Cumpleaños feliz para Julius
Oct. 14 , 2011
Una edición conmemorativa es la fiesta de cumpleaños que editorial Alfaguara preparó para Julius, ese personaje entrañable que le brindó reconocimiento mundial a Alfredo Bryce Echenique.
Cuando el universo representado por el llamado boom latinoamericano con novelas totalizadoras y de atmósferas mágicas parecía tocar fondo o al menos encontrarse bajo la amenaza de repetirse a sí mismo, apareció Julius.
Un niño de orejotas como alfajores-voladores, las manos pegaditas al cuerpo, como un soldado distraído en atención cuya historia parodia la historia con mayúscula y los contrastes paradójicos de nuestro continente. Toda una renovación de la forma de leernos a nosotros mismos.
Los estudios preliminares de Julio Ortega, César Ferreira y Jorge Eslava que enriquecen esta edición, explican la vigencia cuarenta años después de Un mundo para Julius que más que un relato de aprendizaje es una suerte de valsecito peruano hecho novela.
Su popularidad prueba que es un relato magistralmente escrito. También demuestra que la infancia despierta una especial sensibilidad siempre porque se trata de una etapa que está presente durante toda nuestra vida.
Quizás no haya un mejor mirador para asomarse a la extrañeza del mundo que la infancia. Un niño no alcanza las manillas de las puertas, las sillas le dejan los pies colgando y las conversaciones de los adultos están llenas de frases incomprensibles y códigos desconocidos. Con todos esos ingredientes, la imaginación infantil fabrica un imaginario que covije a la espera de crecer y que el mundo se torne, inteligible y acogedor. La visión infantil es un espejo que tergiversa los hechos solo para clarificar mejor su dimensión mounstrosa a ratos y siempre inabarcable.
Pese a que este tipo de relatos resultan tan atractivos, no es fácil encontrar historias logradas. Por lo general la voz del narrador termina por escucharse impostada. Se adivina el adulto que hay detrás del personaje simplificando la niñez. La literatura chilena sin ir más lejos, no abunda en personajes infantiles. El niño que enloqueció de amor de Eduardo Barrios, El Paraíso de Elena Castedo, son de los pocos títulos que se me vienen a la mente.
He tenido la fortuna de leer recientemente dos relatos que se adentran en historias desde la inquietante mirada de la niñez. La novela de Alejandro Zambra que tiene además ese título tan afortunado, Formas de volver a casa, acaso una expresión que sintetiza como ningún tratado la relación que cada uno construye con el niño que fue y metaforiza lo que al fin de cuentas es la vida, un viaje para volver al origen... De menor calado y ambientada una década después, La soga de los muertos de Antonio Díaz Oliva revisita los noventa con la mirada de un niño nerd.




