión de las fronteras de la música en Europa desde Vivaldi hasta Wagner y Strauss. Lo mismo ocurre con los avances tecnológicos, que se construyen sobre el descubrimiento e invención a lo largo de los siglos de nuevas formas de manipular la naturaleza. Las mismas invenciones científicas propiamente tales, como por ejemplo la manipulación del átomo, sólo son posibles gracias a la acumulación previa de técnicas de análisis y experimentación. En última instancia, toda producción cultural es posible sólo mediante el uso de categorías y estrategias mentales colectivamente desarrolladas a lo largo de generaciones, de las cuales la más importante quizás sea el lenguaje.
Desde luego, dentro de este esquema básico uno puede ser un intérprete más o menos hábil, más o menos atractivo, de los perennes temas de su cultura. Uno puede ir fuera de las fronteras de la propia cultura e importar desde otros mundos algunos temas no suficientemente explorados en su tradición (en otras palabras, el sincretismo). Uno puede rescatar todo aquello que la propia cultura ha desechado históricamente (la así llamada actividad contracultural). John Rawls reformula argumentos y técnicas analíticas que han estado dando vueltas por siglos, pero con tal maestría que se convierte individualmente en un hito de la tradición filosófica occidental. Lo mismo podría decirse, por ejemplo, de músicos como Prince o David Bowie, que reformulan temas antiquísimos como el sacrificio, se nutren de vertientes artísticas tradicionales exóticas, y en todo este proceso imitan (o “se inspiran”) en el actuar de sus contemporáneos.
En definitiva, en el plano de la producción cultural lo que existe es una autoría colectiva de los materiales de que ella se confecciona, mediada por una interpretación individual. El así llamado autor no es tal. Esto estaba muy claro en el mundo premoderno, tal como recurrentemente se evidencia cuando hablamos de las catedrales europeas. La concepción individual de la producción cultural es así un invento moderno, que substituye a alternativas para la sustentación del productor como el mecenazgo. Aun así, es necesario evitar la tentación de asumir que la autoría individual es consustancial a la modernidad, o que ella tiene contornos estables y rígidos. Tal forma de pensar se vuelve falaz en la era de Linux, Wikipedia, y de otras formas de acceso público como la red académica latinoamericana Scielo.
El fundamento moral de la propiedad intelectual es, en consecuencia, tenue. ¿Significa esto que sea moralmente correcto hacer un acto individual de ocupación saltándose los procedimientos establecidos para la modificación de nuestras leyes? En otras palabras, ¿justifica esto la piratería? Creo que sí debido a la existencia de una dificultad adicional en el terreno de la producción cultural: la existencia de mediadores que han secuestrado esta actividad para transformarla en una fuente de lucro desproporcionado. Me refiero a las compañías discográficas, editoriales, cinematográficas, y musicales. Ellas, sin participar del proceso de producción cultural, son quienes han fijado las políticas de copyright prevalecientes a nivel mundial, son quienes se preocupan de implementar rigurosamente dichas políticas, y son quienes se enriquecen mediante este proceso. Lo interesante es que a través de dichas políticas imponen una tasa o cobro para que “autor” y público puedan entrar en contacto. Es decir, dichas compañías le roban al público su autoría última y además le cobran para que pueda acceder a la interpretación que el “autor” hace de temas generados colectiva e intergeneracionalmente. Esto sólo puede ser descrito como una forma de tiranía, una captura del interés público en beneficio del interés privado que legitima la rebelión: la piratería intelectual.
Las consecuencias de esta discusión, es obvio, van más allá de la propiedad intelectual. Mi argumento sobre el tenue fundamento de la propiedad intelectual también tiene consecuencias sobre la propiedad individual de bienes materiales. Esto no sólo tiene que ver con la propiedad colectiva de los recursos naturales como el agua o el cobre; tiene que ver con la distribución misma de los bienes en la sociedad. La riqueza, lo hizo ver magistralmente Adam Smith, es el fruto de la cooperación social expresada en la división del trabajo. Que algunos gocen en una mayor proporción que otros de dichos frutos de la cooperación social es algo legítimo en la superficie, pero ilegítimo en profundidad. Mal que mal, nadie es autor de sí mismo; nace inserto en estructuras sociales que impactan incluso su capacidad de darse objetivos a sí mismo (tales como “emprender”) y de llevarlos a cabo (es decir, “planificar”). Pero sostener que la propiedad es un robo requeriría otra columna.





Posted by JP on January 27, 2012 at 09:50 AM CLST #
Posted by Jaime Vasquez on January 27, 2012 at 10:57 AM CLST #
Posted by Marcela Müller on January 27, 2012 at 10:57 AM CLST #
le estaba robando a aquellos que estaban en carencia
Posted by Gonzalo Serrano on January 27, 2012 at 12:24 PM CLST #
Posted by Cristian C on January 27, 2012 at 04:39 PM CLST #
Posted by hormigon impreso madrid on May 16, 2012 at 07:16 AM CLT #