A Chile le faltan damas indignas
Jan. 20 , 2010
“También los dioses se aburren las tardes de los domingos” anota la descreída Esther Tusquets en su nuevo volumen de memorias publicado en España bajo el título de Confesiones de una vieja dama indigna. Esta hermosa frase es una afirmación de agnosticismo, de acuerdo, pero es mucho más que eso. Es una manera de pararse frente al mundo, de tomarse la libertad de aventurar, contradecirse y de equivocarse.
Tusquets relata como, desde una familia burguesa y franquista de la postguerra se deshizo de los prejuicios que la acompañaban para vivir a su aire con un sostenido amor por el riesgo y las apuestas duras...“aunque la vida que llevamos los hombres en el planeta Tierra sea (para unos más que para otros) loca, entendí muy pronto que no iba a disponer de otra y que lo mejor sería devorar ésta con glotonería, ávida de todos sus sabores, de todo cuanto pudiera ofrecerme, que ha sido mucho”.
Si ya es llamativa esa actitud de vida sobre todo para los años sesenta cuando esta vieja dama indigna era joven, todavía más notable resulta que lo cuente sin tratar de quedar bien con nadie, por supuesto partiendo por ella misma.
¿Es posible encontrar escritos similares en la literatura chilena poco dada al género memorialistico? Me inclino a pensar que entre nosotros quien escribe sus memorias no deja de pensar un minuto en quiénes, cómo y por qué lo leerá.
Bueno eso creí hasta que leí Correr el tupido velo de Pilar Donoso que cuenta su historia como la vivió y no como le gustaría haberla vivido, sin temor al fisgoneo mezquino de esta provincia. Pero son pocos los casos. Hacen falta pues más damas indignas como Esther Tusquets, cuyo libro, de seguro, no llegará a Chile. Por eso copio aquí algunos párrafos como para abrir el apetito.
“Si, cosa que no creo, soy consciente en el momento de mi muerte de que me estoy muriendo, me reconfortará pensar que nada me he perdido por prudencia o pereza, que le he arrancado a bocados a la vida –a las buenas o a las malas, y algunas veces a un precio exorbitante, por eso me siento exonerada de darle las gracias- cuanto a puesto a mi alcance”.
“Mamá es un caso extremo. Casada con un hombre al que no ama, se siente doblemente frustrada. La casa no le interesa, no revisa las cuentas de la cocinera, porque nunca ha sabido lo que vale un kilo de tomates, ni ha tenido la curiosidad de asomar la cabeza a un mercado. (…) Al terminar la década de los 50, mi madre era la mujer con más talento –talento despreciado- y mayor descontento que yo conocía, y creo que nadie se ha aburrido tanto como ella se aburría y se seguiría aburriendo el resto de su vida”.
“Casi siempre cuando un hombre –o una mujer- alardea de estar haciéndote algo especial, que te marcará para siempre, está haciendo lo mismo que hacen todos, o casi todos, y en definitiva el ridículo, porque no se trata de eso, la cama es otra cosa…”.
“Los hijos –tengo dos-, esos seres peculiares por los que una piensa que ha hecho mucho -teniendo en cuenta el grado de egoísmo que en sí misma reconoce-, auténticos gestos heroicos y otros de una delicadeza y sensibilidad infinitas, y que lo han aceptado con absoluta naturalidad, convencidos de que se les debe y mucho más, de que se les debe todo y de que no hay motivo alguno para la reciprocidad, no es un camino de ida y vuelta, es un camino de dirección única.
Los padres debiéramos tenerlo muy pronto aprendido y aceptado, pero no es así. Y le sorprende a una durante bastante tiempo descubrirse ante ellos rendida casi de antemano, aunque intente inútiles gestos de protesta, pues los hijos son, al menos para mí, y eso sí lo descubres pronto, irrenunciables. Puedes romper con tus padres, con tus maridos, con tus amantes, incluso con tus mejores amigos, pero no puedes romper con tus cachorros, y eso te deja inerme entre sus manos, y causa cierta molesta irritación”.
“A mi me constaba, desde un principio, que Camilo (José Cela) tenía un pasado político turbio, que era un tipo ególatra y desconsiderado; me molestaban su deliberada grosería, su vanidad, su grandilocuencia, su afán por acumular premios y honores, su obsesión –para mí ridícula ya entonces y no digamos en mi actual condición de vieja dama irrespetuosa- por el Nobel, su afán desmesurado de dinero. Me sacaba de quicio el modo en que trataba a los camareros, a los dependientes, a los taxistas, y en ocasiones a todo dios”.
“Descubrí, a lo largo de estos años, que, además de no ser seguramente capaz de un amor que llegara, metamorfoseado en lo que fuera, hasta la muerte, yo prefería, en este único espacio de que disponía, no la felicidad, sino la intensidad”.





jajajaj
Posted by david p. on January 20, 2010 at 09:17 AM CLST #
Posted by Chenano on January 20, 2010 at 09:29 AM CLST #
Posted by Andres Velarde on January 20, 2010 at 09:53 AM CLST #
(conversaban de lo lindo y creían que uno no escuchaba y/o no entendía....)
Que ganas de leer el libro ahora para las vacaciones
Posted by Felipe G. on January 20, 2010 at 10:35 AM CLST #
Gracias por compartir buena literatura. Se agradece la frescura de la elección.
Posted by Perséfone on January 20, 2010 at 11:06 AM CLST #
Posted by roger on January 20, 2010 at 11:43 AM CLST #
Posted by Carolina G. on January 20, 2010 at 11:58 AM CLST #
Posted by Luis A. Molina on January 20, 2010 at 12:03 PM CLST #
Posted by Chenano on January 20, 2010 at 01:40 PM CLST #
Disfruto mucho tus columnas.
Posted by Leonardo Cofré on January 20, 2010 at 03:28 PM CLST #
Posted by yayita on January 20, 2010 at 09:34 PM CLST #
Posted by Yoga on January 21, 2010 at 01:24 AM CLST #