Muerte de Alfonso Calderón: La ironía de los tímidos
Aug. 10 , 2009
Cuando el mundo aplaudió a Sergio Pitol y a Claudio Magris, recién entonces los chilenos descubrimos la dimensión que tenía el aporte de Alfonso Calderón a las letras chilenas. Y eso no fue hace mucho. Porque al ganar el Premio Nacional de Literatura en 1998, se desató una trifulca mezquina donde muchos pusieron el grito en el cielo. Hubo que escuchar afirmaciones patéticas de miopes que consideraban que no era posible otorgarle el principal galardón a un autor que no tenía obra.
Pero Calderón parecía no tener tiempo para esa clase de chimuchina. Con pasos más bien cortitos pero veloces, los mismos con que caminaba en el centro de librería en librería o desde uno de sus talleres de lectura a una editorial, para vigilar su próxima publicación, Alfonso fue faltándole el respeto a las convenciones literarias hasta generar una obra sólida, variada y original. Ya fuera en sus crónicas, en sus libros de viajes, en sus diarios y en tantos otros de difícil clasificación, su estilo surgía inconfundible, incisivo y lleno de referencias de todo tipo: culturales, anecdóticas, históricas, cinematográficas. Tal como fue siempre su conversación. Una mezcla sorprendente de digresión y capacidad de ir al hueso. Ya es hora de que se reconozca que fue un adelantado de esa nueva tendencia que entrelazó los géneros sin restringir lo creativo sólo a la ficción.
Como era acelerado nunca dispuso de tiempo para formar discípulos. Quizá por eso los tuvo en abundancia. Como verdadero maestro no imponía, sólo compartía su memoria y sus lecturas. Fue mi profesor de redacción en la universidad y, como a muchos, me dejó una huella que ha marcado mi trabajo. Lo recuerdo en clase con la ironía de los tímidos, hablando con igual pasión de fútbol, de Balzac o de comida siciliana.
Nos contagiaba el entusiasmo por la lectura de Edwards Bello, el interés por la crónica roja, la utilidad de los archivos, el gusto por recorrer barrios, la necesidad de observación. Aprendí la dignidad del detalle, la gracia del semitono, pero acaso lo que me enseñó en forma indeleble fue el aprecio de la memoria, que no es otra cosa que la valorización de la persona.
Le escuché alguna vez decir que La Belle Epoque fue sobre todo un estado de ánimo. Me atrevo a señalar que Alfonso Calderón también y así quisiera recordarlo.




