Mirar por el parabrisas (en 140 caracteres)
Dec. 02 , 2009
¿Sabrá el asesor en materias urbanas del candidato Piñera que su propaganda nos impide mirar por el retrovisor y por el parabrisas?
Llamado a la obediencia civil
Nov. 04 , 2009
Es lógico que, en época de elecciones abunden los llamados a disentir con el sistema establecido, ya sea bajo canales legales (por ejemplo votar nulo o no inscribirse) o vías consideradas “ilegales”, como –estando inscrito- no acudir a votar. Prácticas de este tipo datan de al menos hace dos siglos y podrían resumirse en la tradición de la desobediencia civil. Postulada por el gran intelectual Henry Thoreau y llevada a cabo por próceres de la talla de Gandhi y Luther King, es una teoría de derecho individual que apela a la libertad de conciencia para incumplir leyes establecidas, en regímenes democráticos como tiránicos. En el caso de Thoreau, se negó a pagar impuestos para protestar contra el Estado esclavista; Gandhi se resisitió al sistema de castas tratando con los parias y Luther King -inspirado en Rosa Parks- llamó a desobedecer las leyes segregacionistas.
Lo curioso es que a través de este medio me vea motivado a hacer un llamado a la obediencia civil, en periodo electoral. A que cada uno de nosotros, ciudadano o contribuyente, haga valer sus derechos y vele por el cumplimiento de los deberes que los candidatos a la presidencia y al Congreso tienen. ¿Cuál es el punto? Es más que común ver en cada elección cientos de denuncias relativas a que tal o cual candidato (en definitiva casi todos) instaló o pintó propaganda saltándose la respectiva ley, y que nadie hace nada al respecto. En los últimos meses, el Juez de Casablanca, terror de políticos que creen sentirse ciudadanos privilegiados, dio un golpe a esta noción ordenando retirar de su jurisdicción toda propaganda instalada antes de plazo. Es simple, las leyes están, nosotros debemos hacerlas valer. Lo que haré en mi caso, es que llamaré a Carabineros cada vez que vea propaganda indebidamente instalada, y dejaré constancia si hacen la vista gorda.
Y no sólo están las leyes, también los mecanismos tecnológicos y humanos para hacer valer nuestros derechos a la seguridad en el tránsito, a un ambiente urbano (y rural) menos contaminado por panfletos, carteles, palomas, y gigantografías, y a que quién pretenda representarnos respete el contrato social. Cada día las redes sociales en la red se convierten en una herramienta más apta para relevar y difundir denuncias ciudadanas, y cada vez los medios tradicionales están más atentos a estas expresiones de soberanía cívica.
Pero por sobre todo, se debe velar por una premisa básica: Ningún ciudadano está sobre la Ley, y quién así lo crea debe respetar esa máxima o no merece ser electo para representarnos. Y si nos hacemos los ciegos, que nos represente un tuerto es culpa nuestra.
La (a)dorada píldora de la solidaridad
Jul. 27 , 2009
Cuando unos días atrás me tocó leer la entrevista a un tal Ignacio Zañartu en The Clinic, debo admitir que me indignó y me motivó a lanzar tres ideas que talvez el lector, en todo su derecho, considere resentidas. En mi defensa, sostendré que no es el resentimiento clasista el motor de esta columna, si lo es la estupidez de una parte considerable de lo que llamamos élite, cuyas oportunidades en materia educativa debieran hacer imposibles razonamientos presentes en el discurso del muchacho aludido. Para una mejor comprensión de la irritación que me embarga, sugiero al lector ojear el reportaje cuyo link he puesto en este mismo párrafo. Dicho esto, las tres ideas: Que a los hijos de la élite les da miedo el contacto con “el otro”. Cuando este talentoso joven decide preguntarse “¿por qué un hueón que vive en Estoril tiene que ir a la Plaza de Armas?” (sic) no hace más que reafirmar lo que tristemente pudo vivir y denunciar el Padre Berríos cuando criticó al alumnado de las bien catalogadas universidades “cota mil”: Sus adorables alumnos (lo sé, algunos de ellos) están encerrados en burbujas de comodidad e ignorancia de lo que sucede allá afuera, en el resto del país donde la pobreza es más que no poder comprar el ketchup o la célebre Coca Cola de los Piñera Morel. ¿Qué es lo que van a aportar estas ávidas mentes al progreso del país si en sus pensamientos existe tan odiosa y arraigada concepción del mundo? La respuesta a la elevada interrogante que Ignacio plantea, es simple: Porque vives, como muchos otros jóvenes, encerrado en una jaula de oro ¡Sal a la calle, mézclate, vive la experiencia de encontrarte con distintos, supera tus miedos, nadie va a herirte ni contagiarte la peste negra! Y porque Chile necesita que seas consciente de los problemas que lo aquejan. Qué Ignacio no es más que un digno heredero de la prosaica élite tradicional de nuestro país. Una casta amarrete, poco generosa, poco imaginativa para buscar soluciones a los problemas país. Su visión de lo solidario (que es lo que a todos nos mueve en pro del bien común) es darle cafecito a los pobres y los trastos viejos a las parroquias para que se las den a los “necesitados”. Que eufemismo más arrogante el del pijerío chileno para referirse a sus iguales pobres. No es raro entonces, que el Techo para Chile esté lleno de mozalbetes tan cínicos como Ignacio, tan despistados respecto al bien nacional. Nunca me gustó el Techo para Chile, le reconozco algunos varios méritos, pero no me gusta, sencillamente. Esto de ir por los campamentos levantando mediaguas es la expiación caritativa de la opulencia inicua que viven dentro de las burbujas donde se criaron; creyendo, además, que los necesitan para mejorar la vida de los pobres. Hace 51 años en La Victoria, los pobres de este país tomaron lo que por derecho les correspondía. La dignidad de habitar la ciudad. Partieron con mediaguas, como en muchas otras poblaciones de Chile que los imitaron, y con esfuerzo hoy pueden decir que nadie (y menos ningún patroncito que los tratara como brutos a los que ayudar) les vino con limosnas caritativas. Por añadidura, nos mostraron que es posible pensar políticas públicas que no consideren a los pobres sólo como depositarios de la ayuda “generosa”, sino deben ser actores decisores de su propio futuro y con su propio esfuerzo. Siguiendo mi argumento, la campaña del Techo en pos de llegar al Bicentenario sin campamentos es algo que, camuflada en solidaridad, esconde el deseo de borrar cualquier cosa que a la élite nacional les recuerde que no viven en el añorado primer mundo. Como vieja es la ambición, ya Benjamín Vicuña Mackenna aborrecía a los salvajes de la periferia de su Santiago afrancesadito a là Beaux Arts, se lo echaban a perder, se lo afeaban. Los de hoy, no soportan que las callampas les ensucien la capital de rascacielos y suburbios agringados. 3. Que estar lejos (geográfica y simbólicamente) le ha costado a la élite separarse de los valores de la sociedad. Es muy lógico que si los hijos de la élite no bajan de Estoril, no sean capaces de entender ciertos procesos y tendencias valóricas que se dan a lo ancho de la trama social. Que no puedan comprender, por ejemplo, porqué es necesaria la entrega de la píldora en consultorios de manera gratuita y sin supervisión de los padres. Ésta, sumada a otros atropellos a la libertad individual de la que nuestra sociedad está cada día más sedienta, son el paroxismo de la caridad del Techo: Asumir a los pobres casi como interdictos, de los que hacerse cargo incluso moralmente, metiéndose en sus camas y hasta en sus cuerpos. Dotados de evidencias tan escasas como espurias (contra la píldora, el condón y hasta las T de cobre), amenazan con penas del infierno a quienes más necesitan de la planificación familiar. Pienso que el gran milagro no es ser padres, sino decidir cuándo y cómo, y ese milagro debe estar consagrado también para los pobres, quienes son los que más sufren para sacar adelante cada nueva criatura, en condiciones que nuestra élite siquiera es capaz de imaginar. Ellos, están en su pedazo de primer mundo. Ay, Padre Berríos, no sabe cuánto entiendo que decidiera irse a África, si en su rebaño hay ovejas como el tal Ignacio. Me habría gustado más que se quedara en Chile para lograr que casos como el de este joven sean cada vez menos, pero insisto, lo entiendo.
Barrios para prevenir la inseguridad
Jul. 03 , 2009
Con motivo del Foro Presidencial de Paz Ciudadana, el candidato concertacionista Eduardo Frei presentó una serie de propuestas relativas a prevenir la delincuencia y rehabilitar a los delincuentes, entre ellas la creación de un Ministerio anti delincuencia, la modificación de la orgánica de gendarmería y la creación de tribunales juveniles y otro de asuntos de narcotráfico. Si bien el candidato hace un aporte, en tanto compromete una participación más activa del Estado en materia de prevención del delito -enfocándose en no seguir perdiendo personas a causa de la economía del crimen, y en rehabilitar a los ya caídos-, pienso que es necesario un enfoque más territorial para darle mayor profundidad y mejores chances a la iniciativa.
En los años que llevo desempeñando mi función de investigador en temas urbanos, he visto que buena parte de las motivaciones que los individuos tienen para incorporarse a la economía del delito (“pandillas”, “bandas”, “mafias”) se relacionan con la pobreza de los barrios en que habitan. No me refiero a la pobreza socioeconómica, sino a aquella carencia de oportunidades (servicios y empleo, principalmente) y a la escasez de diversidad social del entorno. Lamentablemente, en muchos de nuestros barrios se sufre esta acuciante realidad, jóvenes a los cuales les cuesta desarrollarse en la sociedad porque tienen “menos uñas para rascarse” en esta época individualista y competitiva. La educación que reciben es deficiente comparada con la de otros jóvenes y les cuesta encontrar empleo. Los pitutos -a los que la mayoría de los jóvenes no pobres pueden echar mano en tiempos de necesidad- simplemente no existen, en tanto casi todos quienes residen en enormes barrios segregados son pobres excluidos de las redes de información laboral. Tampoco ayuda el que los modelos de rol (mayores o coetáneos que “la han hecho” mediante vías legales) son exiguos.
¿Qué es lo que se va anidando en esos barrios? La desesperanza y el descrédito respecto a los valores tradicionales. ¿La educación, el empleo? ¿Para qué? El razonamiento facilita el inicio de un camino que es muy difícil de desandar, el de los valores, preferencias y actitudes desviadas de lo “correcto” (la integración a una subcultura marginal) y que tiene como punto de partida explícito el abandono de las instituciones sociales por excelencia: La Escuela y el Mercado Laboral. Los jóvenes pobres que habitan barrios segregados tienen el doble de posibilidades de entrar en la inactividad juvenil que jóvenes pobres que viven en barrios integrados a la ciudad. El riesgo de que un joven inactivo (que no trabaja ni estudia) termine en las redes delictuales es altísimo, si no total.
En una columna reciente, el sociólogo y urbanista Francisco Sabatini planteaba la necesidad de preocuparse de fomentar políticas urbanas enfocadas en los lugares más que en los individuos. Es una opción por el colectivo barrial, por la implantación de valores comunitarios que sean favorables para la sociedad. Y deben ser los colectivos, las organizaciones, las juntas de vecinos, los que decidan y sean parte vital en la generación e implementación de planes para mejorar sus barrios. Sin ellos , se seguirá replicando el poco exitoso estilo del experto convenciendo a los ignorantes ciudadanos.
Mejorando las oportunidades en las poblaciones, villas y barrios de nuestras ciudades estaremos mejorando las chances de sus habitantes, apoyando visiones esperanzadas en un futuro mejor y fomentando la movilidad social ascendente. Y lo más importante, evitando que los jóvenes, al hacer la suma y resta, opten por desviarse de los valores institucionales.
Los nuevos usos del espacio público infantil
Jun. 11 , 2009
Caminando hace unas semanas por calles de Santiago, cercanas
al Teatro Caupolicán, observé tristemente que es muy difícil que los niños
puedan jugar en ellas. O bien el tráfico es muy pesado y peligroso, o dan la
sensación que por las noches su mala iluminación las torna riesgosas. Recordé
que básicamente me crié en la calle. Las largas tardes de juegos como la
pelota, el tombo, la escondida, y cuántos
otros, fueron las que me formaron. Mi primer beso fue en un rinconcito de la
calle vecina, y las escasas peleas a combos que tuve fueron en la plaza enfrente de mi casa.
Socialicé en el espacio público, diría un sociólogo. Ayudaba mucho el hecho
que mi plaza estuviera justo enfrente del ventanal más amplio. Me sentía
protegido, sí, pero también vigilado. En ese entonces y bajo esas premisas, era
posible que pudiera socializar y formarme en los valores que la sociedad exige.
En esa plaza ya no juegan las/os niñas/os. Lo he comprobado
las veces que vuelto a La Florida a visitar amigos. Está vacía y según me han
contado, algunos adolescentes y otros mayores, no le dan el mejor de los usos.
Los niños se han retirado, juegan a la playstation
mientras la plaza, mi plaza, extraña sus correrías, el barullo, las pichangas.
Varios colegas han descubierto que tras la proliferación de la
playstation hay una ingrata realidad. Los niños ya no salen porque sus padres
están más cómodos con la idea de que sus hijos se eduquen frente a Super Mario o la TV, antes de que se vean expuestos a malas
juntas y pares desviados de los valores tradicionales. Sienten miedo de que sus
hijos ya no sean amenazados por antisociales, sino peor aún, que se transformen en
uno de ellos. En barrios populares
segregados, éste es un asunto preponderante para los adultos.
Sabemos también, que la internet, otro medio utilizado cada
vez más por las/os niñas/os, no es en absoluto seguro. Como cualquier espacio
público (supongamos que lo es) , el desenvolvimiento de los niños merece
supervisión y vigilancia. Aún estamos consternados por los flagrantes
atropellos a la infancia mostrados por Informe Especial, pero la preocupación debe
ser más cotidiana que aquella que nos provoca esta extrema circunstancia. Si nuestras/os niñas/os se
están educando en base a lo que ven en la red, debemos proveerlos de bastantes
rinconcitos de socialización, de desarrollo, de valores, en los que sean
protegidos, y a la vez, vigilados. En ese sentido, es de valorar propuestas como
Internet Segura de VTR y otros proyectos recién estrenados, como Cachipún, la
radio de los niños.
La casa en la pradera
Apr. 29 , 2009
La pasada semana estuve en un seminario en Texas. De vuelta y durante el sobrevuelo a la ciudad de Dallas, no pude sino quedar boquiabierto con la masividad y extensión de las casas con jardín y piscina. Una mancha de aceite interminable, casi eterna, a la que los angloparlantes llaman sprawl. Pude constatar con mis propios ojos y desde la posición privilegiada que supone la ventanilla de un avión, lo que durante años había escuchado, visto y leído en clases, documentales y libros sobre el suburbio angloamericano. Instalado en casa y con la curiosidad renovada busqué entre las rumas de fotocopias un texto clave para la comprensión del modo de vida suburbano. Utopías burguesas, de Robert Fishman, que debe ser uno de los libros más adecuados para entender esta forma de habitar. Inspirado en él y casi plagiándolo desvergonzadamente, comencé este escrito.

Foto: Francisco Sabatini
Desde hace tiempo me ha rondado por la cabeza la idea de que el suburbio es, por una parte, el fruto de una confabulación ideológica antiurbana extremadamente fuerte en los países anglosajones y que se ha expandido al mundo entero. Un antiurbanismo que postula a la ciudad como un sitio enfermo, sucio, pecaminoso, inseguro, estresante, es el germen perfecto al que culpar por el enorme éxito que ha gozado este modo de vida y para que se haya masificado más allá de los límites del “Imperio Suburbano”. Por otra parte, mi tendencia a creer en conspiraciones siempre me sugirió que desde sus inicios en la Inglaterra del S. XVIII, ha sido el producto de una maquinación capitalista lograda entre terratenientes, dueños de líneas de transporte e incluso autoridades locales -luego los fabricantes de automóviles, magnates del petróleo, los retailers y los empresarios de la (in)seguridad ciudadana-. La idea de vivir como en el campo a la vez que en la ciudad, gozando de las ventajas de ambos, debe haber sido una de las más exitosas nociones de marketing que se hayan desplegado en la historia.
Por eso no me impresionó que la segunda de estas suposiciones fuera la misma que motivó inicialmente a Fishman a investigar. Para su sorpresa, más allá del innegable poder de los coludidos, lo que encontró fue algo más fuerte y menos evidente. El triunfo de una potente idea cultural que fue capaz de subyugar al pensamiento dominante de los expertos pensadores del Urbanismo. He aquí lo que el autor llama la “utopía burguesa”
“…El suburbio, pensé, debía ser entendido como una utopía por derecho propio. Su poder provenía fundamentalmente de la capacidad del diseño suburbano para expresar una compleja y subyugante visión de la familia moderna liberada de la corrupción de la ciudad, restaurada en su armonía con la naturaleza, dotada de riqueza e independencia, y sin embargo protegida por una comunidad estable y estrechamente unida”
A muchos urbanistas nos aterra la sola idea de vivir en un suburbio, y nos remite más bien a una pesadilla que a una utopía. Para quién escribe, los motivos sobran, y acá planteo sólo dos:
La falacia de la dulce vida comunitaria: El anhelo comunitario no es más que un eufemismo para señalar a un puñado de casas juntas. Si para la ciudad la vida comunitaria significa barrio (aquel territorio dentro del límite de lo caminable donde se desarrollan relaciones interpersonales frecuentes) en el suburbio lo comunitario está en compartir la idea fuerza del reino de lo doméstico, la vida enfocada hacia el claustro familiar. Y a lo más, en defenderse de cualquier elemento extraño (material o humano) que interrumpa la normalidad (vean E.T. o El joven manos de tijeras). La vida comunitaria está intrínsecamente vedada en el suburbio, primero porque es difícil hacerla desde un auto (más allá de hacer sonar la bocina en señal de saludo) y segundo porque, como dice otro gran académico, David Harvey, no es más que una trampa de control social donde todo está normado para ser estándar.
El mito del acercamiento a la naturaleza: Si la fantasía comercializada por los promotores inmobiliarios nos promete una vida dentro de la naturaleza y lejos de la inmundicia, estrés, pecado y peligros de la ciudad y lo transforma en un mito identitario, cabe decir que esta fantasía no dura mucho. Sobrevive hasta que en los terrenos contiguos la ciudad suburbana sigue su curso expansivo. Así, el gusto de los suburbanitas por el verde se limita solo a jardinear los fines de semana en sus patios. Olvídese de los espacios abiertos donde realizar actividades al aire libre. Y qué decir de que es un mito bastante malfundado si lo que se pretende es enunciar un “amor” por lo natural. Es el suburbio un modo de vida altamente insustentable desde el punto de vista ambiental. Fragmenta los hábitats de numerosas especies vegetales y animales, contamina el aire con los viajes que sus habitantes realizan diariamente en automóviles particulares, derrocha energía en calefacción (es más fácil y eficiente calentar o enfriar un edificio colectivo que una casa unifamiliar), el consumo de agua en piscinas y jardines es abismante, etc…y podríamos seguir.
Como buena “copia feliz del edén”, hemos importado con extremada facilidad este modelo de desarrollo urbano. Sin debates, o con debates monopolizados por expertos proclives a las carreteras y a los autos como símbolos del progreso, el suburbio ha ganado terreno en nuestros ciudades, sin antes habernos preguntado como sociedad, sobre los efectos sociales, económicos y ambientales que ello puede generar. Por poner sólo un ejemplo, tal como van cayendo los montos de precipitación anual, la zona norte de la capital está cada vez más cerca de ser un desierto árido. Que alguien me explique de dónde vamos a sacar agua para sostener el crecimiento de Chicureo de aquí a diez años.
PD: Aún no siento los efectos de la gripe porcina, hasta ahora estoy salvándome.
Empresas de telefonía móvil ayudan a la conservación de la palma chilena.
Mar. 30 , 2009
No se equivocaba Alonso de Ercilla y Zúñiga al titular uno de sus más famosos poemas como “Chile, fértil provincia”. Tan magnífica es la productividad de nuestros suelos, que sólo cabe esperar milagros. Uno de ellos es que lo que se creía una especie en peligro de extinción como la palma chilena, se está recuperando de un modo fabuloso. Y no sólo se recupera, sino que muta y gana en altura y en rapidez de crecimiento. Si antes demoraba 300 años en llegar a los 30 m de altura, hoy supera los 40 m en pocos días. ¡Ay, qué maravillosa tierra nos ha sido heredada!
Dejando de lado la ironía inicial, estamos ante una inusitada colocación de antenas de telefonía móvil (algunas disfrazadas de palmas chilenas). Esta profusa actividad se debe a que el proyecto de Ley que el Ejecutivo ha enviado al Parlamento para su aprobación en ambas cámaras se encuentra dormido desde Noviembre de 2008, fecha en la cual la Subsecretaría de Telecomunicaciones (SUBTEL) dispuso suma urgencia para su tramitación, que no debió sobrepasar los 20 días. De acuerdo al honorable diputado Accorsi, en Noviembre pasado había al menos 2500 permisos de construcción en espera listos para ser ejecutados.
¿Qué ha pasado en el ínterin? Que al no tener un cáracter retroactivo, mientras no se promulgue la Ley en cuestión, las empresas de telefonía podrán instalar esas antenas sin tomar en cuenta las restricciones que impone el nuevo reglamento. En la práctica, que a pesar del pataleo de vecinos de toda clase social, se levantarán torres cerca de colegios y hospitales, en edificios considerados monumentos patrimoniales, saturando el espacio aéreo de contaminación electromagnética más allá de lo recomendado por la Organización Mundial de la Salud, afeando el paisaje, etcétera. Todo con el simple trámite de dar aviso a la Dirección de Obras y el permiso de la Dirección General de Aeronáutica Civil.
Deberemos esperar a que nuestro Parlamento se decida a tramitar esta legislación con la premura debida para poder disfrutar de sus alcances, y para planificar la colocación de los artefactos que han permitido una de las revoluciones más importantes en nuestra sociedad, cual es el acceso democrático de los chilenos a la telefonía. A quienes quieran chequear el proyecto del que hablo, lo pongo a vuestra disposición.
Torre de Codicia, muñón de avaricia
Mar. 14 , 2009
El catolicismo considera dentro de los siete pecados capitales a la codicia o avaricia como uno solo, condenando a todos quienes estamos permeados por esta tradición a entenderlas indistintamente. Tanto en lengua anglosajona como en nuestro castizo son sinónimos que refieren a una pulsión desmedida por acumular riqueza.
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