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Crisis Financieras: Lecciones para la política chilena
10.07.2008 | 1 Comments
Nadie niega la eficiencia de los mercados en la asignación de los recursos. Se debate si al Estado le cabe generar el marco de normas, objetivos y regulaciones dentro del cual opere el mercado o debe ser el mercado el único mecanismo regulador válido. Bajo Pinochet dominó esta última postura. Justamente la ciega confianza en el mercado llevó al país a la grave crisis de 1982, y esta misma confianza condujo a la actual crisis financiera internacional.
La derecha política sostiene en la actualidad que la crisis que afecta a los mercados financieros internacionales no pone en cuestión la economía de mercado. Esta, sin embargo, no es la discusión.
El debate actual de fondo se da entre las posiciones que -como la derecha chilena- sostienen una autorregulación del mercado y aquellas que, como la Concertación, afirman la necesidad de regular desde la esfera pública el desempeño del mercado. En Chile, la derecha -como en los setentas y ochentas- sigue abogando por una desregulación irrestricta.
Si bien es cierto que la banca estadounidense tradicional estaba bastante regulada, la banca de inversiones operó en los últimos años a su solo arbitrio. Las expectativas de negocio fácil llevó a estas entidades a operar en condiciones de riesgo excesivo, culminando en la crisis que sufriendo y cuyas repercusiones globales aún lamentablemente desconocemos.
Quienes creen en la autoregulación del mercado no pueden dar cuenta de las causas y de las características esta crisis. La naturaleza ideologizada de su análisis (¡vaya la paradoja!) los conduce a explicaciones desconcertantes. Reconocidos economistas del medio señalan que la crisis ha derivado de la “incapacidad predictiva de los modelos estadísticos”, que ha impedido anticipar claramente la futura crisis y prever su curso una vez desatada.
Les cuesta aceptar que en la lógica básica del mercado autoregulado radica que los individuos puedan ser arrastrados a comportamientos típicos de manada en la fase de euforia que, más allá de todo fundamento económico, inflan una burbuja insostenible que, a la larga, colapsa.
A manera de justificación, algunos afirman que los ciclos son propios de la economía de mercado. Evidentemente ello es así. Pero no obstante (y eso lo prueba una parte de la teoría económica y la experiencia de los años de gobierno de la Concertación) la intervención pública, las normas regulatorias y la supervisión estatal aplanan el ciclo, limitando la euforia de la fase expansiva y - lo que es más importante- poniendo coto y reduciendo la virulencia de la fase recesiva. , Por el contrario, la actual crisis financiera internacional muestra el colapso del mercado autoregulado.
Las causas de la crisis no radican en la incapacidad de los modelos estadísticos. La falta de regulación es lo que permite que individuos irresponsables o, en muchos casos, inescrupulosos, varios de ellos remunerados con sueldos millonarios, hayan conducido a la economía mundial a la grave crisis que enfrentamos.
Algunos señalan también: ¡cuidado con la sobreregulación, ella puede impedir aprovechar muchas oportunidades! La sobreregulación (que, en todo caso, es materia a definir de forma clara y específica) constituye ciertamente un problema. Pero, no obstante, el argumento resulta falaz. Las pérdidas financieras que están teniendo lugar son de tal magnitud que hipotecan el futuro global en los próximos años. Está por verse la magnitud que alcanzará la crisis en el sector real de la economía, en el empleo y en la producción de bienes y servicios. En todo caso, el horizonte se avizora muy complejo y con persistentes nubarrones o tormentas.
¿Qué tiene que ver todo esto con las opciones políticas hoy en juego en el país?
Si en el campo social la política de la Concertación se caracterizó por la importancia de la política y del gasto social, en lo económico su sello ha sido la atención prestada a la regulación en diversos campos, incluido el financiero. Paradójicamente, la regulación bancaria que ha sido perfeccionada en estos 18 años, tuvo su origen en el gobierno militar. La magnitud de la crisis del año 1982 impuso una solución de continuidad en el espíritu desregulador del régimen dictatorial, mediante una normativa draconiana, que la Concertación mantuvo de forma muy estricta. Ello precisamente le ha evitado al país que a la crisis financiera internacional se sumara una grave crisis financiera interna.
Por el contrario, son precisamente otros ámbitos no adecuadamente regulados del crédito en nuestro país los que actualmente emergen como preocupantes tanto respecto del bienestar de los hogares como respecto de sus repercusiones más globales, si el desempeño económico pudiera elevar las tasas de desempleo. Me refiero al grave y creciente endeudamiento de las personas con las casas comerciales, pagando altos intereses y sobrepasando riesgosamente su capacidad real de pago.
¿Quién puede afirmar con certeza que la derecha política (que durante todo este tiempo ha estado majaderamente predicando los beneficios de la desregulación) si hubiese ganado las elecciones no habría barrido desde el gobierno con estas regulaciones, dejando al país en una situación de vulnerabilidad extrema?
Al asumir el Poder Ejecutivo en 1990, la Concertación había hecho una profunda autocrítica respecto de sus convicciones más profundas. Fue algo doloroso pero indispensable. Ello le permitió asumir la conducción del país, introducir algunas de las modificaciones necesarias y abrir un largo período de gobernabilidad y progreso. Estamos ahora al fin de un ciclo que, combinado con los cambios económicos y políticos que afectan al mundo y con la crisis financiera internacional, hace necesarios cambios profundos en las directrices de política. La Concertación debe reinventarse para dar cuenta de esta situación, e históricamente ha dado múltiples muestras de tener esa capacidad.
Pero, ¿qué pasa con la derecha política? ¿Está ella en condiciones de acomodarse a estos cambios? Me parece que no. Pese a sus previas consignas electorales y al nombre de algunos de sus partidos, ella ha envejecido en la oposición sin ninguna renovación. Sigue mirando el mundo con los mismos enfoques de los años setenta y ochenta. Obstaculizada por las anteojeras de sus modelos analíticos no ha podido siquiera entender cómo fue posible que la Concertación (a quien le ha achacado tantas concepciones equivocadas del mundo) haya podido conducir a Chile por una senda tan exitosa.
Para proponer un nuevo programa al país, la Concertación debe dar cuenta de sus errores, que han sido muchos y graves. Por el contrario, para empezar a entender cabalmente el Chile que cambió y la grave situación que afecta a la economía internacional, la derecha política necesita comprender la clave de los éxitos de la Concertación. Imbuida en el ideologismo que la afecta, ello aún no parece plausible, lo cual coarta gravemente su capacidad propositiva como fuerza opositora, y la anula en sus pretensiones presidenciales.





Si no controlamos, o mejor dicho regulamos, los episodios maníacos, lo único que nos queda esperar son grandes depresiones.
Y el problema de la derecha chilena está ahí, en esa falta de coherencia que los lleva a exigir eufóricamente más ganancias de un sistema que inexorablemente, en algún momento, los conducirá a obtener pérdidas que no están dispuestos a afrontar... Y en ese momento, cuando llega la depresión, todos se acuerdan de ese paternal Estado que tanto nos quiere y que ellos trataron de eliminar tantas veces cuando fueron felices.
Posted by Ignacio on October 10, 2008 at 08:10 PM CLT #