¿Es posible aplicar el método científico en educación?
Sep. 15 , 2009
Escribo esta nota a días de haber sido sometido a una operación médica, empezando a retomar mis actividades y aún impresionado por los avances de las modernas técnicas de cirugía laparoscópica. Recuerdo la larga convalecencia y sufrimientos padecidos por un pariente, que tuvo que someterse a esta misma operación 10 años atrás, y no dejo de asombrarme por los progresos de la medicina.
Se me viene entonces a la memoria un artículo leído tiempo atrás, acerca de un movimiento que ha tomado fuerza en medicina, llamado “medicina basada en la evidencia” (MBE). La MBE fue la respuesta que propuso un grupo de médicos radicados en la Universidad de McMaster a una práctica médica peligrosa pero muy frecuente, en la que se siguen medidas basadas en la generalización de experiencias no sistematizadas y obtenidas con un número limitado de casos, y que se aceptan sin crítica aparente. Lo que pretende la MBE es que la práctica médica se adecúe a la investigación clínica disponible.
En palabras de sus precursores "es la utilización concienzuda, juiciosa y explícita de las mejores pruebas disponibles, en la toma de decisiones sobre el cuidado de los pacientes". Dicho de otro modo, la comprobación de la existencia de variaciones inaceptables en la práctica médica y que sólo una minoría de las intervenciones médicas de uso diario estaban apoyadas en estudios científicos fiables, llevó a la MBE, que busca combinar la experiencia clínica, con las mejores pruebas externas disponibles, o lo que es lo mismo, con los últimos hechos científicamente probados. De esta forma se obtienen modelos para intervenir a pacientes, aprovechando las experiencias singulares y los estudios y lograr el mejor tratamiento, sin dejar de reconocer que cada paciente es diferente.
Haciendo una analogía con la medicina, ¿será posible desarrollar una educación basada en la evidencia, que, al igual que la medicina, seleccione las prácticas y los programas educativos que hayan demostrado ser efectivos mediante la investigación científica rigurosa? Una educación en la que la sistematización de la evidencia empírica acerca de los recursos del cerebro humano para aprender sea la llave para seleccionar aquellos métodos que permitan el logro de los objetivos de manera eficiente. A diario constatamos que muchos docentes siguen estrategias basadas en la generalización de experiencias no sistematizadas ni validadas rigurosamente.
Entendemos que el currículo debe ser contextualizado y que diferentes entornos requieren diferentes estrategias. Pero esa premisa no parece invalidar la pregunta acerca de la posibilidad de fundar las estrategias pedagógicas en evidencias acumuladas tras la recolección de datos válidos y replicables, en un proceso de investigación acción. Esto le permitiría a los docentes identificar el mejor camino para cada objetivo de aprendizaje en un contexto determinado, sin perder la posibilidad de introducir variaciones si su juicio profesional así lo recomienda, tal como lo hacen los médicos en situaciones particulares.
En EEUU, el año 2002 se legisló para que las prácticas pedagógicas utilizadas demostrasen de manera cuantificable sus efectos en el aprendizaje de los niños (No Child Left Behind). Esta legislación puso énfasis en masificar sólo aquellas prácticas y programas educativos que hubiesen demostrado ser efectivos mediante la investigación científica rigurosa.
En la medida que la investigación científica arroje evidencia dura acerca de los métodos más efectivos para ciertos propósitos educativos, ¿sería posible pensar en una nueva generación de software educativo que modele las estrategias efectivas, tal como actualmente los software de administración de recursos modelan las mejores prácticas de gestión de las empresas? Esto en ningún caso reemplazaría el trabajo docente, principal responsable de los aprendizajes, pero permitiría establecer ciertos estándares mínimos, una línea de base para las prácticas educativas.




