El renacer de Colchagua
Nov. 19 , 2010
Sólo dos horas y media conectan la vorágine de Santiago con la tranquilidad del Valle de Colchagua, tierra huasa de chamantos y espuelas, casonas coloniales y costumbres centenarias. Visitar esta zona es una invitación a desconectarse y a disfrutar con todos los sentidos un recorrido entre viñas, pueblitos tradicionales, restaurantes gourmet y museos que rescatan el rico patrimonio cultural de nuestro país. Aunque las huellas del terremoto aún son evidentes, gran parte de lo que había antes ya se ha recuperado, y Colchagua nuevamente se ha convertido en tierra de placeres.
La piedra angular. Cuando en 1995 se inauguró el flamante Museo de Colchagua, los turistas comenzaron a llegar a Santa Cruz para ver la exhibición privada más grande y variada de Latinoamérica (sólo después aparecieron los hoteles, restaurantes y tours en las viñas). Y es que esta joyita reúne una asombrosa colección de objetos, entre ellos fósiles de hace 300 mil años, artesanía de pueblos precolombinos, piezas del período de la Independencia y una maravillosa muestra de automóviles de distintas épocas. Acaba de ser reinaugurado; el recorrido es fascinante y lleva a niños y adultos en un viaje por la historia del planeta y del hombre, de una forma didáctica y entretenida. Avenida Errázuriz 145, Santa Cruz.
El Chile profundo. Bastan pequeños desvíos en la ruta para conocer pueblitos con casas coloniales y huasos a caballo; en los que se vive como si el tiempo se hubiese detenido hace años. Aquí los estragos del 27 de febrero son evidentes, pero eso no impide ver maravillas como la estación de ferrocarriles de Placilla –Monumento Nacional–, la floreada fachada de las casas de Población o las haciendas tradicionales de Marchigüe. Un imperdible es el pueblo de Lolol, cuyo centro histórico fue declarado Zona Típica por sus calles adoquinadas rodeadas de casas de corredores continuos. Además, aquí está el Museo de Artesanía Chilena, que hace un recorrido por las diferentes culturas de Chile.
Una experiencia única. Colchagua huele a romanticismo, con encantadores hoteles, exquisitos restaurantes y enormes viñedos donde pasear de la mano. A los clásicos tours de degustación de vino en las bodegas, hoy se han sumado actividades como recorridos en bicicleta, caminatas, días de campo, etc. Por ejemplo, en la viña Viu Manent, en Cunaco, se hacen clases de equitación, y la Viña Santa Cruz, en Lolol, ofrece un circuito en el que un teleférico lleva a los turistas a una aldea indígena con réplicas de una casa tradicional aymara, una rapa nui y una ruca mapuche. Ahí también está el Centro Astronómico Cerro Chamán, con tours especiales para los niños.
Placer sibarita. Muchos de los restaurantes que convirtieron a Colchagua en un paraíso gastronómico están otra vez listos para deleitar a los visitantes. Entre ellos el clásico Panpan Vinovino (Camino San Fernando a Santa Cruz, km 31, Cunaco), que ocupa una panadería de más de 185 años, y es reconocido por su sofisticada versión de la comida criolla. O la Casita de Barreales (Barreales s/n, Santa Cruz), con deliciosos platos peruanos. Otra alternativa es el Vino Bello (en Viña Laura Hartwig, Barreales), con una apuesta de comida italiana con toques americanos, y El Candil (Km 4, sector La Lajuela, Santa Cruz), de abundantes platos de carnes y pescados, y un excelente servicio. Todos ellos, por supuesto, con los mejores vinos de la zona.
Día de granja. Además de ser una parada obligatoria para comprar quesos, manjar y unas calugas que le recordarán su infancia, en la Lechería Los Maitenes pasará una entretenidísima tarde con los más chicos. Ellos podrán conocer la lechería y ver los procesos de elaboración de la leche, ordeñar las vacas, alimentar
con mamadera a los terneros, darle comida a los pollos, buscar gallinas y jugar con los animales de la granja. Y si quiere quedarse más tiempo, la dueña organiza desayunos, almuerzos y onces tradicionales, con huevos de campo, quesos frescos y maduros (con hierbas, pimienta, orégano o merquén), jugos naturales, manjar blanco y mermeladas caseras que van desde las tradicionales, como la ciruela o naranja, hasta otras más exóticas, como la betarraga y el pimentón. También puede ver y comprar los tejidos que ella misma hace, con lana obtenida del criadero de alpacas de la granja y utilizando la antigua técnica del telar. Hay que avisar con anticipación. Fundo Los Maitenes, Camino Pichidegua en Marchigüe.
Tradiciones chilenas. Todo puede comenzar en el delicioso restaurante de la Viña Casa Silva, para probar los mejores y más sofisticados platos de la cocina criolla: arrollado de huaso, chupe de centolla, fricasé de filete y otros manjares, obviamente acompañados de sus premiados vinos. Luego, toda la familia puede
pasar una agradable tarde en la viña, especialmente en la zona del club ecuestre y la medialuna, donde los niños pueden tomar clases de equitación o ver demostraciones de un juego de Polo y del tradicional rodeo chileno. También se pueden hacer paseos en carruaje por el Fundo Angostura para disfrutar de la belleza del Valle de Colchagua. Hijuela Norte, San Fernando.
Sobre ruedas. Las familias más aventureras pueden recorrer el valle arriba de una bicicleta. Son varias los lugares que ofrecen esta alternativa, entre ellos Viña Las Niñas, que tiene senderos de trekking y Mountain Bike por las laderas de la viña, desde donde se tienen espectaculares vistas del Valle de Apalta. Y los que buscan algo más tranquilo pueden optar por el día de picnic, que consiste en disfrutar de una canasta con copas, sándwiches y frutas entre los viñedos, al lado del tranque o en la cumbre del cerro. Parcela 11, Millahue, Apalta.





