La compra del mes
Domingo, 19 horas. Otra vez en el supermercado: yo, mis pensamientos, los alimentos. Por qué no habré venido en la semana. Qué depresión notar que llega marzo y que todo es uniformes y útiles escolares, como si todavía fuera una colegiala con la guata apretada por el fin del verano. La gente se desborda por los pasillos, otra vez tendré que pelear por una bandeja de pollo deshuesado. ¿Por qué nunca habrá suficiente pollo deshuesado? Qué bueno llenar por fin mi hambriento refrigerador abandonado en vacaciones. Amor-odio por el supermercado: un lugar atiborrado, que demanda demasiado tiempo y que sale cada día más caro. Y un lugar lleno de cosas ricas, algo que los amantes de la buena mesa no podemos resistir. Pero esta vez debo saltarme la sección de chocolates, no mirar, no pensar en ellos. Qué hambre. Era lindo cuando de chica iba con mi vecina al supermercado, todos los días, a comer. Paseábamos de promotora en promotora al son del easy listening, degustando hamburguesas, galletas y café. ¿Por qué ya no ofrecerán comida? ¿Habrán concluido que la degustación no funciona como estrategia de marketing? ¿Será que los únicos interesados en probar eran los niños y los pobres?
Tomo una decisión rápida. Me pongo a dieta. Echo al carro todas las verduras verdes que encuentro y luego paso a las carnes. Nada de papas, arroz, masas. Dos semanas de restricción, censura alimenticia. En el pasillo del pan me cruzo con un conocido de la adolescencia. Rápidamente miro hacia otro lado, no tengo nada que decirle ni me interesa su vida. Siempre hay indeseables. Se me aparecen de la nada y yo me escurro como jabón cremoso. Debería venir con mi iPod. O con anteojos oscuros, como los famosos.
El supermercado se llena cada vez más. El carro tiene una rueda que no anda bien. Estoy de mal genio. Sí. Ya he intentado deshacerme de esta responsabilidad, pero soy incapaz. Quise traspasársela a mi marido, para comprobar luego que los hombres no desarrollaron bien esa área del cerebro. O muy probablemente la tarea no les interesa, entonces, mejor la hacen mal, así se libran del suplicio. Vamos metiendo al carro paltas pasadas y melones verdes. Qué importan las marcas, las fechas de vencimiento. Según mi marido, da lo mismo lo que él compre, siempre me parecerá mal. ¿Y acaso es mi culpa que siempre compre de más o de menos?
De pronto deseo estar en mi casa y que haya acabado el proceso de sacar las cosas del carro, ponerlas en la caja, luego en bolsas, de vuelta al carro, del carro al auto, del auto a la cocina y de la cocina al refrigerador. Me duelen los pies, pero me animo pensando en el rico aperitivo con mariscos y delicatessen que voy a preparar al llegar. Machas a la parmesana. Camarones apanados. Tostaditas con queso brie derretido. ¿Dieta? ¿Qué dieta?






Posted by Sebastian on March 03, 2009 at 10:43 PM CLST #
Funciona a la perfección :) Ademas puedes pagar on line o con red compra en la puerta de tu casa.
Posted by Jaime on March 04, 2009 at 05:40 AM CLST #
Mi señora hace el pedido en un supermercado especializado sólo por INTERNET y TELEFONO. Es una excelente servicio en comodidad y costo. Ahora tiene más tiempo para ella, para nosotros y mejor genio.
Posted by Pablo on March 04, 2009 at 04:48 PM CLST #
Mi señora solucionó el tema comprando por INTERNET y va al supermercado para cosas puntuales. Como externalidad positiva, no le cambia el genio por el tema de las compras.
Muy descriptivo tu artículo, tienes toda la razón.
Posted by Pablo Sch. on March 05, 2009 at 06:01 PM CLST #