Más que un accidente

Posted on June 29, 2011 by Daniel Mansuy Huerta

La paradoja del capitalismo, decía Schumpeter, consiste en lo siguiente:
la alquimia mediante la cual los vicios privados se transforman en
virtudes públicas exige el cumplimiento de dos condiciones difíciles de
obtener en una sociedad de mercado. La primera condición es que los
agentes económicos deben respetar la ley, y no sólo por razones
instrumentales...

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El golpe de Pablo Longueira

Posted on June 15, 2011 by Daniel Mansuy Huerta

Este golpe no implica ningún cambio real, pues el problema de fondo tiene que ver con la ausencia de una cultura común...

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Diálogo de sordos

Posted on May 18, 2011 by Daniel Mansuy Huerta

Tomarse en serio la cuestión de la matriz energética supone grados de consenso imposibles de obtener en el actual clima político...

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Rehabilitar lo público

Posted on May 04, 2011 by Daniel Mansuy Huerta

El caso Kodama ocurrió no sólo porque falten reglas (que faltan), sino porque no le hemos dado a lo público la jerarquía que se merece...

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La plegaria de Vargas Llosa

Posted on April 20, 2011 by Daniel Mansuy Huerta

El evangelio que el peruano predica es en parte responsable de lo que
hoy deplora con tanta amargura: la banalización de la cultura...

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El mundo según Guido

Posted on March 23, 2011 by Daniel Mansuy Huerta

 Publicado en La Tercera, 23 de marzo

Girardi parece confiar en el carisma de la función: la presidencia del Senado le haría tomar altura por el solo hecho de estar allí.

Es. por lejos, uno de los políticos más hábiles de su generación. Constituye una extraña mezcla de liberal, socialdemócrata, ambientalista, progresista, díscolo, defensor de las minorías y farandulero, y es difícil prever sus opiniones, porque en su cabeza bullen consignas difícilmente conciliables, pero en verdad nada de eso parece importarle mucho. Es un animal político, en el más estrecho sentido del término; es decir, un animal de poder. Un poco como su propio partido, Girardi no tiene ideología distinta que el poder mismo, y por eso suele hacerle un flaco favor a las causas que defiende.

Es lo más parecido a un gato de siete vidas que podamos encontrar en la comarca, capaz de sobrevivir a todo: accidentes, cartas pagadas por el Fisco, regalo de zapatillas con fines oscuros, quejas por multas, facturas falsas, y así. Si hay algo seguro, es que Girardi ciertamente puede ser llamado progresista en el sentido de que ha ampliado de modo inaudito el ámbito de lo posible. Eso habla de una voluntad férrea, y por eso yerran quienes lo subestiman. Desde los primeros tiempos de nuestra democracia hizo gala de un raro talento para usar a los medios, especialmente la televisión, en la construcción de una imagen política. Siempre supo mejor que nadie que la imagen es todo y, por eso, en el mundo según Guido, lo central es aparecer y ganar segundos. Poco importa si se arrastran ataúdes o se si pronostica la muerte de cien mil personas por la gripe porcina, ésos son el tipo de detalles en los que no vale la pena detenerse.

Un poco por lo mismo, es uno de los políticos chilenos que ha hecho más esfuerzos por simplificar todos nuestros desacuerdos en una disputa de buenos y malos, y por resumir todas las cuestiones complejas en una frase bien golpeadora: la calidad de la deliberación pública no ha ganado en ese trance. Por eso interpela más que argumenta, y prefiere blandir el brazo antes que hacerse preguntas. Simboliza las peores prácticas clientelistas de nuestro sistema político, y no es imposible que en esto seamos bien injustos, porque Guido está muy lejos de ser el único caso.

Todo esto le funcionó a la perfección durante mucho, demasiado, tiempo, pero como todo tiene un límite -por más que le pese-, en algún minuto su estrategia se volvió contra él: la fortuna, decía Maquiavelo, es cambiante y hay que saber leerla. El pecado de Guido fue justamente ser el más talentoso de su generación y no saber frenar en el momento oportuno: la velocidad lo cegó.

Pero como todo tiene un tiempo, finalmente Guido entendió, o al menos eso parece. Matizó, bajó el tono, abandonó su estilo inquisitivo, todo para obtener la preciada testera del Senado. Para ello, tuvo que someterse a las cúpulas concertacionistas que desprecia y lo desprecian, pero qué va, París bien vale una misa. Guido parece confiar en eso que los sociólogos llaman el carisma de la función: la presidencia de la Cámara Alta le haría tomar altura por el solo hecho de estar allí. El riesgo se lo lleva el Senado, porque las cosas bien podrían ser a la inversa. Y aunque es cierto que la sociología no hace milagros, en el mundo según Guido todo puede suceder, incluso aquello que usted cree imposible.

Wikileaks: ¿Transparencia total?

Posted on December 01, 2010 by Daniel Mansuy Huerta

El angelismo es menos inocente de lo que parece: quien quiere hacer el ángel, decía Pascal, termina haciendo la bestia. 

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Dilemas de la libertad de expresión

Posted on October 20, 2010 by Daniel Mansuy Huerta

El arte y el humor merecen un estatuto especial, pues juegan con la ambigüedad de los significados, pero no por eso debemos aceptarlo todo...

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