Carolina Reymúndez

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El paisaje habitado

Oct. 17 , 2011

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Si alguien nos viera desde arriba, pensaría que se nos perdió algo. La posición y el empeño hablan de algo pequeño e importante, como las llaves del auto o un anillo de compromiso. Pero no es nada de eso. Estamos agachados -unos cuerpo a tierra, otros en cuclillas- mirando una hermosa añañuca amarilla, la primera de este viaje por el desierto florido.  

Vengo desde Buenos Aires para escribir un artículo sobre el extraño fenómeno natural, y para hacerlo recorro el desierto con una banda de botánicos estadounidenses. Algunos son curadores de importantes jardines, otros miembros eméritos. Cada uno tiene sus mañas, exigencias y gustos, como músicos de rock. 

A veces, mi trabajo se parece al de un espía. De repente, soy parte de un grupo cerrado; en este caso, de un grupo de estudiosos de la flora nativa chilena. Gente que sabe nombres en latín, que rápidamente clasifica en familias, géneros, especies, que trabaja seis días por semana en un botánico y el séptimo cuida el jardín de su casa, que toca cada flor silvestre como si tocara el cachete de una guagua recién nacida. Gente que no está interesada en animales, miradores, platos típicos, paisajes, personas. Groupies de las flores. 

El viaje consiste en andar por rutas interiores de la III Región para encontrar laderas fucsias de patas de guanaco, llanuras enteras de nolanas o suspiros, margaritas entre las rocas, cebollines azules que se confunden con el cielo. Y lograr ver a la niña bonita del desierto: la garra de león, que igual que muchas es endémica, pero como ninguna es de color rojo intenso. 

Frágiles y suculentas, blancas y lilas, este año será para recordar. Las lluvias fueron abundantes y el desierto más seco del mundo se parece a una pradera fértil. El viaje avanza y la diversidad de plantas es notable. Argylia radiata, Poliyachyrus poeppigii, Cruckshanksia pumila, los botánicos deletrean a la perfección las denominaciones científicas; yo prefiero los nombres vulgares: terciopelo, borlón de alforja, rosita. 

Cada descubrimiento es una fiesta. Adentro de la camioneta se escucha: Oh! wow, look, stop! Cuando identifican una nueva especie bajan corriendo como bajaría mi sobrino si enfrente estuviera Ben 10. Entonces, la rodean, la olfatean, la miran, la tocan, la estudian, le sacan fotos y vuelven a la camioneta. Los acompaño, me tiro cuerpo a tierra, me emociono. No puedo dejar de observar: las flores… y a ellos. 

El paisaje floreado pasa por la ventanilla y el curador de bulbos me cuenta que le gustaría que la gente visitara las "colecciones vivientes" como visita museos de arte, que se interesara por la vida de las plantas como conoce el período azul o la época dorada de un pintor. Antes de bajar a ver las malvillas rosadas, le pregunto si es posible tener una familia con una vocación tan fuerte. Me responde con una carcajada: "No había entendido la pregunta, ¡creí que me hablabas de una familia de plantas!".

Pasan pueblos y ciudades; entradas a minas; mineros y pirquineros. Pasan historias de personas y de lugares. Todo pasa, menos las flores, que siempre son la próxima parada. Esta columna no es en contra de las flores ni del maravilloso desierto florido. En todo caso es a favor del matiz, del viaje inclusivo, del paisaje habitado. 

En una de las paradas, cerca de la mina Los Colorados, encontramos a un hombre que arrea unas cabras. No nos detenemos por él, claro que no. Es una planta arbustiva con florcitas carnosas. Mientras los botánicos rodean a la nueva familia, me acerco al hombre: don Guillermo Chacana, habitante de estas tierras desde que nació en Chañarcillo, donde está la mina de plata. Tiene 80 años, ningún diente y un coker inglés que se llama Sultán y es su regalón. El hombre fue pirquinero toda su vida y logró comprar unas cabritas. Se las cuida un empleado, que bajó al pueblo para las fiestas del 18 y todavía no volvió. Quisiera seguir conversando, pero no se puede. Hay que seguir viaje. Estamos apurados como si tuviéramos que llegar al concierto de Roger Waters. 

La camioneta arranca y don Guillermo camina lento hacia una casa a los pies de un cerro. Lo miro alejarse y me imagino su vida, sus años buscando cobre, cuántos desiertos floridos habrá visto sin saber que se llamaba así. Hasta que un botánico se acerca para explicarme la diferencia entre lupinos y astragalus, que por si no saben pertenecen a la misma familia: las leguminosas. No caben dudas: la prioridad son las flores. La de ellos.



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