César Barros Montero

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El lugar de las mujeres: Las tres K

Jan. 30 , 2011

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Publicado en La Tercera, 30 de enero 2011

 ADOLFO Hitler confesaba a sus íntimos que la mujer alemana debía primordialmente dedicarse a las tres K: Kinder, Kuchen und Küche (niños, queques y cocina). Básicamente, debía ser una buena madre y una buena dueña de casa, que era "el lugar que les correspondía en la sociedad". De hecho, en el partido nacionalsocialista, las asociaciones femeninas (la Bund Deutscher Mädel y la NS-Frauenschaft) no tuvieron mayor relevancia. Y no fue sino hasta fines de la II Guerra Mundial, en que Alemania declaró la famosa "guerra total" (Total Krieg), cuando el partido preconizó, finalmente, la llegada de las mujeres a las fábricas alemanas, cuyos trabajadores estaban siendo diezmados por la guerra.
En Chile, hay personas y grupos que creen más o menos lo mismo: que el lugar de las mujeres está en su casa, cuidando y educando a sus niños y atendiendo al marido proveedor.
Estos grupos se encuentran entre los ultraconservadores neo jansenitas y también entre los "progres". Es una extraña mezcla difícil de entender y aún más difícil de explicar.
Lo de los conservadores es más o menos claro: la mujer no puede ser suplantada ni por nanas ni por profesores en la educación moral y de principios de los hijos, y esa es labor de las madres, que deben posponer a este fin superior sus inquietudes y ambiciones profesionales y materiales.
Los "progres", en cambio, van por otra senda: al imponer "reivindicaciones obligatorias" a las mujeres les impiden, de hecho, que tengan una demanda robusta en la fuerza de trabajo. El posnatal de seis meses, el prenatal extendido, las salas cunas obligatorias, el fuero maternal y toda la parafernalia legal que las protege, las hace al mismo tiempo poco competitivas como trabajadoras, por el costo que impone la legislación a sus empleadores.
Y es una pena, porque hoy en Chile la mujer está teniendo mejores indicadores de educación que los hombres. Y Chile las necesita urgentemente en su fuerza laboral, porque no puede haber crecimiento económico acelerado sin un capital humano que lo acompañe.
Pero parece que la decisión política en Chile es que mejor que las mujeres se queden en sus casas, renuncien al "segundo sueldo familiar" y se dediquen a cuidar niños per saecula saeculorum. Tema en el cual parecen coincidir la extrema derecha con la extrema izquierda. Y los políticos chilenos ídem. Si no, no se entiende cómo vamos avanzando en esa dirección en forma constante y consistente, sin que se vean signos de cambio de rumbo. En que nuestras cada vez mejor preparadas mujeres van derechito a dedicarse, en el largo plazo, al "K, K und K".
Y algo similar ocurre en la competencia laboral entre jóvenes y viejos. La clase política chilena impone un severo impuesto al "recambio laboral". Cuando un empresario quiere cambiar a un trabajador de más edad por otro más joven y mejor capacitado, debe pagarle al que se debe ir, un mes por año de servicios. Esto tiene muchísimos efectos colaterales. Uno es que los trabajadores jubilados siguen trabajando en vez de "jubilarse", porque para desligarlos de su trabajo hay que pagarles el mes por año y mientras más viejos, mayor es el costo. Lo segundo es que se crea un "tapón" en la chimenea, que impide que los trabajadores más jóvenes asciendan en las organizaciones, no obstante su mejor capacitación y ene
ía. Como consecuencia de esto, hay un desempleo abismante entre los jóvenes y tasas mucho más bajas de desempleo entre los trabajadores de mayor edad. Y, finalmente, dejando fuera del trabajo a las generaciones con mejor educación, preparación y energía, nos quedamos atrás en nuestro tránsito a la modernidad, a la economía del conocimiento y a la derrota de la droga y del crimen (temas fuertemente afincados en los jóvenes sin trabajo y sin expectativas).
El tema de la "flexibilidad laboral" no es un tema de egoísmo de los empresarios: nuestras políticas laborales atentan en contra de los jóvenes más educados, de las mujeres mejor preparadas y es un ejemplo de cómo hacer mal las cosas en el largo plazo, por los votos del corto plazo (y cómo, por desprecio a quienes hacen esas políticas, además los jóvenes no votan. Total, who cares...).

Por César Barros, economista



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