Santa Teresa: el barrio bohemio de Río
Dec. 22 , 2010

Es uno de los pocos lugares de Río que está plantado en lo alto de un morro y no es una favela. Un distrito bohemio, donde viven cuarenta mil personas con un alto porcentaje de pintores, músicos, poetas, escritores, artistas. Hay cerca de cien ateliers, un cine arte y una librería con agenda de actividades culturales. Santa Teresa es un barrio que tiene otro tiempo: no sólo un acontecer más calmo, también un clima más fresco. Suele haber dos o tres grados menos que en la playa. Por eso, durante los años veinte y treinta, la élite carioca construía lujosas residencias para escaparse del calor y la malaria. Y antes que ellos, habían llegado inmigrantes alemanes, italianos y portugueses. Y todavía antes, los esclavos que huían de las fazendas formaron aquí, en Santa Teresa, los primeros reductos negros –quilombos, en portugués– del estado. Era un lugar alejado, misterioso y alto: un buen escondite. Lo descubrieron las Carmelitas Descalzas, que fundaron un convento en honor a Santa Teresa de Ávila, en el siglo XVIII.
Barrio de artistas
Rita tiene el pelo crespo y los dedos ágiles. Desde temprano, la artista trabaja en una obra de Iemanjá, la diosa del mar. Afuera está nublado, pero en el atelier de Zemog y Rita, en Santa Teresa, parece un día de sol. Hay objetos y cuadros y cuentas de colores en la mesa, en las paredes, en los estantes. El atelier era un viejo almacén del barrio, y todavía conserva los cajones de madera donde se guardaban el arroz, los fideos, el feijão. Al lado, en una mesa grande, ellos trabajan con luz natural. Por la ventana se ven los caserones antiguos, la vegetación tropical y el bondinho, que sube y baja el cerro desde 1896.
“Aquí arriba el tiempo es diferente al de allá abajo, es bueno para crear”, me cuenta Zemog, un artista que se hizo conocido por sus largas hileras de chapitas de bebidas.
Rita y Zemog son originarios de Minas Gerais, y se mudaron a Santa hace varios años, cuando el barrio estaba descascarado, y los antiguos caserones se compraban por poco. Ana Castilho, la dueña de Aprazível, el primer gran restaurante del barrio, también llegó hace bastante, en 1997. “Mis amigos me decían que era una loca, que no podía venirme a Santa Teresa porque era peligroso y estaba lejos de la playa”, me contó Ana, más tarde.
Mientras Río fue capital de Brasil, hasta 1960, el barrio vivió una época de apogeo. Algunas embajadas, como la de Alemania, tenían su sede aquí. Después, cayó de a poco en el olvido hasta que se convirtió en un lugar inseguro. Pero eso era antes. En los últimos años, Santa se transformó en un polo cultural y gastronómico, con restaurantes que rescatan la cocina tradicional brasileña, museos y pequeños hoteles boutique de propietarios extranjeros que un día descubrieron este escondite y no se fueron más.
Mariscala de la elegancia
El atelier de Rita y Zemog queda en Curvelo, una estación del bonde, que sube desde el centro histórico por los Arcos da Lapa, antiguo acueducto. El tranvía cuesta menos de un real y, a diferencia del Tramway de San Francisco, en Estados Unidos, aquí los que viajan sentados en el estribo o colgados no pagan.
Desde Curvelo se puede caminar hasta el Parque das Ruinas, lo que quedó de la mansión de Laurinda Santos Lobo, una rica heredera y promotora de la vida cultural el Río entre 1920 y 1946. La mujer andaba por Santa Teresa en un Chrysler último modelo y compraba sus vestidos en París. La llamaban “la mariscala de la elegancia” y a las soirées que organizaba, con poetas, intelectuales y músicos de la época, podían llegar invitados famosos, como Isadora Duncan.
Después de varios años sin atención, el predio se recuperó como mirador. Tiene vistas desde ángulos menos conocidos: por un lado, el Pan de Azúcar y el aeropuerto Santos Dumont. A lo lejos, el Corcovado. También se ven los edificios principales del centro histórico, que está abajo de Santa Teresa: la Catedral Metropolitana, la Estación Central, el edificio de Petrobras, la Iglesia de Santa Teresa, los Arcos da Lapa y allá lejos, el puente Río-Niteroi. A derecha y a izquierda, las favelas que desde hace tiempo entran en todas las panorámicas de Río.
Al lado del Parque das Ruinas está el Museo Chácara do Céu, donde se expone parte de la colección de Raymundo Castro Maya, empresario exitoso y hombre de muchas inquietudes. En este museo, que fue su casa, se puede ver el distinguido comedor con vajilla de la Compañía de Indias, y el espectacular escritorio de madera de jacarandá frente a un retrato pintado por Modigliani. Hay una sala con óleos del destacado pintor brasileño, Cándido Portinari, y otra con trabajos de uno de los primeros artistas populares del país, Mestre Vitalino.
Volviendo al barrio, el Largo dos Guimarães está cerca del museo y es una referencia. Ahí para el bondinho, y está el Largo das letras, la librería, el cine “Santa”, donde pasan películas que no entran en el circuito comercial clásico.
La calle principal de Santa Teresa y una de las más largas de Río es la Rua Almirante Alexandrino, que da vueltas y se enrosca en las laderas del morro. En esta rua está la Casa da Renata, una residencia que integra Cama e Café, una red de alojamiento en antiguas casonas del barrio. La versión brasileña del bed & breakfast fue creada por un grupo de residentes y da la posibilidad de experimentar eso de sentirse como en casa fuera de casa. Renata Bernardes es una periodista de cincuenta y pico, que se mudó a Santa Teresa en los años 90, cuando todos querían irse porque era un lugar inseguro. En esa época Renata y algunos vecinos y formaron la agrupación Viva Santa, “para sacar al barrio de los policiales y ubicarlo en la sección Cultural”, me dijo fiel a su lenguaje periodístico.
El movimiento fue creciendo y un día de 1996 se les ocurrió abrir los talleres de los artistas para que la gente pudiera conocerlos y ver cómo trabajaban. Así nació Arte de Portas Abertas y muchos cariocas que nunca habían subido al barrio, se acercaron a conocerlo. De ese día pasaron trece años y hoy el encuentro artístico cuenta con el apoyo de empresas de primera línea y está en la agenda de la ciudad. Con el tiempo llegaron nuevos restaurantes, que se sumaron al Bar do Gomes y al Bar do Mineiro, las dos almas del barrio. Abrieron hoteles y se mudaron más artistas y jóvenes. Hoy, Santa está en la agenda de los turistas.
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