El abrazo y el terremoto, Parte II
Mar. 10 , 2010
Aquí va la segunda parte de lo que ví en la Zona de Concepción el fin de semana pasado, ya lo he señalado, es sólo un relato vivencial y disculpen lo intimista del relato, pero me parece importante trasmitir las emociones que se viven.
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III.- La Solidaridad
- Quién chuchas me mandó a subir a esta moto!!, pensé, mientras la motocicleta seguía avanzando por el puente destruido. Si bien la insulina era necesaria, no era tan urgente para llevarla esa misma noche, podríamos perfectamente haberla dejada con Cosme para luego, una vez abierto el puente Llacolén, pudiera retirarla el propio Felipe u otra persona.
Los tres puentes que unen Concepción con San Pedro habían colapsado por el terremoto y no por un tsunami, ya que en esta zona no se habían producido, pensaba para tranquilizar mi "sicoseo".
De improviso siento simultáneamente un ruido sordo y un golpe como un piedrazo en la cabeza que me asusta mucho, durante algunos segundos veo todo borroso sin entender qué pasaba… pero luego sonrío silenciosamente al darme cuenta que había caído bruscamente la mica transparente del casco sobre los ojos provocando el ruido y la visión nublada. Felizmente, para mi dignidad, Cosme no se dio cuenta de este ridículo episodio.
Cosme parecía tranquilo mientras manejaba la moto, nos había contado que en pleno terremoto, su hija lo había llamado para contarle que estaba en San Pedro junto a su madre y que, sin pensarlo dos veces, había salido en la motocicleta en busca de ellas. Es decir, había cruzado este mismo puente solo minutos después de ocurrido el terremoto. Posteriormente había repetido varias veces la misma trayectoria para realizar alguna gestión solidaria de sus vecinos necesitados. Mi moto se ha transformado en Solidaridad Express, bromeaba Cosme.
Cosme vive en un lindo barrio tipo condominio, de muchos profesionales, con casas amplias y hermosas. Posee un sentido del humor equivalente a su espíritu social.
Se rió mucho cuándo le preguntamos qué hacían un par de mujeres muy arregladitas sentadas en la vereda de una ancha avenida del barrio.
- Mira nos sobra el Whisky y el buen vino, pero llevamos casi una semana sin agua, nos explicó Cosme, los vecinos descubrieron una pequeña vertiente que brota horizontalmente cerca de la vereda. Puedes llenar media botella en 15 minutos, pero para llenar la otra mitad, ya que debe estar horizontal, requieres de otra botella. Entonces en este proceso tardas cerca de media hora y se requieren al menos dos vecinos cada uno con dos botellas. Y en este intervalo vamos conversando, vamos conociéndonos con vecinos que nunca hablábamos, ¡¡¡de algo que sirva este terremoto!!!, se reía Cosme.
Con nuestra familia había ocurrido algo similar, hacía mucho tiempo que no hablábamos con nuestros primos que ahora vivían en Santiago, es decir mucho más cerca que en nuestra infancia cuando nos veíamos, al menos, una vez al año durante las vacaciones de verano.
Nuestra primera parada luego de entrar en Concepción, y antes de visitar a los tíos de Tomé, había sido en Bellavista. Ahí nos esperaba un primo que hacía, por lo menos, veinte años no veíamos. Era el único primo que seguía en Tomé, donde había regresado apestado de la vida de Santiago. Ahora él vivía en el campo, al interior de Bellavista, apenas ocurrido el terremoto había tomado la camioneta y bajado raudamente a buscar a mi tía que vivía sola en Bellavista. Sabía que la situación de Bellavista -rodeada de dos ríos que se unen antes de desembocar en el mar- era de alto riesgo de tsunami. Había llegado justo cuando comenzaban a crecer los ríos que finalmente terminaron inundando Bellavista pero que felizmente no provocaron un tsunami.
Al abrir la puerta, los abrazos fueron una vez más muy estrechos, el calor humano del abrazo parecía un antídoto ante el dolor y el susto. La casa estaba bien, esa casa que había albergado a los 7 primos, aún mantenía ese olor a leña y a mar. Sobre sus muros algunas fotografías de nosotros juntos a los primos siendo unos niños.
Mientras conversábamos y recordábamos algunas anécdotas de la infancia aparece el negro Calaf, viejo y entrañable amigo de esos mismos veranos. El abrazo fue tan estrecho como los dados a los familiares. El tocarse, palparse y olfatearse, parecía un acto distinto, un acto que (de)muestra vida. El negro nos contó que él vivía en el Cerro El Santo, y que en su casa tenía alojado cerca de 20 personas que huyeron de las zonas más bajas, nos fumamos un par de puchos y luego nos dimos un fuerte abrazo de despedida.
Nos fuimos rápido pues teníamos poco tiempo para hacer todo el circuito planeado. En la Plaza de Armas de Tomé habíamos quedado de reunirnos con Pamela, miembro del Movimiento y de quién, gracias a la red digital que habíamos creado en el partido, sabíamos que estaba bien pero nadie había podido estar con ella.
Al llegar a una esquina estaba Pamela esperando con su tradicional sonrisa dentro de su moreno rostro. Al vernos sus ojos brillaron, su alegría emanó espontáneamente y nos fundimos en un abrazo lleno de alegría. Nuevamente el abrazo, ese acto simple y cotidiano, tenía ahora un sentido distinto, el sentir el calor del cuerpo del otro parece actuar como exorcismo frente a los temores y miedos.
Pamela nos rechazó el agua que le llevábamos pues estaba ya recibiendo agua, poca pero recibía. A otro le hará más falta que a mí, nos dijo. Nos contó de su situación pero su gran angustia era no poder llegar todavía a Coliumo, otro balneario azotado por el tsunami, donde tiene su red de trabajo social y no puede llegar para poder ayudar. Es decir, en medio de su drama y situación personal, la mayor angustia de Pamela era no poder ayudar a otros
En estas situaciones aparece lo mejor y lo peor del ser humano, la solidaridad del Negro, la moto express solidaria de Cosme y la angustia de Pamela por no poder ayudar, son sólo unos pocos ejemplos dentro de miles de actos solidarios y anónimos que no salen en TV.
Recordaba ahora el abrazo y el cariño que me entregó mi sobrina cuando, en pleno Consultorio de Dichato, yo estaba quebrado y a punto de llorar por el pavoroso cuadro que veía.
Mi sobrina tendría unos cinco años de edad cuando veraneábamos en la zona, jugaba con nosotros -más grandes- colocándonos jeringas de juguetes y haciéndonos tragar caramelos que decía eran remedios. Luego de recibirse como Obstetra se había hecho cargo de un Consultorio de Tomé.
Estaba en dicho consultorio, la mañana después del Terremoto, cuando llegan personas a caballo contando desesperadamente del tsunami que había destruido Dichato. Sin dudarlo un instante, junto a cuatro colegas, habían partido a Dichato siendo los primeros en llegar y constatar la destrucción del Balneario. Rápidamente habían improvisado un Hospital en las instalaciones de un consultorio ubicado en una población que no había sido afectada por el tsunami y desde ese día no había parado de trabajar.
Por sus manos habían pasado 12 fallecidos y habían atendido a cientos de heridos. Llevaba exactamente una semana en medio de la tragedia y aún tenía energía para contenerme emocionalmente a mí, choqueado por el cuadro que veía. Su abrazo y sus caricias fueron suaves y tiernas, pero sus ojos iluminados de esperanza en medio de la tragedia, me trasmitieron la energía que supuestamente debería haberle entregado yo.
Nos despedimos con un gran abrazo, ahora ya no por la tragedia, sino por la emoción de saber que aquella sobrina, que años atrás jugaba a ser enfermera, ahora jugaba un rol trascendental en medio de la tragedia.





Posted by jke on March 10, 2010 at 03:59 PM CLST #