Un proyecto cuestionable

Posted on December 29, 2010 by Daniel Mansuy Huerta

 "No será punible la interrupción de un embarazo cuando se haya
verificado por un grupo de tres médicos la inviabilidad fetal". Así
reza la segunda parte del proyecto de ley presentado por los senadores
Rossi y Matthei. La propuesta parece tener para sí todo el buen
sentido. ¿Por qué habríamos de obligar a una madre a terminar un
embarazo si sabemos que su hijo es inviable? ¿No corresponde, en esas
circunstancias, darle a ella la libertad de decidir y trazar su destino
según su propia voluntad? Estas preguntas son, desde luego, atendibles
y merecen una discusión seria...

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Siempre estás diciendo que te vas

Posted on November 03, 2010 by Daniel Mansuy Huerta

Es, sin duda, un político de primera clase. Pertenece a esa estirpe
que, lejos de amilanarse por las dificultades, sabe sortearlas ganando
en fuerza y en altura. Posee una rara capacidad (que muchos nos
querríamos) de leer los momentos políticos, y se ha ganado el respeto
de todos, porque cumple con la palabra empeñada y no se queda en
pequeñeces (la DC y Ricardo Lagos pueden dar fe).

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AVC: preguntas preliminares

Posted on June 17, 2010 by Daniel Mansuy Huerta

Con su particular sentido de los tiempos políticos, el senador Andrés Allamand volvió a la carga con el proyecto de acuerdo de vida en común (AVC). Son tantas las pasiones que por lado y lado despierta dicha propuesta que no es fácil llevar la discusión a un plano estrictamente racional. Además, en nuestro país se ha ido consolidando de tal modo el peso de la opinión dominante que las ideas que no se ajustan a los dogmas en boga tienden a ser reducidas al silencio: sin darnos cuenta, nos vamos acercando a eso que Tocqueville llamaba el despotismo suave de la democracia. Así, hay cada vez menos espacio para los matices, y suelen abundar los (des) calificativos allí donde deberían haber argumentos. En ese sentido, ojalá en esta cuestión crucial seamos capaces de dejar las vociferaciones de lado, y entendamos que se puede ser contrario al AVC sin ser un rabioso homofóbico y que se puede ser favorable sin ser un perverso destructor de la familia. Es la condición indispensable para un verdadero diálogo.

En principio, el proyecto busca crear una nueva figura jurídica que permita acoger a unos dos millones de personas que conviven al margen del matrimonio. Todo esto suena muy sensato, pero también presenta interrogantes. Por un lado, ¿se tiene alguna idea de los motivos por los cuales los chilenos son reacios al matrimonio?, ¿hay algún estudio o estadística que respalde la iniciativa del senador Allamand? No es descabellado suponer que en la baja tasa de nupcialidad juegan factores tributarios y de acceso a la vivienda y, en esa hipótesis, el AVC es un perfecto contrasentido. En muchos otros casos, puede pesar simplemente el deseo de llevar una relación al margen de la ley, y allí el AVC tampoco tiene mucho que hacer. De cualquier modo, es claro que deberíamos partir por estudiar seriamente el problema: antes de querer “hacerse cargo de la realidad” debe realizarse un mínimo esfuerzo por conocer esa realidad. De lo contrario, es muy fácil caer en retórica frívola y casi imposible dar con una solución más o menos adecuada.

Por otro lado, más allá de las buenas intenciones, el AVC no es mucho más que una institucionalización de la precariedad familiar. Y uno tiene el derecho a preguntarse si acaso eso es lo que Chile necesita en ese momento. La familia cumple un rol esencial e irreemplazable al interior de toda sociedad, pero para lograr sus objetivos requiere ciertos grados de estabilidad. Si la familia falla, todo el cuerpo social se resiente: es simplemente iluso pensar un segundo que podemos resolver problemas como la educación o la delincuencia, entre tantos otros, si no nos tomamos en serio este desafío.

Por cierto, alguien podría objetarme que todo lo dicho sea posiblemente cierto pero que, en rigor, el AVC no tiene nada que ver con las parejas heterosexuales pues su verdadero objetivo es otorgar a las parejas del mismo sexo un reconocimiento legal. Si la objeción es acertada, entonces la discusión es otra y versa sobre lo siguiente ¿es el derecho de familia el terreno adecuado para otorgar reconocimientos y satisfacer reivindicaciones de derechos? Marx, al analizar este tipo de problemas, anotaba lo siguiente: los liberales siempre se equivocan al mirar la familia desde la óptica del derecho individual, desde la lógica del mercado, pues la familia no es cuestión de derechos y es imposible entenderla desde esa perspectiva. De hecho, se trata justamente de la institución que intenta superar el individualismo, y lo hace en vistas de la procreación y la educación de los ciudadanos del futuro, no en vistas de la protección de derechos de personas, sean éstas heterosexuales u homosexuales.

Estas reflexiones podrán parecer un poco preliminares, y en alguna medida lo son. No obstante, es imprescindible formular este tipo de preguntas si acaso queremos pensar antes de actuar y deliberar antes que imponer, pues este es de aquellos problemas que no admiten ni simplismos ni respuestas unívocas.

Adiós, Michelle

Posted on March 11, 2010 by Daniel Mansuy Huerta

A diferencia de la mayoría de los presidentes de nuestra historia, Michelle Bachelet alcanzó el poder sin buscarlo. La paradoja es que, una vez que lo encontró, optó por no usarlo: tal podría ser una de las conclusiones de su gobierno. Y en efecto, Bachelet llegó a la Moneda contra la voluntad de los jerarcas, pero elevada por esa especie de oráculo contemporáneo que son las encuestas, y hoy sale de Palacio elevada por el mismo oráculo. Sin embargo, su gobierno tuvo muchos más problemas que aciertos y muchas más dificultades que momentos de brillo.

Se han ensayado muchas explicaciones para intentar explicar esta paradoja, y seguramente varias de ellas tienen algo de razón. Una cosa, en todo caso, parece indiscutible: Bachelet siempre se movió en una zona alejada del liderazgo propiamente político, prefiriendo quedarse en la zona de la simpatía y del cariño personal. Así, nunca dejó de manifestar cierta calidez humana que conectó bien con los chilenos, pero siempre vaciló a la hora de arriesgar capital político en decisiones difíciles. Quizás la única excepción haya sido su irrestricto apoyo al ministro de Hacienda, pero hasta eso le terminó reditando. Bachelet, desde el inicio de su mandato, blindó su imagen rodeándose de un grupo de asesores cuyo único objetivo era mantenerla en el limbo político: rara vez aceptó preguntas directas de los periodistas, no intervino en conflictos complicados, e incluso intentó invalidar a priori toda crítica haciendo suya esa delirante tesis del femicidio político. En buena medida, lo logró: salvo Carlos Larraín, son muy pocos quienes se atreven a criticar con dureza a la presidenta y, de hecho, durante la campaña presidencial, Piñera y Marco Enríquez intentaron apropiarse de parte de su legado. Los beneficios de una situación así son innegables, pues siempre es cómodo no recibir ataques. Pero la verdad es que también tiene costos: Bachelet eligió no ocupar su popularidad, prefiriendo conservarla a gastarla, cuidarla a ponerla en riesgo. Esa opción, quizás útil y recomendable para animadores de televisión, resulta contraproducente en política, pues implica dejar de ser un actor relevante del escenario. En algún momento, Michelle Bachelet decidió parecerse más a don Francisco que a un político, y aunque eso pueda parecer simpático desde alguna perspectiva, es fatal desde el punto de vista de la acción política. Eso explica que Bachelet no haya siquiera intentado cumplir con algunas de sus promesas emblemáticas, como la supresión del binominal o las reformas laborales. También explica por qué la supuesta jefa de la Concertación tomó palco mientras ésta se caía a pedazos. Asimismo, permite comprender por qué tiene que entregarle hoy la banda a un opositor, al mismo tiempo que mantiene índices de popularidad más bien raros en una democracia occidental.

En el fondo, Michelle Bachelet construyó una imagen, una marca y una idea que tiene poco que ver con la política. Por cierto, sus defensores podrán decir que ella está reinventando el mundo, o que feminizó el poder: todo eso suena muy bien, pero sabemos que descansa en una ilusión sin asidero en la realidad. Y si alguien tenía dudas, el terremoto las aclaró: con su tardanza en tomar decisiones clave, Bachelet mostró cuán obsesionada está con su propia imagen: aún en caso de catástrofe, son las frías consideraciones políticas las que priman. Si ése era el nuevo estilo y la nueva política, yo prefiero volver a la antigua pues, esta vez, muchos chilenos anónimos pagaron la cuenta. Pero el terremoto también mostró cuán vacío puede llegar a ser el discurso estatista cuando no está respaldado por una verdadera voluntad de hacer las cosas bien. El lamentable rol jugado por la Onemi deja en evidencia que el Estado chileno hace agua por muchos lados, y que no basta con la buena voluntad. Del mismo modo, quedó claro que en los últimos años se instaló una concepción muy débil de la responsabilidad política, y en este tema la actitud asumida por la presidenta, desde el caso Provoste hacia adelante, tiene mucho de discutible.

Ahora bien, la pregunta es: ¿podrá Michelle Bachelet regresar a la Moneda en cuatro años más? Es difícil aventurar una respuesta definitiva, pero lo primero que uno podría preguntarse es: ¿para qué?, ¿qué sentido tendría su regreso? Si Michelle Bachelet quisiera volver, debería responder ésas, y otras, preguntas. Además, debería mostrar que es capaz de ejercer un liderazgo político efectivo al interior de ese caos llamado Concertación. También debería encarnar una claridad programática de futuro, pues ya sabemos que la mera referencia al pasado no basta para ganar elecciones. Pero, sobre todo, debería entender que el capital político no sirve de absolutamente nada guardado bajo el colchón: hay que estar dispuesto a invertirlo y a correr riesgos. Sin embargo, no hay demasiadas razones para suponer que en los próximos cuatros años Michelle Bachelet vaya a encarnar todo aquello a lo que obstinadamente se resistió en los últimos cuatro. Adiós, Michelle.

¿Museo de la memoria instrumental?

Posted on January 11, 2010 by Daniel Mansuy Huerta


El Museo de la Memoria intenta rescatar la memoria de las violaciones a los derechos humanos perpetradas durante el régimen militar. La intención es, de por sí, digna de encomio: vivimos en un país al que le cuesta mirar y pensar su pasado, y tenemos escasa noción de la importancia del patrimonio si no tiene directa relación con rentabilidad financiera. A ratos parece que, ebrios del afán de progreso, queremos avanzar como ciegos sin detenernos un instante en el camino recorrido. Pero no es más que una peligrosa ilusión: es imposible construir seriamente un país sin conciencia de nuestro pasado. Hay pocas cosas tan frívolas como pretender que podemos avanzar sin mirar reflexivamente hacia atrás.

Sin embargo, la iniciativa no ha estado libre de polémica: el gobierno decidió que el museo estuviera consagrado exclusivamente a los crímenes cometidos entre el 11 de septiembre de 1973 y el 11 de marzo de 1990. Aunque es cierto que la medida es discutible por varios motivos, no deja de ser coherente con cierta actitud que Michelle Bachelet ha mantenido durante su gestión. Cuando viajó a Cuba se apuró en acudir a reunirse con Fidel Castro, al mismo tiempo que se negaba a realizar gesto alguno a la disidencia cubana. Quizás sea muy descaminado esperar algo más de cierta izquierda que exige de la derecha, con buenas razones, gestos decidores sobre el asunto, pero que es ella misma incapaz de asumir sus propias responsabilidades. Es políticamente incorrecto recordarlo, pero no por eso es menos cierto: la violencia como método de acción política no fue inventada en septiembre de 1973. Da la impresión que muchos aún no han leído El hombre rebelde, de Albert Camus, pero quizás sería mucho pedir.

Con todo, hay algo complejo en la decisión gubernamental que va por un lado ligeramente distinto. Al seccionar la historia de modo tan tosco, las autoridades no sólo pecan contra la más elemental sutileza. Ni eso quizás sería tan grave, si no fuera porque, al mismo tiempo, permiten que se ciernan sobre la iniciativa sospechas y dudas que pueden resultar fatales para el propósito central que se persigue, si hemos de creer a las declaraciones explícitas. Porque si las violaciones a los derechos humanos son un tema de tanta importancia y gravedad -y lo son-, no pueden entonces quedar reducidas a una cuestión de trincheras y de blanco y negro, sobre todo pasados ya tantos años. El esfuerzo tendría que ir más bien por el lado de hacer de la memoria colectiva algo verdaderamente común y compartida por todos, en la que los chilenos pudiéramos reconocernos más allá de nuestras historias personales o de nuestras legítimas visiones sobre la historia del país. Y eso pasa necesariamente por una condición inviolable: sustraer el tema de las reivindicaciones políticas para hacerlo entrar en algo más digno, en algo más sagrado: algo que no se usa ni debe usarse. Como decía Charles Péguy a propósito del caso Dreyfus: no se puede mezclar de ese modo lo místico con lo político. En la actual configuración, el Museo corre el riesgo de perder buena parte de su legitimidad, pues no es capaz de tomar distancia de las divisiones que tanto daño le causaron a nuestro país.

Explicar no es aprobar ni justificar: es simplemente ser capaces de mirar, al mismo tiempo, con los dos ojos. Es dejar atrás, de una buena vez, esa ilusión óptica tan propia del siglo pasado. Me temo que insistir en lo contrario es banalizar una memoria que, definitivamente, merece mucho más.

El futuro de Marco

Posted on December 21, 2009 by Daniel Mansuy Huerta

La noche de la elección presidencial, Marco Enríquez se negó a dar su apoyo a una de las dos candidaturas que pasaron a la segunda vuelta. En verdad, no tenía mucha opción: su electorado no habría comprendido otra decisión. Después de haber criticado durante meses, a veces hasta el exceso, las lógicas cupulares que dominan nuestra política, Marco no podía aparecer intentando endosar su apoyo a tal o cual candidato.

Es cierto que la votación de Marco estuvo lejos de las expectativas de su círculo cercano, que apostaba a estar cerca de Frei, pero es innegable que su votación fue enorme: en Chile no es habitual que un candidato que corre sin el apoyo de los grandes conglomerados saque más de siete u ocho puntos. Marco se empinó sobre los 20 y, aunque fue víctima de cierto exitismo, son números que dan para pensar en grande. La duda es qué camino seguir para capitalizar ese apoyo.

No obstante, la pregunta es equívoca, porque supone que sus votantes tienen mucho en común. Incluso si Marco llega a dar una consigna de voto para el balotaje, es difícil que sus votantes le obedezcan: se trata de votos más bien rebeldes a la lógica de los rebaños. El voto de Marco es de desencanto con el viejo estilo, busca dar un mensaje de renovación. Marco fue la personalidad carismática que mejor captó ese nicho. Bastó para convencer a un quinto del electorado -¡incluido Hermógenes!-, pero es completamente insuficiente para construir una fuerza política con alguna coherencia. La bandera de la renovación es inútil si no va acompañada de convicciones fundamentales y de una orientación doctrinaria más o menos clara. Marco no la tiene, o no la ha querido hacer explícita.

Max Marambio ha dicho que el domicilio de Marco es la izquierda progresista y que desde ahí debe construir un referente. Puede que tenga razón, pero recordemos que en algún momento el PPD tuvo las mismas intenciones, y ya sabemos cómo terminó: falto de ideas centrales, se ha convertido en una mera máquina repartidora de cuotas de poder. Otros abogan porque lidere un referente liberal-progresista más hacia el centro. No es mala idea, pero es difícil que Marco esté dispuesto a alejarse tanto de la izquierda. Convengamos, además, que por estos días los conceptos de "liberal" y "progresista" tienen mucho éxito mediático, pero escaso contenido.

Se dice que a Marco le conviene un triunfo de Piñera, pues podría proyectarse como líder de la oposición. Y si bien es obvio que una Concertación victoriosa le dejaría muy poco espacio, tampoco es muy claro cómo podría ser líder opositor sin soporte parlamentario ni partidario. Marco corre el riesgo de transformarse en un francotirador marginado de las lógicas políticas. El podría objetar que no le interesa integrarse a esas lógicas, pero sería pecar de infantilismo, pues olvida que la política se nutre de compromisos en los que todos deben estar dispuestos a ceder.

Por lo pronto, los principales aliados de Marco Enríquez siguen siendo los jerarcas de la Concertación, que no parecen haber escuchado ningún mensaje y mantienen un discurso añejo y binario, con una tozudez digna de análisis. Al hacerlo, no sólo le dan espacio a Piñera para obtener un triunfo holgado, también confirman las duras críticas de Marco. No obstante, éste debe ser consciente de que eso no basta, y si quiere ser un político que aspire a algo más que al 20% de los votos, tiene que entrar a definiciones más sustantivas, aun a costa de perder apoyos: nadie puede vivir mucho tiempo en el limbo. Ni siquiera él.

Ecos de 1952 en las presidenciales

Posted on November 16, 2009 by Daniel Mansuy Huerta


Pocas elecciones pasadas son tan ilustrativas para entender el momento que vivimos como las del año 1952.

Ese año, los radicales cumplían tres períodos consecutivos en el poder. Aunque sus gobiernos habían ido de más a menos, pensaban poder asegurar un cuarto período gracias a un bien aceitado sistema de favores y, para lograrlo, nominaron a Pedro Alfonso. Por su parte, la derecha esperaba aprovechar el desgaste de los radicales, y llevó como abanderado al liberal Arturo Matte. Carlos Ibáñez del Campo se presentó sin el apoyo de ninguno de los grandes partidos, pero logró reunir a gente proveniente de distintos horizontes. El cuarto candidato fue Salvador Allende.

La historia es conocida: Ibáñez triunfó, y su campaña de la escoba simboliza en nuestra memoria colectiva el hastío con la corrupción y la clase política. Sin embargo, su gobierno fue un fiasco, pues la coalición que lo apoyaba se disgregó al poco andar: quienes lo habían apoyado no tenían nada en común más que la vaga referencia a una personalidad carismática.

Aunque las diferencias entre ambos escenarios son evidentes, los paralelos también saltan a la vista.
La cuestión más importante quizás sea que todo indica que, como los radicales, la Concertación ha cumplido su ciclo y está llegando a su fin. La candidatura de Marco Enríquez-Ominami tiene muchos defectos, pero un gran mérito: ha mostrado en toda su crudeza el estado de descomposición orgánica del oficialismo. Los insultos a los que tuvo derecho Gabriel Valdés al decir que el candidato opositor podría ser un buen Presidente sólo han servido para mostrar que la coalición parece haber agotado sus propuestas. Sus cúpulas hace tiempo perdieron el contacto con la realidad, y hoy se dedican a manejar redes de clientelismo más o menos eficaces.

Además, como decían los griegos, los dioses ciegan a quienes quieren perder, y la Concertación ha cometido demasiados errores no forzados. Ha sido incapaz de entender que el liderazgo de Michelle Bachelet es cualquier cosa, menos político y que, por tanto, es muy difícil que su popularidad se traspase al candidato.

El único efecto de tanto ministro en la calle es desnudar una verdad incómoda: Frei es un abanderado débil que, como Alfonso, lleva una mochila demasiado pesada que le hará muy difícil aspirar seriamente al triunfo. Como parece sugerirlo la encuesta CEP, la dolorosa paradoja es que la Concertación podría tener más que ganar votando por Marco que por Frei en primera vuelta.

Por cierto, la pregunta abierta es quién se beneficiará de esta situación. Sebastián Piñera, como Matte, supone que el desgaste de sus adversarios le basta para ganar. Aunque sus posibilidades son serias, su libreto excesivamente conservador y los flancos abiertos por su trayectoria lo dejan muy expuesto. Tampoco vio venir a Marco: durante semanas, cultivó con él una complicidad que le puede terminar costando cara.

La ecuación de Enríquez-Ominami no es más fácil, si acaso quiere ser el nuevo Ibáñez: aunque va en alza, la distancia con Frei es aún muy grande y la tarea de remontarla empieza a tener dimensiones más épicas que políticas. Aunque talento no le falta, hasta ahora no ha sido capaz de construir un discurso medianamente coherente, y aún son muchas las dudas sobre sus verdaderas convicciones y sus equipos de trabajo.

Con la campaña en tierra derecha, lo único claro es que los candidatos harían bien en arriesgar un poco más en los días que quedan, pues la historia aún puede guardar vuelcos inesperados de aquí al 13 de diciembre.

 

 

Las contradicciones de Marco

Posted on October 27, 2009 by Daniel Mansuy Huerta


Habla rápido, muy rápido. Cuesta seguirlo y entenderlo. Modula poco y nada. Si acaso su horrible dicción es signo de que piensa mucho más rápido de lo que habla, quizás no sea tan malo: en política abunda más bien lo contrario. Pero puede también que sea síntoma de poca claridad mental: ¿sabe Marco lo que quiere decir? Con demasiada frecuencia vacila, duda, parece confundido, indeciso. Quizás sea simplemente porque entiende mejor que otros que los problemas de Chile son complejos y no merecen respuestas unívocas y simplistas. Pero quizás sea porque carece de ideas, de ejes centrales.

No le tiene miedo al error y, de hecho, se equivoca bastante. Así es Marco, un poco irreflexivo, precipitado. Da la sensación que nunca se reposa, que no se sienta a reflexionar, que no se toma el tiempo, que está siempre apurado. Adora seguir sus intuiciones, le gusta sorprender, atacar por donde nadie lo espera. Le encanta ser impredecible. Suele eludir las preguntas más difíciles con anécdotas. Le encanta ser heterodoxo, pero rara vez cuestiona sus propios dogmas.

Piensa rápido, responde rápido. Es resuelto, inteligente y despierto. Irreverente, audaz y temerario. Quizás su gran mérito sea el haberse atrevido a desafiar a las cúpulas autocráticas de la Concertación: a Escalona le faltarán años para arrepentirse de no haber incluido a Marquito en las primarias. Por lo pronto, está autorizado a transpirar helado. Las generaciones jóvenes de la UDI y del PDC deben mirarlo con mezcla de envidia y asombro: ¿cómo no se nos ocurrió a nosotros?

Es simpático y buen conversador. Tiene carisma y es -por lejos- el único candidato que ha comprendido algo del nuevo Chile, aunque sus recetas no necesariamente son las correctas. Posee una ventaja que puede resultar crucial: conoce a los medios, sabe cómo funcionan y cómo utilizarlos. Cree que el lenguaje crea realidad, pero no sabemos si cree en la realidad que existe fuera de los medios y del lenguaje: ¿le importa de verdad lo que no aparece en televisión? Con Marco las dudas se multiplican porque no lo conocemos. O lo conocemos poco. Además, de un tiempo a esta parte se esconde, se cubre, no se deja ver. Incluso, se molesta cuando le recuerdan algunos de las declaraciones de su época de enfant terrible, lo que es un poco hipócrita: ¿no quería desterrar las malas prácticas?

Nadie sabe muy bien cuáles son sus ideas centrales, ni si acaso las tiene. A veces pareciera que él mismo se anda buscando, sin encontrarse mucho. Su entorno es una legítima ensalada: podemos encontrar castristas, chavistas, economistas liberales, sociólogos lúcidos, uno que otro independiente en red en busca de destino político y un diputado que hasta hace poco decía encarnar el humanismo cristiano. Sólo un mago podría elaborar un proyecto creíble a partir de elementos tan disímiles. Y en efecto, lo único que tienen en común sus seguidores es el desencanto con las otras coaliciones. Quizás sirva para ganar una elección, pero no alcanza para hacer política en serio.

Por más que le pese, Marco ha cambiado. Ha ido acomodando su discurso, ha ido atenuando su radicalidad. Si antes era agresivo, hoy es prudente; si ayer sus respuestas eran extremas, hoy busca ser conciliador; si ayer lo criticaba todo, hoy busca caer bien. Para explicarlo en su propia terminología dialéctica: si ayer decía querer agudizar todos los conflictos de la sociedad chilena -marxismo puro y duro-, hoy busca elaborar una síntesis: difícil tarea. Marco se aburguesó, en parte porque todo candidato se aburguesa, pero quizás también en parte porque ha madurado. El problema es que se empieza a parecer demasiado a los que tanto critica: el candidato Marco no puede evitar hablar con eufemismos y frases hechas.

Lo paradójico es que dice querer renovar. Su llamado parece ser: abran paso a las nuevas generaciones, a la juventud. Fuera los viejos, las prácticas añejas y las malas costumbres. Abramos las ventanas. En buena medida, lo ha logrado: ¿se imaginan la campaña tediosa que hubiéramos tenido sin Marco en la cancha? Pero tampoco hay que tener tan mala memoria: a fin de cuentas Marco es diputado porque se benefició de las peores prácticas del sistema político chileno, nepotismo y clientelismo incluidos. Quiéralo o no, Marco es fruto del sistema que dice aborrecer.

Es cierto que ha crecido mucho en las encuestas. Pero quizás no sea descaminado anotar que sus contendores no lo han exigido mucho. No es tan difícil lucir cuando los oponentes se esfuerzan por aburrir. Mientras uno se cuelga del arco esperando el pitazo final, al otro le falta poco para llamar a los bomberos a integrarse a su nutrido e inútil comando. Le han regalado a Marco todo el espacio para convertirse en amenaza peligrosa. Como para preguntarse de qué sirve tener tantos analistas, estrategas y encuestólogos trabajando en las campañas.

Con todo, hasta ahora Marco es un espejismo. Sabemos muy poco de él, de lo que quiere hacer. No tiene equipos de verdad, no tiene proyecto ni dice cosas muy sustantivas. Sus ideas son demasiado vagas y generales como para constituir un verdadero programa, y su pura personalidad -carismática y todo- no basta. No ha sido capaz de concebir un discurso elaborado que vaya más allá de la crítica a ciertas prácticas o de un progresismo que nadie sabe muy bien qué significa. Habla mucho de participación, pero ya sabemos qué destino tuvo esa idea con Michelle Bachelet: Marco es demasiado inteligente como para creer que se puede gobernar con pura participación. Quizás le falte comprender que no basta con ser un fenómeno mediático, pues la pregunta que los chilenos se van a hacer es si acaso Marco es capaz de tomarse más en serio a sí mismo, de asumir un liderazgo distinto, menos infantil. Porque hasta ahora sigue siendo una apuesta muy arriesgada que nadie sabe muy bien cómo va a terminar. Y no es muy seguro que el país esté dispuesto a asumir ese riesgo.

Ionesco, Allamand, Chadwick

Posted on October 14, 2009 by Daniel Mansuy Huerta


En su extraordinario libro La democracia en América, Alexis de Tocqueville observaba un paradójico fenómeno propio de la democracia moderna, el despotismo suave. Con esta expresión, advertía sobre lo siguiente: aunque en principio el mundo moderno debería ser el lugar donde abundara la diversidad y el pluralismo en el modo de pensar, con frecuencia termina ocurriendo todo lo contrario. Ciertamente, no hay una policía orwelliana del pensamiento, pero el resultado no es muy distinto: todos piensan de modo parecido, las opiniones tienden a la uniformidad. Aunque Tocqueville era liberal, no podía dejar de temer y temblar pues veía que, en democracia, las personas no se atreven a pensar contra la corriente, contra el peso de la masa. Lo que llamamos "opinión pública" adquiere un poder infinitamente grande. El análisis de Tocqueville es admirable por donde se le mire, y cabe preguntarse qué habría dicho de haber conocido esos demiurgos contemporáneos que son las encuestas y la televisión, que se han encargado de acentuar la tendencia hasta el paroxismo.

Comienzo así estas líneas, aludiendo al gran Tocqueville, porque en el Chile de hoy tampoco es fácil desafiar a la opinión común sin ser tachado, a priori, de intransigente y de intolerante. De este modo, los apóstoles de la tolerancia rechazan, sin darse el trabajo de argumentar, cualquier opinión que no sea la de ellos. Pues bien, advierto entonces que me dispongo a criticar la propuesta de los senadores Allamand y Chadwick.

La proposición consiste en regular las uniones de hecho, con una nueva figura jurídica a la que llaman “Acuerdo de vida en común” (AVC). Una de las razones que ofrecen para tal innovación es que habría demasiados chilenos que se encuentran en una situación de cierto vacío jurídico: se habla de dos millones de personas. Aunque el número es discutible, se trata de una realidad que nadie en su sano juicio podría negar. En virtud de lo mismo, dicen, la cuestión debe tener une regulación jurídica, sobre todo en lo que respecta a cuestiones patrimoniales. Este pacto estaría abierto para personas del mismo sexo que deseen contraerlo.

La propuesta tiene para ella toda la apariencia del buen sentido y de la moderación. Además, proviniendo de dos influyentes senadores de oposición, no sería raro que la cuestión prosperara en un plazo no demasiado largo. Sin embargo, tras ella se oculta una concepción de la sociedad que, al menos, merece ser discutida con seriedad, dejando de lado los eslóganes y los progresismos de cartón.

El problema tiene múltiples dimensiones, y es naturalmente imposible abordarlas todas en estas líneas. Pero no es imposible que la cuestión de fondo vaya por acá: más allá de lo que nuestros políticos quieran hacernos creer, el problema más urgente que enfrenta Chile es el de la desintegración de la familia. No ahondaremos aquí en los detalles de dicha desintegración, pues son evidentes para quien quiera tomarse la molestia de observar la realidad. Pero es claro que, si queremos mirar las cosas de frente en lugar de conformarnos con aspirinas, algún día tendremos que tomar conciencia y hacernos cargo de este problema central. Las dificultades muchas veces dramáticas que enfrenta nuestro país encuentran su origen remoto, y a veces no tan remoto, en la falta de familias, en la ausencia de vínculos familiares suficientemente sólidos. No solucionaremos ni la pobreza ni la pésima calidad de la educación ni la delincuencia mientras no nos tomemos esta cuestión en serio. Es un problema que no podemos eludir si queremos avanzar de verdad. La familia chilena ha volado en mil pedazos, y eso tiene, inevitablemente, efectos perversos en todas las áreas de la vida social. Las razones de esta crisis son múltiples y diversas, pero es innegable que algunas políticas públicas aplicadas por la Concertación no han ido, precisamente, en la dirección correcta. Y los resultados están a la vista para quien quiera verlos. Dicho de otro modo: es imposible siquiera soñar con resolver estos problemas sin el apoyo de una base social sólida: el Estado no lo puede todo solo, necesita del concurso de las familias.

Intuyo que el lector atento estará esperando que diga entonces qué diablos es la familia. Lamento decepcionarlo: esta vez no me aventuraré en tales honduras. Es obvio que se trata de una cuestión demasiado compleja como para resolverla a la ligera en unas pocas palabras, y es difícil dar una respuesta unívoca. Baste señalar que todos conocemos realidades que distan mucho de la familia tradicional, y nadie pretende negarles a éstas ni su valor ni su rol social. No habremos avanzado nada si convertimos el problema en una cuestión semántica, ni tampoco si oponemos algunos tipos de familia a otros.

Pero hay una característica que, me parece, es propia de toda familia: el afecto sin exigencias, el amor incondicional. En un mundo en el que las coordenadas son cada día más difusas, en el que todas las realidades humanas tienden a mercantilizarse, en el que todo cambia a una velocidad inaudita y en el que las personas tenemos dificultades para hallar ejes más o menos seguros, la familia da eso que nadie más da: afecto incondicional. Es, por excelencia, el espacio en el que las personas valen por lo que son y no por lo que tienen, es el lugar donde cada uno puede ser como es sin temores, pues allí el afecto se entrega y se recibe sin exigencias ni compensaciones de ninguna especie.

Este afecto incondicional no surge de modo espontáneo, sino que requiere un contexto. Para darse y desarrollarse, necesita determinadas condiciones. Supone un espacio en el que las cosas permanecen de una determinada manera en el tiempo: la familia supone estabilidad. Sin estabilidad, es difícil que las familias puedan florecer y desplegarse; sin estabilidad es improbable que las diversas realidades familiares que hay en Chile puedan encontrar el espacio que les es propio, y que les debemos.

La pregunta entonces cae de cajón: ¿el proyecto presentado por los senadores opositores va en la dirección correcta?, ¿tiende o no a fortalecer a ese núcleo fundamental que es la familia? Sin duda alguna, la propuesta sabe respirar muy bien el aire de los tiempos, pero, ¿es realmente lo que necesita Chile hoy?, ¿contribuye a enfrentar los problemas que tenemos? Lamentablemente, a la luz de lo visto, la respuesta es bastante clara: la propuesta no sólo no soluciona nada, sino que agrava la situación actual. Lo que este proyecto hace, quiéralo o no, es institucionalizar la precariedad familiar, es darle valor legal a la inestabilidad. De hecho, es tan delirante que en uno de sus puntos establece las obligaciones que adquieren las partes al momento de contraer el pacto, para luego decirnos que el acuerdo puede terminarse con la mera manifestación de voluntad de una de las partes. Es decir, una obligación que no obliga: si querían sorprendernos, lo lograron.

Resumiendo: son las familias las que necesitan un apoyo urgente y decidido. Son las familias las que requieren que las políticas públicas asuman que las soluciones pasan por fortalecerlas, no por debilitarlas. El camino de restarle importancia al matrimonio —porque ése es uno de los efectos de la propuesta— es equivocado pues va terminar afectando ese dato esencial que es la estabilidad. Por lo mismo, Piñera se equivoca al pretender que ambas cosas son compatibles. Es normal que como candidato quiera quedar bien con todos, pero no se puede todo en la vida: o bien usted toma el camino de fortalecer a la familia y el matrimonio jugándosela por la estabilidad y poniendo los incentivos en esa dirección; o bien usted explora vías alternativas como lo han hecho los senadores Allamand y Chadwick. En ese sentido, uno esperaría de parte del candidato opositor un pronunciamiento más claro.

Al tratar los problemas relativos al derecho de familia, Marx anotaba que, en las sociedades liberales, las personas siempre buscan el modo de evitar los compromisos y las obligaciones. Miran las cosas, dice, desde un punto de vista hedonista, sin fijarse en los efectos que sus acciones puedan tener en terceros. Marx pensaba sobre todo en los hijos: ¿cómo es posible, se preguntaba, que el derecho de familia se piense siempre en torno a los derechos individuales y nunca en torno al bien de los hijos? A veces, pareciera que la crítica de Marx no ha perdido nada de validez: seguimos discutiendo estos problemas siempre desde las lógicas liberales, desde las lógicas individualistas. Formulamos las preguntas equivocadas. Ponemos el acento en el derecho individual, pero olvidamos que ninguna sociedad medianamente próspera se ha construido a partir de puras libertades individuales. Y la izquierda, al subirse al tren, tampoco se da cuenta que asume al mismo tiempo todos los presupuestos de la economía liberal que tanto aborrece: pero sería tema para otra columna.

Última observación: cabe la posibilidad que los senadores Allamand y Chadwick hayan actuado por puro afán de “ser lo suficientemente progresistas”. Si es así, no sólo están equivocados, sino que además son muy ingenuos —por usar una palabra suave. Carecen además del más mínimo tacto político (lo que no es sorpresa en Andrés Allamand): en estos temas, la izquierda siempre será más progresista que la derecha. Pero es quizás sólo una muestra más de que la derecha, como tal, está desapareciendo en Chile: de un tiempo a esta parte, parece tener como único objetivo hacerse de las banderas del adversario. Sin embargo, no las encuentra ni las encontrará  nunca pues siempre, siempre, estarán un poco más allá. Más propio del teatro del absurdo que de la política chilena.

El falso dilema del Estado

Posted on October 01, 2009 by Daniel Mansuy Huerta

La respuesta del candidato oficialista frente a casi todos los problemas que enfrenta Chile es casi siempre la misma: más Estado. Es la consigna que repite Frei sin ningún temor a parecer majadero o repetitivo. En cualquier caso, no está solo: el gobierno no parece pensar de manera muy distinta. Su última idea es tratar de convencernos que la creación de un ministerio solucionará el problema en la Araucanía, así como ayer había pensado que Arica necesitaba un intendente designado en Santiago o que el transporte público de la capital requería planificación soviética. El mismo Sebastián Piñera se ha subido al mismo tren asumiendo el lenguaje de la Concertación, sin darse cuenta que jugar en la cancha del adversario lo terminará perjudicando.

No tengo nada en principio contra la actividad estatal. De hecho, ni el más libertario querría vivir en un mundo sin Estado. Pero me parece que, tal como se ha dado hasta ahora, la cuestión está planteada de un modo equívoco. No nos engañemos ni nos dejemos engañar: el remedio a todos nuestros males no vendrá del Estado. Tampoco del mercado, y en eso los apóstoles del liberalismo también yerran. En efecto, si alguna lección ha dejado la crisis es que el mercado es incapaz de contenerse por sí mismo: fuera de control, puede dar resultados tan delirantes como las novelas de Orwell. Pero la salida a esos delirios no pasa por el tamaño del Estado, y las elecciones europeas han demostrado el grado de perplejidad y desorientación de los partidos social demócratas, que no logran encontrar una respuesta a una situación que -en el papel- les era favorable.

El dilema entre Estado y mercado es falaz porque los problemas no se presentan de ese modo en la realidad. Los problemas de los chilenos no pasan por el tamaño del aparato público, como tampoco pasan siempre por darle más espacio al mercado. Dicho de otro modo, hay demasiados que aún piensan que los problemas sociales son, ante todo, problemas de estructuras y de sistemas. Creen que cambiando la estructura cambia también instantáneamente la realidad según sus deseos. Con ese razonamiento, unos nos quieren hacer creer que los indígenas llevarán una vida más digna porque un texto constitucional lo afirma, y otros que toda solución pasa por darle plena libertad a los agentes económicos.

No pretendo negar la importancia de las instituciones adecuadas en una sociedad sana. No negaré tampoco que la acción política debe guiarse por principios, en ausencia de los cuales la política queda reducida a un pobre tecnocratismo vacío de sentido. Pero todo esta discusión no tiene ningún valor si se pierde de vista aquello que Grossmann llamaba la modesta particularidad de cada vida humana. Lo importante es mejorar la calidad de vida de las personas, y para tomarse ese desafío en serio es urgente salir de las respuestas pavlovianas, sean pro-mercado o pro-estado. No es educación pública ni privada la que esperan los chilenos: es educación de calidad. Por otro lado, más que perder el tiempo discutiendo sobre el tamaño del Estado, deberíamos estarlo discutiendo sobre su calidad. El Estado chileno tiene demasiadas dificultades como para darnos el lujo de no concentrarnos en mejorar sus debilidades. La discusión abstracta sobre el Estado es muy cómoda para los políticos, porque esconde la otra discusión, la realmente urgente: los problemas reales que aquejan a millones de chilenos. Y esa pregunta se pierde en la discusión ideológica, pues cada problema requiere una mirada singular libre de consignas vacías.

Un suceso reciente puede servir para ilustrar lo que intento decir: hace pocos días el Consejo de Rectores decidió que el proceso de postulación a las universidades tendrá lugar entre el 23 y el 25 de diciembre. Las universidades que parecen haber pesado en esta decisión pertenecen al Estado. Y lo decidieron así, paradoja de paradojas, por razones de mercado. Sin consideraciones de ninguna especie, pretenden estropear la Navidad de decenas de miles de familias chilenas. Por cierto el PIB no se verá afectado con esta decisión, pero, ¿es esa la manera de construir una sociedad respetuosa de los ritmos y de las lógicas familiares?, ¿un grupo de burócratas puede decidir arruinarle la Navidad a buena parte de los chilenos sin tener que rendir cuentas a nadie? Sally Bendersky, jefa de la división de educación superior del Mineduc, nos regaló esta frase digna de antología: "Lo que nosotros pudimos observar es que las consideraciones que se tomaron tienen que ver con (generar) una competencia entre las universidades". ¡Qué ejemplo de alianza público-privada, qué modelo de asociación entre el mercado y el sector público! Poco importa que la vida familiar de muchos chilenos se vea afectada: la sacrosanta competencia ha sido protegida por el Estado. Entretanto, los candidatos optaron por no decir nada. Quizás sugiriendo con su silencio lo que intuíamos, que prefieren ocuparse de sus dilemas falaces antes que de nuestros problemas.

El problema de Piñera

Posted on September 24, 2009 by Daniel Mansuy Huerta

El debate presidencial dejó noticias buenas para algunos y malas para otros. Arrate mostró humor y aplomo, pero con un discurso un tanto desconectado de la realidad: gana en calidez lo que pierde en credibilidad. Marco Enríquez fue quizás el más incisivo, pero no está claro que haya ganado la estatura necesaria como para entrar en la pelea de la segunda vuelta. Frei no dijo nada muy sustantivo, pero fue el que mejor comprendió la lección de Mitterrand: los debates se juegan en los pequeños detalles propios del misterioso choque de egos y personalidades que se produce en el set de televisión. Por lo mismo, su intervención recordando el eventual uso de información privilegiada por parte del candidato opositor marcó la emisión y quedará en la memoria colectiva como el minuto en el que le asestó un duro golpe a su contrincante. Piñera trató de defenderse como pudo —ni el formato ni el sorteo lo favorecieron— pero la verdad es que no lo hizo bien, o al menos no dio la sensación de saber manejar una situación que era cualquier cosa menos imprevisible.

Porque la verdad es que la acusación de Frei puede ser desleal y de mala fe, pero estaba cantada, y lo raro hubiera sido que Frei hubiera guardado silencio. Lo realmente sorprendente es lo descolocado que se vio a Piñera y a su gente, incapaces de elaborar respuestas que vayan más allá de la pelea de barrio. La extrañeza sólo crece si consideramos que, hace no tanto tiempo, sucedió algo parecido con el caso Banco de Talca, donde el comando opositor mostró todo menos una réplica convincente y elaborada.

Porque en efecto uno de los grandes defectos del candidato Piñera es la vulnerabilidad de su trayectoria: se paseó durante demasiados años en una zona gris entre política y negocios. No tengo la menor idea de si acaso sacó provecho o no de esa situación, pero es innegable que se trata de un flanco abierto que sus adversarios no se cansarán de atacar. Quejarse es infantil y enojarse es querer tapar el sol con un dedo: Piñera no puede pretender cosechar los réditos de venir del mundo de los emprendedores y, al mismo tiempo, negarse a pagar el costo de dar las explicaciones de su paso por el mundo privado. Eso se llama doble estándar aquí y en la quebrada del ají.

Un solo ejemplo: hace algunas semanas, Piñera dio una entrevista en Radio Duna. En esa ocasión, uno de los periodistas le preguntó por la aparente contradicción entre su discurso de “20 años dedicados al servicio público” y su activa participación en operaciones bursátiles en los años `90 (en 1994, por ejemplo, adquirió una parte significativa de Lan siendo senador). La pregunta era simple y clara, además de esperable. Pero Piñera se deshizo en excusas dignas de un escolar, intentando dar explicaciones  completamente inverosímiles. Luego de insinuar que compró Lan sin saberlo, optó por acusar a los periodistas de poco profesionalismo y de mala fe, en la vieja táctica chilena de echarle la culpa al empedrado. Sin embargo, y hasta nuevo aviso, radio Duna no está controlada precisamente por secciones trotskistas y los periodistas se limitaron a formular las preguntas correctas.

En ese sentido, su problema es que ha sido incapaz de concebir un relato creíble de su propia figura y de su propia historia política y profesional. Esa es su principal debilidad, y por eso es que le cuesta tanto transmitir un mensaje coherente, y termina adoptando el lenguaje de sus adversarios. El problema de Piñera es consigo mismo: mientras no sea capaz de explicarnos quién es, es difícil que inspire confianza. Para decirlo en otros términos: he visto a Sebastián Piñera con la camiseta de la UC (cuando iba a San Carlos), con la de Wanderers (cuando intentó ser senador por Valparaíso) y con la de Colo Colo (desde que es accionista): ¿cuál es el verdadero Sebastián Piñera?, ¿a quién hay que creerle? A veces da la sensación que ni él mismo lo sabe muy bien.

Por lo mismo, los ataques que recibe no encuentran su origen tanto en la mala fe de la Concertación —aunque hay bastante de eso— como en sus propias contradicciones. Lo muestra el hecho que, hasta  hoy, ha sido incapaz de desprenderse de algunas de sus empresas. Piñera ha decidido tener doble militancia, y a nadie debe extrañarle que le pidan explicaciones. Escandalizarse y rasgar vestiduras no es la mejor estrategia para enfrentar las acusaciones que, le guste o no, va a seguir recibiendo.

 

¿Una nueva constitución?

Posted on September 09, 2009 by Daniel Mansuy Huerta

Hace pocos días, Eduardo Frei, presentó algunos lineamientos de su programa presidencial. Una de los aspectos más importantes de su propuesta fue la de una nueva Constitución para el bicentenario pues, según dijo, la actual Carta Fundamental “no da el ancho”. Entre las razones que dio para justificar una afirmación tan tajante, el candidato de la Concertación afirmó que el actual ordenamiento constitucional le impide al Estado asumir un rol de la importancia que, según Frei, éste debe tener en un futuro próximo. También dijo que Chile necesita una verdadera descentralización, que no puede ser llevada a cabo en el ordenamiento actual. Luego apuntó que nuestro país necesita un nuevo sistema electoral, pues el binominal estaría agotado. En consecuencia, se comprometió a convocar, en los primeros días de su eventual gobierno, a una “Alta comisión de reforma constitucional” para que presente un proyecto de nueva Carta Fundamental.

Desde luego, aquí faltan varias cosas. La primera es: ¿qué tipo de Constitución propone el candidato Frei para reemplazar la actual? Es muy fácil decir que la actual no da el ancho, pero quizás también cabría preguntarse si la nueva será mejor o peor. Frei puede escudarse en que no será él quién decida sino una comisión, pero los ciudadanos queremos conocer su posición al respecto, porque —hasta nuevo aviso— en Chile se vota por personas y no por comisiones con integrantes y atribuciones desconocidas. ¿Quiere Frei un régimen parlamentario o semi presidencial, como han sugerido a veces algunos de sus asesores? ¿De qué tipo, con qué características? ¿Es consciente que un régimen parlamentario requiere de un sistema electoral mayoritario para ser viable? ¿O bien le acomoda el régimen presidencial? ¿Y entonces cuál sería la modificación profunda que explique la necesidad de una nueva Constitución? ¿O  simplemente quiere que la Constitución le asegure al Estado un rol preponderante, para volver al Chile de mediados del siglo pasado?

En temas constitucionales no se puede improvisar, y todas estas preguntas merecen respuestas. La historia de nuestro continente es pródiga, y demasiado pródiga, en ejemplos de malos diseños institucionales que terminan en crisis políticas graves. La estabilidad política es muy difícil de lograr, y por lo mismo la experiencia llama a la prudencia en la materia. Por algo Aristóteles anotaba que todo cambio jurídico debe estar muy bien fundado, pues el exceso de cambios afecta la calidad de las instituciones. No se trata de considerar a la actual Constitución como algo sagrado e inmóvil, porque tiene defectos que están a la vista, sino simplemente de exigir una reflexión serena antes de lanzarse a cambiar algo que ha tenido el mérito innegable de haber funcionado de forma relativamente satisfactoria. No es una casualidad si la coalición oficialista lleva 20 años ejerciendo el poder con la actual Constitución, y a decir verdad los presidentes concertacionistas no se han sentido particularmente incómodos.

Pero, a falta de propuestas serias, atendamos a las razones avanzadas por Frei. Su afirmación relativa al rol del Estado es un poco débil, pues la Constitución no le impide al Estado cumplir un rol de importancia, sino que lo enmarca en una lógica subsidiaria donde los cuerpos intermedios también tienen un rol importante. Y, a decir verdad, si el Estado chileno hace mal o no hace las cosas que debe,la culpa no es de la Constitución. No es este el momento de enumerar la  larga lista de errores, negligencias e “irregularidades” que inundan nuestro aparato estatal, pero el primer paso para mejorar la gestión pública en nuestro país es la voluntad política firme de realizarlo. Eduardo Frei gobernó Chile durante seis años, y no vamos a decir que realizó demasiados esfuerzos por modernizar la gestión estatal, y de hecho muchos de los vicios actuales se incubaron durante su gobierno. Echarle la culpa de las graves insuficiencias que afectan al estado chileno a la Constitución es, literalmente, echarle la culpa al empedrado. Algo parecido ocurre con el tema de la descentralización: si bien es cierto que la Carta Fundamental podría facilitarla de un modo más directo —para lo que, en todo caso, bastaría con una reforma—, también es cierto que se trata sobre todo de una cuestión de voluntad política. Si el gobierno no descentraliza más es, en buena medida, porque no quiere hacerlo. Si las regiones están mal administradas es, en buena medida, porque los cargos públicos en las regiones no se reparten precisamente por méritos. Creer que una modificación constitucional implica necesariamente una modificación en la realidad es iluso además de equivocado.

El otro argumento esgrimido, hasta el cansancio, por el oficialismo es el sistema binominal. Pero aquí el candidato peca de una mala memoria imperdonable:  tras la reforma del 2005 firmada por Ricardo Lagos el sistema electoral salió de la Constitución. Eso quiere decir que para cambiarlo no es necesario tocar la Constitución: se trata de dos cosas distintas. Y como sea, todos sabemos que, más allá de las palabras para la galería, la Concertación no ha tenido nunca la más remota intención de cambiar el binominal, por la sencilla razón que no le conviene. El diputado ex-PPD Álvaro Escobar ha dado su testimonio sobre la discusión que se dio por este tema en el 2006.

En suma, lo que propone Frei es tan vago y mal fundamentado, que no da para una discusión muy seria. Quizás si detallara en algo más su propuesta, la campaña presidencial ganaría en calidad y discusión de fondo. Pero, lamentablemente, estamos lejos de eso.

El mito progresista

Posted on August 14, 2009 by Daniel Mansuy Huerta

El chantaje lanzado por el senador Guido Girardi y el PPD a la candidatura de Eduardo Frei ha vuelto a reflotar el tema del mal llamado “progresismo”. Más allá de la deslealtad que representa una amenaza de ese tipo para con un candidato con el que están comprometidos, y que necesita cualquier cosa menos problemas, me interesa detenerme en este nuevo slogan con el que muchos de nuestros políticos parecen  algo embelesados.

Aunque es natural y hasta cierto punto lógico que la vida política se alimente de lemas y de frases hechas, en este caso algunos parecen abusar de nuestra paciencia. Si atendemos al significado natural del término, progresista es todo aquel que desee el progreso. Como obviamente todos deseamos progresar, la palabra —en su acepción original— no sirve para distinguir nada. Cosa distinta es que tengamos legítimas diferencias sobre qué significa el progreso, pero eso forma parte del juego democrático y nadie podría quejarse del hecho que haya opiniones diversas. Sin embargo, la izquierda chilena ha intentado, con cierto éxito, monopolizar el término, invocando para ella la exclusividad del progresismo. Así, toda idea proveniente de ese sector político viene ungida por la sacrosanta bandera progresista. Desde luego, es una manera muy poco caballerosa de discutir, pues descalifica a priori al adversario: antes de dar ninguna razón, hace creer que los de la vereda del frente no quieren progreso.

Todo esto importaría poco si no fuera porque, además, es una manera poco inteligente de discutir. La etiqueta ocupa tanto espacio que impide ver los verdaderos problemas. Cuando los dirigentes del PPD levantan la bandera progresista, y aseguran con el ceño fruncido que Frei debe tomar, sí o sí, el programa progresista, uno no puede sino preguntarse: ¿qué significa eso?, ¿hay argumentos presentes en esa frase, ¿es ésa una manera razonable de discutir los temas, de conversar para tratar de alcanzar acuerdos? La verdad es que no, no es manera de discutir. Tampoco hay verdaderos argumentos, ya que ser progresista es ser todo y nada a la vez:  hasta ahora no se ha podido descubrir ninguna convicción seria detrás del slogan.  El progresismo puede ser hoy impulsar una reforma tributaria precipitada y mal pensada, mañana repartir condones en los colegios como quien reparte dulces de chocolate, y después lanzar una reforma laboral como la que impulsó el oficialismo poco antes de la elección de 1999. También podría ser todo lo contrario si acaso el viento cambiara de dirección: el mismo PPD ha carecido de toda línea programática consistente en el tiempo, y tendría arduo trabajo quien quisiera identificar su cinco ideas centrales.

Pero la verdadera trampa de la cuestión reside en lo siguiente: quien invoca el mito del progresismo se ahorra el argumento y la discusión. A veces da la impresión que basta con que una idea sea calificada por ellos mismos como progresista para tener valor, sin que haya ningún argumento de por medio. La invocación, en boca de sus defensores, parece abrir y cerrar la discusión al mismo tiempo, sin posibilidad de réplica. En ese sentido, es una palabra mágica, una palabra encantada que le permite al político ahorrarse el dar verdaderas razones, el discutir en serio. Y de hecho funciona cada día más como una suerte de amenaza que pesa en la espalda de todo personaje público. De alguna manera, los políticos arrancan horrorizados del solo riesgo de no parecer “progresistas”. El pequeño detalle es que detrás de esa palabra no hay nada concreto, nada real ni nada útil. Parafraseando al escritor Charles Peguy: no sabremos jamás el número de estupideces que se han cometido en nuestro país por el miedo de no parecer suficientemente progresistas. Dicho de otro modo, sin la palabra mágica, nuestros progresistas deberían darse el trabajo de razonar, de argumentar por ejemplo por qué Chile necesita una reforma tributaria y de qué tipo. Tendrían que darse el trabajo de dar los motivos por los que creen hay que nacionalizar el agua que el mismo Frei privatizó, o por qué creen que el aborto terapéutico debe ser una prioridad del próximo gobierno. En una palabra, deberían reemplazar la amenaza por el argumento. Pero todo eso es demasiado complicado: es más fácil recurrir a la palabra mágica que evita dar explicaciones un poco más complejas.

Por cierto, aquí hay alguien que tiene todas las de ganar: Marco Enríquez. En demasiados sentidos, es imposible ser más progresista que él. Frei podrá correrse todo a la izquierda que quiera, podrá cambiar camisas y despeinarse, pero es científicamente imposible que algún día parezca más progresista que el diputado independiente. Por lo mismo, el abanderado oficialista cometería un error grave de aceptar el chantaje del PPD, pues nunca podrá estar más a la izquierda de la versión original. Es una carrera perdida desde el principio, es una carrera en la que Enríquez Ominami siempre tendrá espacio para ponerse un poco más progresista y dejarlo fuera de juego. Es una carrera en la que todos sabemos quién gana. Sería absurdo por lo tanto el estar dispuesto a correrla, y esto vale tanto para Frei como para Piñera, que a veces también parece querer ir a la caza de esas banderas.
 
Desde luego, no hemos considerado hasta aquí el hecho de que el paladín del progresismo chilensis sea nada más ni nada menos que el honorable senador Guido Girardi, el mismo que pide castigos a los carabineros que cumplen con su deber y el mismo que pagó una de sus campañas con fondos públicos, entre muchas otras polémicas que sería inoficioso enumerar: si eso es progresismo, mejor arrancar. Pero ese sería tema para otra columna.

Pena de muerte: un poco de coherencia

Posted on August 06, 2009 by Daniel Mansuy Huerta

La propuesta para reponer la pena de muerte en Chile ha generado amplia y rápida polémica. Aunque en rigor, habría que decir que no se trata de reponerla, pues en nuestro país nunca ha sido derogada del todo: sigue vigente para casos de traición en tiempos de guerra (y por eso la propuesta no sería contrario al pacto de San José de Costa Rica). Pero dejando de lado los formalismos jurídicos, el debate ha dejado algunas lecciones dignas de notarse.

Desde el punto de vista electoral, los autores del proyecto no podrían haber escogido mejor momento: la opinión pública, sensibilizada por el horrible crimen perpetrado hace pocos días, se muestra generalmente favorable al castigo más duro posible en este tipo de casos. Si le agregamos a eso el morbo con el que los medios han cubierto el hecho policial, no cabe ninguna duda que la estrategia rinde frutos a la ahora de contar los votos.
 
Sin embargo, cabe preguntarse si acaso nuestra democracia gana con este tipo de actitudes. Quiero decir, es normal —y hasta cierto punto sano— que en período de elecciones se discutan temas sensibles, y que los candidatos a diferentes cargos se vean obligados a pronunciarse. Pero también resulta un poco sospechoso que el tema sea propuesto de manera tan “oportuna”. Tenemos ya una vasta experiencia en la materia: nunca es bueno legislar (per)siguiendo los sentimientos masivos de determinado momento, pues esos sentimientos son, por definición cambiantes. Aristóteles decía que la ley es razón sin apetito ni deseo, y lo que nuestros parlamentarios a veces dan la impresión de hacer es justamente lo contrario: legislar siguiendo los movedizos apetitos de las masas. Justamente aquello que el filósofo griego llamaba demagogia.

Al mismo tiempo, además de demostrar cuán lejos pueden llegar algunos de nuestros parlamentarios por algo de figuración o unos votos más, también ha quedado relativamente claro el altísimo grado de esquizofrenia política que afecta a políticos de varios sectores: capaces de borrar con el codo lo que ayer escribieron con la mano, o capaces de escribir con la mano lo que ayer borraban con el codo. Parecen padecer aquello que Orwell llamaba la enfermedad del "doble pensamiento".

Así, uno de los diputados que ha propuesto la polémica medida es el mismo parlamentario que, al fundamentar su posición en el voto por la píldora del día después, dijo que no estaba para legislar para las mayorías, y que había que estar dispuesto, en temas de principios, a ser impopular. Fue también él mismo quien realizó la advertencia de inconstitucionalidad respecto de esa misma ley, reservándose el derecho de llevar la materia a conocimiento del Tribunal Constitucional. Pues bien, el mismo parlamentario promueve hoy, sin arrugarse, la pena de muerte para los autores de ciertos crímenes.

Es verdad que el caso de la pena de muerte no es exactamente análogo al del aborto, pues en un caso se trata de un culpable y en el otro de un inocente. Pero cuando se está dando un combate tan importante por la defensa de la vida humana no se pueden dar señales equívocas. Si el combate pro vida es tan importante como a veces lo dan a entender sus defensores, entonces no se puede proponer la pena de muerte unas semanas después de haber —valientemente— votado que no a la píldora contra viento y marea.

En todo caso, sus críticos de la Concertación no lo hacen mucho mejor. Se niegan, por principio, a aceptar la pena de muerte. Respetable punto de vista, pero que exige un mínimo de coherencia para tener algo de credibilidad. No puede usted ser partidario del aborto terapéutico hoy y contrario por principio a la pena de muerte mañana. Si usted cree que la vida humana es un valor que debe ser respetado siempre y bajo toda circunstancia, entonces no puede relativizarlo cuando le preguntan sobre el aborto. ¿Por qué lo que vale para el culpable de delitos graves no vale para el ser humano en gestación? La incoherencia resulta difícil de explicar. La ministra de salud Michelle Bachelet argumentaba en 2003 a favor de la PDD afirmando estar convencida que dicha píldora impide la anidación del óvulo fecundado sólo en “muy pocos casos”. La Concertación, tan opuesta a la pena de muerte, no ha tenido consideración alguna cuando se trata de "algunos" embriones humanos. Si era cuestión de principios, el razonamiento es algo débil.

Al final, lo único que todo esto deja claro es la pavorosa debilidad doctrinal de nuestros políticos, salvo honrosas excepciones. No saben para dónde van, hacen un día lo que deshacen al siguiente, luego se arrepienten y vuelven atrás, y así nos vamos llenando de leyes mal pensadas y mal hechas, de signos equívocos que apuntan en sentidos contrarios, y de polémicas que —francamente— hubiéramos preferido ahorrarnos si queremos discutir con algo de seriedad.

Una tregua, por favor

Posted on August 02, 2009 by Daniel Mansuy Huerta

(Columna escrita con Joaquín García Huidobro, publicada en La Tercera del 2 de agosto de 2009)

Una vez más la televisión nos da señales preocupantes. Se multiplican los comentarios, los reproches y los escándalos. Pero de algo podemos estar seguros: el próximo reality, teleserie o programa juvenil será peor.

¿Qué pasa? ¿A quién hacemos responsable de la acelerada degradación de nuestra TV? Los directores de los canales no son malas personas, al contrario. Tampoco los que controlan la propiedad de las emisoras televisivas, públicas o privadas: todos ellos quieren un Chile mejor. Sin embargo, a veces esto se parece a una horrible pesadilla, donde una bruja destruye en la noche todo lo que padres de familia, abuelos, maestros, alcaldes y ministros tratan de construir durante el día.

El problema tiene, al menos, dos facetas: una antropológica y otra política. La primera es que la vulgaridad resulta rentable. Es decir, el respetable público no siempre merece ese calificativo: la misma gente que se queja de la violencia en las calles no tiene inconvenientes en consumir toneladas de escenas cada vez más truculentas, y ponerlas a disposición de sus hijos sin ningún tipo de supervisión. Casi todos piensan que la familia es lo más importante, pero pocos renuncian a ver programas que la debilitan.

¿Por qué sucede que los seres humanos borramos con el codo lo que escribimos con la mano? La respuesta es sencilla, aunque impopular, es porque somos débiles y nos autoengañamos. Ahora bien, nadie se atreve a decir: "Reconozcamos que usted y yo somos débiles, ¿qué tal si nos ayudamos entre todos, de una manera razonable, a ser un poco mejores?". Muchos clamarían al cielo con la sola sugerencia.

Sin embargo, en campos distintos de la televisión no tenemos inconvenientes en adoptar estas actitudes de autocuidado. Por ejemplo, como el poder político es peligroso, lo restringimos; y una profesión crucial como la medicina está sometida a estrictos controles. Aquí llegamos a la segunda dimensión de nuestro problema, la faceta política: si reconocemos que somos débiles, actuemos en consecuencia. Por lo mismo, nadie se escandaliza porque existan regulaciones que afecten a actividades de amplia repercusión social.

El caso más típico es el mercado. En un país civilizado nadie puede decir que se porta mal porque el competidor hace lo mismo o porque el público lo pide. Esa actitud puede terminar con varios en la cárcel. Las regulaciones jurídicas del mercado no solamente protegen al consumidor, sino también a los propios competidores, alejando de ellos el peligro de transformarse en unos delincuentes, que es una posibilidad que está siempre al alcance de la mano de todos nosotros.

¿Qué hacer? No echarle la culpa a la TV, sino ayudarla. En Chile hay gente capaz, que podría imaginar fórmulas que permitan a los canales contar con reglas de juego claras, y estos sentirían un alivio gigantesco. Por otra parte, debemos ser implacables con las empresas que auspician programas que destruyen lo que más queremos. Por eso, las asociaciones de consumidores son un elemento fundamental para la democracia y el libre mercado.

Un pensador tan poco sospechoso de conservadurismo como Karl Popper advirtió una y otra vez sobre la necesidad de tomar en serio el tema de la televisión: fuera de control, se transforma inevitablemente en un peligro para la democracia. Si todos coincidimos en que la TV tiene una inmensa influencia en las costumbres sociales, no podemos hacernos los ciegos. Lo pagaríamos caro.