Más que un accidente

Posted on June 29, 2011 by Daniel Mansuy Huerta

La paradoja del capitalismo, decía Schumpeter, consiste en lo siguiente:
la alquimia mediante la cual los vicios privados se transforman en
virtudes públicas exige el cumplimiento de dos condiciones difíciles de
obtener en una sociedad de mercado. La primera condición es que los
agentes económicos deben respetar la ley, y no sólo por razones
instrumentales...

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El golpe de Pablo Longueira

Posted on June 15, 2011 by Daniel Mansuy Huerta

Este golpe no implica ningún cambio real, pues el problema de fondo tiene que ver con la ausencia de una cultura común...

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Diálogo de sordos

Posted on May 18, 2011 by Daniel Mansuy Huerta

Tomarse en serio la cuestión de la matriz energética supone grados de consenso imposibles de obtener en el actual clima político...

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Rehabilitar lo público

Posted on May 04, 2011 by Daniel Mansuy Huerta

El caso Kodama ocurrió no sólo porque falten reglas (que faltan), sino porque no le hemos dado a lo público la jerarquía que se merece...

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La plegaria de Vargas Llosa

Posted on April 20, 2011 by Daniel Mansuy Huerta

El evangelio que el peruano predica es en parte responsable de lo que
hoy deplora con tanta amargura: la banalización de la cultura...

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El mundo según Guido

Posted on March 23, 2011 by Daniel Mansuy Huerta

 Publicado en La Tercera, 23 de marzo

Girardi parece confiar en el carisma de la función: la presidencia del Senado le haría tomar altura por el solo hecho de estar allí.

Es. por lejos, uno de los políticos más hábiles de su generación. Constituye una extraña mezcla de liberal, socialdemócrata, ambientalista, progresista, díscolo, defensor de las minorías y farandulero, y es difícil prever sus opiniones, porque en su cabeza bullen consignas difícilmente conciliables, pero en verdad nada de eso parece importarle mucho. Es un animal político, en el más estrecho sentido del término; es decir, un animal de poder. Un poco como su propio partido, Girardi no tiene ideología distinta que el poder mismo, y por eso suele hacerle un flaco favor a las causas que defiende.

Es lo más parecido a un gato de siete vidas que podamos encontrar en la comarca, capaz de sobrevivir a todo: accidentes, cartas pagadas por el Fisco, regalo de zapatillas con fines oscuros, quejas por multas, facturas falsas, y así. Si hay algo seguro, es que Girardi ciertamente puede ser llamado progresista en el sentido de que ha ampliado de modo inaudito el ámbito de lo posible. Eso habla de una voluntad férrea, y por eso yerran quienes lo subestiman. Desde los primeros tiempos de nuestra democracia hizo gala de un raro talento para usar a los medios, especialmente la televisión, en la construcción de una imagen política. Siempre supo mejor que nadie que la imagen es todo y, por eso, en el mundo según Guido, lo central es aparecer y ganar segundos. Poco importa si se arrastran ataúdes o se si pronostica la muerte de cien mil personas por la gripe porcina, ésos son el tipo de detalles en los que no vale la pena detenerse.

Un poco por lo mismo, es uno de los políticos chilenos que ha hecho más esfuerzos por simplificar todos nuestros desacuerdos en una disputa de buenos y malos, y por resumir todas las cuestiones complejas en una frase bien golpeadora: la calidad de la deliberación pública no ha ganado en ese trance. Por eso interpela más que argumenta, y prefiere blandir el brazo antes que hacerse preguntas. Simboliza las peores prácticas clientelistas de nuestro sistema político, y no es imposible que en esto seamos bien injustos, porque Guido está muy lejos de ser el único caso.

Todo esto le funcionó a la perfección durante mucho, demasiado, tiempo, pero como todo tiene un límite -por más que le pese-, en algún minuto su estrategia se volvió contra él: la fortuna, decía Maquiavelo, es cambiante y hay que saber leerla. El pecado de Guido fue justamente ser el más talentoso de su generación y no saber frenar en el momento oportuno: la velocidad lo cegó.

Pero como todo tiene un tiempo, finalmente Guido entendió, o al menos eso parece. Matizó, bajó el tono, abandonó su estilo inquisitivo, todo para obtener la preciada testera del Senado. Para ello, tuvo que someterse a las cúpulas concertacionistas que desprecia y lo desprecian, pero qué va, París bien vale una misa. Guido parece confiar en eso que los sociólogos llaman el carisma de la función: la presidencia de la Cámara Alta le haría tomar altura por el solo hecho de estar allí. El riesgo se lo lleva el Senado, porque las cosas bien podrían ser a la inversa. Y aunque es cierto que la sociología no hace milagros, en el mundo según Guido todo puede suceder, incluso aquello que usted cree imposible.

Un proyecto cuestionable

Posted on December 29, 2010 by Daniel Mansuy Huerta

 "No será punible la interrupción de un embarazo cuando se haya
verificado por un grupo de tres médicos la inviabilidad fetal". Así
reza la segunda parte del proyecto de ley presentado por los senadores
Rossi y Matthei. La propuesta parece tener para sí todo el buen
sentido. ¿Por qué habríamos de obligar a una madre a terminar un
embarazo si sabemos que su hijo es inviable? ¿No corresponde, en esas
circunstancias, darle a ella la libertad de decidir y trazar su destino
según su propia voluntad? Estas preguntas son, desde luego, atendibles
y merecen una discusión seria...

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Wikileaks: ¿Transparencia total?

Posted on December 01, 2010 by Daniel Mansuy Huerta

El angelismo es menos inocente de lo que parece: quien quiere hacer el ángel, decía Pascal, termina haciendo la bestia. 

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Siempre estás diciendo que te vas

Posted on November 03, 2010 by Daniel Mansuy Huerta

Es, sin duda, un político de primera clase. Pertenece a esa estirpe
que, lejos de amilanarse por las dificultades, sabe sortearlas ganando
en fuerza y en altura. Posee una rara capacidad (que muchos nos
querríamos) de leer los momentos políticos, y se ha ganado el respeto
de todos, porque cumple con la palabra empeñada y no se queda en
pequeñeces (la DC y Ricardo Lagos pueden dar fe).

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Dilemas de la libertad de expresión

Posted on October 20, 2010 by Daniel Mansuy Huerta

El arte y el humor merecen un estatuto especial, pues juegan con la ambigüedad de los significados, pero no por eso debemos aceptarlo todo...

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AVC: preguntas preliminares

Posted on June 17, 2010 by Daniel Mansuy Huerta

Con su particular sentido de los tiempos políticos, el senador Andrés Allamand volvió a la carga con el proyecto de acuerdo de vida en común (AVC). Son tantas las pasiones que por lado y lado despierta dicha propuesta que no es fácil llevar la discusión a un plano estrictamente racional. Además, en nuestro país se ha ido consolidando de tal modo el peso de la opinión dominante que las ideas que no se ajustan a los dogmas en boga tienden a ser reducidas al silencio: sin darnos cuenta, nos vamos acercando a eso que Tocqueville llamaba el despotismo suave de la democracia. Así, hay cada vez menos espacio para los matices, y suelen abundar los (des) calificativos allí donde deberían haber argumentos. En ese sentido, ojalá en esta cuestión crucial seamos capaces de dejar las vociferaciones de lado, y entendamos que se puede ser contrario al AVC sin ser un rabioso homofóbico y que se puede ser favorable sin ser un perverso destructor de la familia. Es la condición indispensable para un verdadero diálogo.

En principio, el proyecto busca crear una nueva figura jurídica que permita acoger a unos dos millones de personas que conviven al margen del matrimonio. Todo esto suena muy sensato, pero también presenta interrogantes. Por un lado, ¿se tiene alguna idea de los motivos por los cuales los chilenos son reacios al matrimonio?, ¿hay algún estudio o estadística que respalde la iniciativa del senador Allamand? No es descabellado suponer que en la baja tasa de nupcialidad juegan factores tributarios y de acceso a la vivienda y, en esa hipótesis, el AVC es un perfecto contrasentido. En muchos otros casos, puede pesar simplemente el deseo de llevar una relación al margen de la ley, y allí el AVC tampoco tiene mucho que hacer. De cualquier modo, es claro que deberíamos partir por estudiar seriamente el problema: antes de querer “hacerse cargo de la realidad” debe realizarse un mínimo esfuerzo por conocer esa realidad. De lo contrario, es muy fácil caer en retórica frívola y casi imposible dar con una solución más o menos adecuada.

Por otro lado, más allá de las buenas intenciones, el AVC no es mucho más que una institucionalización de la precariedad familiar. Y uno tiene el derecho a preguntarse si acaso eso es lo que Chile necesita en ese momento. La familia cumple un rol esencial e irreemplazable al interior de toda sociedad, pero para lograr sus objetivos requiere ciertos grados de estabilidad. Si la familia falla, todo el cuerpo social se resiente: es simplemente iluso pensar un segundo que podemos resolver problemas como la educación o la delincuencia, entre tantos otros, si no nos tomamos en serio este desafío.

Por cierto, alguien podría objetarme que todo lo dicho sea posiblemente cierto pero que, en rigor, el AVC no tiene nada que ver con las parejas heterosexuales pues su verdadero objetivo es otorgar a las parejas del mismo sexo un reconocimiento legal. Si la objeción es acertada, entonces la discusión es otra y versa sobre lo siguiente ¿es el derecho de familia el terreno adecuado para otorgar reconocimientos y satisfacer reivindicaciones de derechos? Marx, al analizar este tipo de problemas, anotaba lo siguiente: los liberales siempre se equivocan al mirar la familia desde la óptica del derecho individual, desde la lógica del mercado, pues la familia no es cuestión de derechos y es imposible entenderla desde esa perspectiva. De hecho, se trata justamente de la institución que intenta superar el individualismo, y lo hace en vistas de la procreación y la educación de los ciudadanos del futuro, no en vistas de la protección de derechos de personas, sean éstas heterosexuales u homosexuales.

Estas reflexiones podrán parecer un poco preliminares, y en alguna medida lo son. No obstante, es imprescindible formular este tipo de preguntas si acaso queremos pensar antes de actuar y deliberar antes que imponer, pues este es de aquellos problemas que no admiten ni simplismos ni respuestas unívocas.

Adiós, Michelle

Posted on March 11, 2010 by Daniel Mansuy Huerta

A diferencia de la mayoría de los presidentes de nuestra historia, Michelle Bachelet alcanzó el poder sin buscarlo. La paradoja es que, una vez que lo encontró, optó por no usarlo: tal podría ser una de las conclusiones de su gobierno. Y en efecto, Bachelet llegó a la Moneda contra la voluntad de los jerarcas, pero elevada por esa especie de oráculo contemporáneo que son las encuestas, y hoy sale de Palacio elevada por el mismo oráculo. Sin embargo, su gobierno tuvo muchos más problemas que aciertos y muchas más dificultades que momentos de brillo.

Se han ensayado muchas explicaciones para intentar explicar esta paradoja, y seguramente varias de ellas tienen algo de razón. Una cosa, en todo caso, parece indiscutible: Bachelet siempre se movió en una zona alejada del liderazgo propiamente político, prefiriendo quedarse en la zona de la simpatía y del cariño personal. Así, nunca dejó de manifestar cierta calidez humana que conectó bien con los chilenos, pero siempre vaciló a la hora de arriesgar capital político en decisiones difíciles. Quizás la única excepción haya sido su irrestricto apoyo al ministro de Hacienda, pero hasta eso le terminó reditando. Bachelet, desde el inicio de su mandato, blindó su imagen rodeándose de un grupo de asesores cuyo único objetivo era mantenerla en el limbo político: rara vez aceptó preguntas directas de los periodistas, no intervino en conflictos complicados, e incluso intentó invalidar a priori toda crítica haciendo suya esa delirante tesis del femicidio político. En buena medida, lo logró: salvo Carlos Larraín, son muy pocos quienes se atreven a criticar con dureza a la presidenta y, de hecho, durante la campaña presidencial, Piñera y Marco Enríquez intentaron apropiarse de parte de su legado. Los beneficios de una situación así son innegables, pues siempre es cómodo no recibir ataques. Pero la verdad es que también tiene costos: Bachelet eligió no ocupar su popularidad, prefiriendo conservarla a gastarla, cuidarla a ponerla en riesgo. Esa opción, quizás útil y recomendable para animadores de televisión, resulta contraproducente en política, pues implica dejar de ser un actor relevante del escenario. En algún momento, Michelle Bachelet decidió parecerse más a don Francisco que a un político, y aunque eso pueda parecer simpático desde alguna perspectiva, es fatal desde el punto de vista de la acción política. Eso explica que Bachelet no haya siquiera intentado cumplir con algunas de sus promesas emblemáticas, como la supresión del binominal o las reformas laborales. También explica por qué la supuesta jefa de la Concertación tomó palco mientras ésta se caía a pedazos. Asimismo, permite comprender por qué tiene que entregarle hoy la banda a un opositor, al mismo tiempo que mantiene índices de popularidad más bien raros en una democracia occidental.

En el fondo, Michelle Bachelet construyó una imagen, una marca y una idea que tiene poco que ver con la política. Por cierto, sus defensores podrán decir que ella está reinventando el mundo, o que feminizó el poder: todo eso suena muy bien, pero sabemos que descansa en una ilusión sin asidero en la realidad. Y si alguien tenía dudas, el terremoto las aclaró: con su tardanza en tomar decisiones clave, Bachelet mostró cuán obsesionada está con su propia imagen: aún en caso de catástrofe, son las frías consideraciones políticas las que priman. Si ése era el nuevo estilo y la nueva política, yo prefiero volver a la antigua pues, esta vez, muchos chilenos anónimos pagaron la cuenta. Pero el terremoto también mostró cuán vacío puede llegar a ser el discurso estatista cuando no está respaldado por una verdadera voluntad de hacer las cosas bien. El lamentable rol jugado por la Onemi deja en evidencia que el Estado chileno hace agua por muchos lados, y que no basta con la buena voluntad. Del mismo modo, quedó claro que en los últimos años se instaló una concepción muy débil de la responsabilidad política, y en este tema la actitud asumida por la presidenta, desde el caso Provoste hacia adelante, tiene mucho de discutible.

Ahora bien, la pregunta es: ¿podrá Michelle Bachelet regresar a la Moneda en cuatro años más? Es difícil aventurar una respuesta definitiva, pero lo primero que uno podría preguntarse es: ¿para qué?, ¿qué sentido tendría su regreso? Si Michelle Bachelet quisiera volver, debería responder ésas, y otras, preguntas. Además, debería mostrar que es capaz de ejercer un liderazgo político efectivo al interior de ese caos llamado Concertación. También debería encarnar una claridad programática de futuro, pues ya sabemos que la mera referencia al pasado no basta para ganar elecciones. Pero, sobre todo, debería entender que el capital político no sirve de absolutamente nada guardado bajo el colchón: hay que estar dispuesto a invertirlo y a correr riesgos. Sin embargo, no hay demasiadas razones para suponer que en los próximos cuatros años Michelle Bachelet vaya a encarnar todo aquello a lo que obstinadamente se resistió en los últimos cuatro. Adiós, Michelle.

¿Museo de la memoria instrumental?

Posted on January 11, 2010 by Daniel Mansuy Huerta


El Museo de la Memoria intenta rescatar la memoria de las violaciones a los derechos humanos perpetradas durante el régimen militar. La intención es, de por sí, digna de encomio: vivimos en un país al que le cuesta mirar y pensar su pasado, y tenemos escasa noción de la importancia del patrimonio si no tiene directa relación con rentabilidad financiera. A ratos parece que, ebrios del afán de progreso, queremos avanzar como ciegos sin detenernos un instante en el camino recorrido. Pero no es más que una peligrosa ilusión: es imposible construir seriamente un país sin conciencia de nuestro pasado. Hay pocas cosas tan frívolas como pretender que podemos avanzar sin mirar reflexivamente hacia atrás.

Sin embargo, la iniciativa no ha estado libre de polémica: el gobierno decidió que el museo estuviera consagrado exclusivamente a los crímenes cometidos entre el 11 de septiembre de 1973 y el 11 de marzo de 1990. Aunque es cierto que la medida es discutible por varios motivos, no deja de ser coherente con cierta actitud que Michelle Bachelet ha mantenido durante su gestión. Cuando viajó a Cuba se apuró en acudir a reunirse con Fidel Castro, al mismo tiempo que se negaba a realizar gesto alguno a la disidencia cubana. Quizás sea muy descaminado esperar algo más de cierta izquierda que exige de la derecha, con buenas razones, gestos decidores sobre el asunto, pero que es ella misma incapaz de asumir sus propias responsabilidades. Es políticamente incorrecto recordarlo, pero no por eso es menos cierto: la violencia como método de acción política no fue inventada en septiembre de 1973. Da la impresión que muchos aún no han leído El hombre rebelde, de Albert Camus, pero quizás sería mucho pedir.

Con todo, hay algo complejo en la decisión gubernamental que va por un lado ligeramente distinto. Al seccionar la historia de modo tan tosco, las autoridades no sólo pecan contra la más elemental sutileza. Ni eso quizás sería tan grave, si no fuera porque, al mismo tiempo, permiten que se ciernan sobre la iniciativa sospechas y dudas que pueden resultar fatales para el propósito central que se persigue, si hemos de creer a las declaraciones explícitas. Porque si las violaciones a los derechos humanos son un tema de tanta importancia y gravedad -y lo son-, no pueden entonces quedar reducidas a una cuestión de trincheras y de blanco y negro, sobre todo pasados ya tantos años. El esfuerzo tendría que ir más bien por el lado de hacer de la memoria colectiva algo verdaderamente común y compartida por todos, en la que los chilenos pudiéramos reconocernos más allá de nuestras historias personales o de nuestras legítimas visiones sobre la historia del país. Y eso pasa necesariamente por una condición inviolable: sustraer el tema de las reivindicaciones políticas para hacerlo entrar en algo más digno, en algo más sagrado: algo que no se usa ni debe usarse. Como decía Charles Péguy a propósito del caso Dreyfus: no se puede mezclar de ese modo lo místico con lo político. En la actual configuración, el Museo corre el riesgo de perder buena parte de su legitimidad, pues no es capaz de tomar distancia de las divisiones que tanto daño le causaron a nuestro país.

Explicar no es aprobar ni justificar: es simplemente ser capaces de mirar, al mismo tiempo, con los dos ojos. Es dejar atrás, de una buena vez, esa ilusión óptica tan propia del siglo pasado. Me temo que insistir en lo contrario es banalizar una memoria que, definitivamente, merece mucho más.

El futuro de Marco

Posted on December 21, 2009 by Daniel Mansuy Huerta

La noche de la elección presidencial, Marco Enríquez se negó a dar su apoyo a una de las dos candidaturas que pasaron a la segunda vuelta. En verdad, no tenía mucha opción: su electorado no habría comprendido otra decisión. Después de haber criticado durante meses, a veces hasta el exceso, las lógicas cupulares que dominan nuestra política, Marco no podía aparecer intentando endosar su apoyo a tal o cual candidato.

Es cierto que la votación de Marco estuvo lejos de las expectativas de su círculo cercano, que apostaba a estar cerca de Frei, pero es innegable que su votación fue enorme: en Chile no es habitual que un candidato que corre sin el apoyo de los grandes conglomerados saque más de siete u ocho puntos. Marco se empinó sobre los 20 y, aunque fue víctima de cierto exitismo, son números que dan para pensar en grande. La duda es qué camino seguir para capitalizar ese apoyo.

No obstante, la pregunta es equívoca, porque supone que sus votantes tienen mucho en común. Incluso si Marco llega a dar una consigna de voto para el balotaje, es difícil que sus votantes le obedezcan: se trata de votos más bien rebeldes a la lógica de los rebaños. El voto de Marco es de desencanto con el viejo estilo, busca dar un mensaje de renovación. Marco fue la personalidad carismática que mejor captó ese nicho. Bastó para convencer a un quinto del electorado -¡incluido Hermógenes!-, pero es completamente insuficiente para construir una fuerza política con alguna coherencia. La bandera de la renovación es inútil si no va acompañada de convicciones fundamentales y de una orientación doctrinaria más o menos clara. Marco no la tiene, o no la ha querido hacer explícita.

Max Marambio ha dicho que el domicilio de Marco es la izquierda progresista y que desde ahí debe construir un referente. Puede que tenga razón, pero recordemos que en algún momento el PPD tuvo las mismas intenciones, y ya sabemos cómo terminó: falto de ideas centrales, se ha convertido en una mera máquina repartidora de cuotas de poder. Otros abogan porque lidere un referente liberal-progresista más hacia el centro. No es mala idea, pero es difícil que Marco esté dispuesto a alejarse tanto de la izquierda. Convengamos, además, que por estos días los conceptos de "liberal" y "progresista" tienen mucho éxito mediático, pero escaso contenido.

Se dice que a Marco le conviene un triunfo de Piñera, pues podría proyectarse como líder de la oposición. Y si bien es obvio que una Concertación victoriosa le dejaría muy poco espacio, tampoco es muy claro cómo podría ser líder opositor sin soporte parlamentario ni partidario. Marco corre el riesgo de transformarse en un francotirador marginado de las lógicas políticas. El podría objetar que no le interesa integrarse a esas lógicas, pero sería pecar de infantilismo, pues olvida que la política se nutre de compromisos en los que todos deben estar dispuestos a ceder.

Por lo pronto, los principales aliados de Marco Enríquez siguen siendo los jerarcas de la Concertación, que no parecen haber escuchado ningún mensaje y mantienen un discurso añejo y binario, con una tozudez digna de análisis. Al hacerlo, no sólo le dan espacio a Piñera para obtener un triunfo holgado, también confirman las duras críticas de Marco. No obstante, éste debe ser consciente de que eso no basta, y si quiere ser un político que aspire a algo más que al 20% de los votos, tiene que entrar a definiciones más sustantivas, aun a costa de perder apoyos: nadie puede vivir mucho tiempo en el limbo. Ni siquiera él.

Ecos de 1952 en las presidenciales

Posted on November 16, 2009 by Daniel Mansuy Huerta


Pocas elecciones pasadas son tan ilustrativas para entender el momento que vivimos como las del año 1952.

Ese año, los radicales cumplían tres períodos consecutivos en el poder. Aunque sus gobiernos habían ido de más a menos, pensaban poder asegurar un cuarto período gracias a un bien aceitado sistema de favores y, para lograrlo, nominaron a Pedro Alfonso. Por su parte, la derecha esperaba aprovechar el desgaste de los radicales, y llevó como abanderado al liberal Arturo Matte. Carlos Ibáñez del Campo se presentó sin el apoyo de ninguno de los grandes partidos, pero logró reunir a gente proveniente de distintos horizontes. El cuarto candidato fue Salvador Allende.

La historia es conocida: Ibáñez triunfó, y su campaña de la escoba simboliza en nuestra memoria colectiva el hastío con la corrupción y la clase política. Sin embargo, su gobierno fue un fiasco, pues la coalición que lo apoyaba se disgregó al poco andar: quienes lo habían apoyado no tenían nada en común más que la vaga referencia a una personalidad carismática.

Aunque las diferencias entre ambos escenarios son evidentes, los paralelos también saltan a la vista.
La cuestión más importante quizás sea que todo indica que, como los radicales, la Concertación ha cumplido su ciclo y está llegando a su fin. La candidatura de Marco Enríquez-Ominami tiene muchos defectos, pero un gran mérito: ha mostrado en toda su crudeza el estado de descomposición orgánica del oficialismo. Los insultos a los que tuvo derecho Gabriel Valdés al decir que el candidato opositor podría ser un buen Presidente sólo han servido para mostrar que la coalición parece haber agotado sus propuestas. Sus cúpulas hace tiempo perdieron el contacto con la realidad, y hoy se dedican a manejar redes de clientelismo más o menos eficaces.

Además, como decían los griegos, los dioses ciegan a quienes quieren perder, y la Concertación ha cometido demasiados errores no forzados. Ha sido incapaz de entender que el liderazgo de Michelle Bachelet es cualquier cosa, menos político y que, por tanto, es muy difícil que su popularidad se traspase al candidato.

El único efecto de tanto ministro en la calle es desnudar una verdad incómoda: Frei es un abanderado débil que, como Alfonso, lleva una mochila demasiado pesada que le hará muy difícil aspirar seriamente al triunfo. Como parece sugerirlo la encuesta CEP, la dolorosa paradoja es que la Concertación podría tener más que ganar votando por Marco que por Frei en primera vuelta.

Por cierto, la pregunta abierta es quién se beneficiará de esta situación. Sebastián Piñera, como Matte, supone que el desgaste de sus adversarios le basta para ganar. Aunque sus posibilidades son serias, su libreto excesivamente conservador y los flancos abiertos por su trayectoria lo dejan muy expuesto. Tampoco vio venir a Marco: durante semanas, cultivó con él una complicidad que le puede terminar costando cara.

La ecuación de Enríquez-Ominami no es más fácil, si acaso quiere ser el nuevo Ibáñez: aunque va en alza, la distancia con Frei es aún muy grande y la tarea de remontarla empieza a tener dimensiones más épicas que políticas. Aunque talento no le falta, hasta ahora no ha sido capaz de construir un discurso medianamente coherente, y aún son muchas las dudas sobre sus verdaderas convicciones y sus equipos de trabajo.

Con la campaña en tierra derecha, lo único claro es que los candidatos harían bien en arriesgar un poco más en los días que quedan, pues la historia aún puede guardar vuelcos inesperados de aquí al 13 de diciembre.