Carolina Reymúndez

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Nefertiti o el sol

Sep. 24 , 2011

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En Berlín hay más de 180 museos. Uno lo cuenta todo sobre el Currywurst, la salchicha más famosa de Alemania; otro recorre la historia de la homosexualidad, y hay una isla que reúne los cinco museos más tradicionales de la ciudad: Pergamon, Bode, Neues, Altes y Alte Nationalgalerie. Cada uno tiene un hit y en cada uno se paga una entrada que ronda los 10 euros.

El hit del Neues Museum es el busto de Nefertiti, que está ahí porque lo descubrió un arqueólogo alemán en 1912 (Egipto considera que la escultura fue sacada del país en forma ilegal y la reclama).

Nefertiti, la reina egipcia descrita como la mujer más bella de todos los tiempos, la esposa del faraón Akenatón. Ella, la de mirada tranquila, un solo iris, cuello largo y 3.500 años, está en el museo al que entraré dentro de unos minutos.

El Neues Museum fue bombardeado durante la Segunda Guerra. Hubo obras destruidas y balazos que todavía se ven en las paredes. Nefertiti se salvó porque estaba escondida en una mina de Turingia. Después de una reconstrucción que costó más de 200 millones de euros, el museo reabrió hace un par de años y la reina fue destinada a un lugar especial bajo una gran cúpula.

En la fila para sacar el ticket, una pareja de españoles cincuentones discute sobre si entrará o no. Tienen tres personas adelante, les queda poco tiempo para decidirse. El tipo no quiere entrar, la mujer insiste: "Que vamos, Javier, que vamos, que ya estamos aquí". Hablan fuerte, como si estuvieran en el living de su casa.

"Que no quiero seguir pagando museos en Berlín, Marta. Que sí, mujer, que a mí me gusta la Nefertiti, pero que 10 euros de aquí y 10 de allá, y la audioguía, basta. Estos alemanes se han avivado, ponen el Altar de Pérgamo en un museo, la Nefertiti en otro y así no hay bolsillo que aguante. Ni piernas. Además, no quiero echarme dos horas viendo piedras egipcias, si entro es por la Nefertiti. Pero no voy a entrar, ya lo decidí, ve tú, Marta. Yo te esperaré en el bar de enfrente, tomándome una caña, que quiero aprovechar el sol. Marta, sol en Berlín, eso sí que es una pegada".

Marta resopla y le responde tan bajito que no llego a escuchar. El sigue, a volumen 10: "Y sabes qué, te voy a decir algo, Marta: a la Nefertiti la veo en foto. Mira, aquí te dejo la cámara, cuando llegues a la sala, aprietas este botón y le sacas una foto, ¿vale? Ponle el zoom, y venga, no te quiero con esa cara que nos vemos en un rato".

El tipo se va y la mujer lo mira alejarse hacia la plaza verde, perfecta como un campo de golf. Quizás ella también está cansada de los museos, seguramente le gustaría irse a disfrutar del sol, pero siente la responsabilidad turística de ver a Nefertiti. Como si alguien fuera a tomarle lección.

A Marta la pierdo de vista después de sacar el ticket. Entro al museo, cruzo amplios salones y, de repente, estoy parada frente a vitrinas llenas de piedras egipcias. Adelante hay más y todavía más en el próximo salón y en el otro. Las piedras egipcias me rodean. Entonces recuerdo al español de la fila con un poco de vergüenza. También tengo ganas de estar en la calle, al sol, atenta a los estímulos urbanos de Berlín.

Pensar en el español me libera. Internamente se lo agradezco, busco al cuidador del salón y le pregunto en alemán de primer grado: Wo ist Nefrototo? (¿Dónde está Nefertiti?). El hombre me indica que hay que atravesar un corredor largo, cruzar dos salones y doblar a la derecha.

Allí está la reina egipcia. Quiero perderme en la belleza serena de la escultura, pero no puedo. Más allá del cuello de Nefertiti veo que un cuidador con cara de bulldog le dice a Marta que no. Ella no entiende el idioma, entonces él dice no con el dedo, con el ceño fruncido, con la mirada feroz. No. Y le señala un cartel: está prohibido sacar fotos. 



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