Nuevas temporadas: Cosecha dispareja
Nov. 25 , 2011
Publicado en La Tercera, 25 de noviembre, 2011
En ciclos donde las series nuevas han sido decepcionantes, vale la pena echarle mano al regreso de los conocidos de siempre, aunque la calidad varíe.
En medio de una temporada de estrenos decepcionante, vale la pena echarle mano a los conocidos de siempre para ver ficción en la pantalla, aunque la cosecha siga resultando dispareja.
En ese panorama, lo que ofrece Boardwalk empire en su segunda temporada es particularmente alentador. La serie todavía tiene un saldo pendiente, una brecha, entre lo que aspira a mostrar -un retrato épico de la mafia en todos sus aspectos que se traduzca en una serie memorable- y lo que efectivamente pone en pantalla. Pero el segundo ciclo, que exhibe HBO los domingos, a las 21 horas, agregó temáticas que humanizan a los personajes, que los acercan a la audiencia y que se convierten en un real aporte a la narración. Entre lo más interesante está la exploración de los distintos niveles y encarnaciones de paternidad. Todo reflejado en la relación entre Nucky (Steve Buscemi), Jimmy (Michael Pitt), el Comodoro (Dabney Coleman) y el hijo de Margaret, Teddy. El juego de lealtades, afectos, la sangre versus crianza, los roles a imitar, le da un espesor que a ratos se echaba de menos en el primer ciclo, que estuvo más preocupado de configurar el universo donde se desarrolla la historia y establecer las conexiones en la extensa galería de personajes de los que se ocupa.
El regreso de Grey's anatomy (los lunes a las 23 horas por Sony), con su octava temporada, también trajo un panorama positivo. Después de un final de ciclo derechamente malo, donde no sólo se recurrió a recursos dramáticos repetidos, sino que además los guionistas traicionaron a sus personajes, actualmente la serie muestra señales de recuperación, dentro de su nicho que no tiene grandes ambiciones de profundidad, pero que sí entretiene y logra construir roles queribles. La estrategia para lograrlo ha sido, básicamente, despejar las complicaciones innecesarias y el melodrama exagerado en el que cayó el último tramo del ciclo pasado, y volver a las fortalezas de su historia: el foco en las relaciones amorosas y de amistad entre los doctores protagónicos, mezclado con el caso del enfermo de turno. Todo aderezado con la ocasional catástrofe vial o climática que pone una necesaria porción de acción y tensión a la narración.
En la vereda contraria está lo que sucede con Two and a half men (los miércoles, a las 22 horas por Warner Channel). Pero no, como se podría esperar, por el cambio de protagonista: Ashton Kutcher reemplazó a Charlie Sheen desde esta temporada. Hace años que esta comedia va cuesta abajo, y en este ciclo, el problema sólo se agudizó. Kutcher tiene gracia y le pone empeño, pero no logra salvar por sí solo a unos guiones que cada vez resultan menos graciosos, más flojos y de peor gusto. En los episodios más recientes, las bromas resultan tan manoseadas que se adivinan con holgada anticipación y decreciente humor.
Empeorando el panorama está el hecho de que el programa cada vez hace menos intentos por encubrir la misoginia crónica que está en su fondo y, aún más imperdonable, ni siquiera la convierte en bromas efectivas, sino que sólo en un elemento odioso más.
Una situación parecida en cuanto al desgaste sufre House (los jueves a las 22 horas por Universal Channel). El primer episodio de la octava temporada, como ha sido la costumbre hace un par de años, destaca por su calidad, con Hugh Laurie haciendo gala de por qué su interpretación ha sido tan elogiada y una historia que le da frescura a la fórmula. Pero es sólo un chispazo, y a poco andar el programa vuelve a su receta. Lo malo es que, si en sus comienzos fue tremendamente eficaz, ahora -y producto de cómo han extremado la personalidad de su personaje protagónico más allá de lo verosímil- sólo se asoma agotadora.
Mejor suerte tuvo The mentalist. Su anterior ciclo había dejado la vara alta en términos de calidad y a sus guionistas en un problema que se vislumbraba de difícil solución. Pero en su regreso, la serie protagonizada por el estupendo Simon Baker logra, improbablemente, sortear de manera digna y satisfactoria el dilema de haber "matado" a Red John, el sicópata que está al centro de la serie, para dar paso a un cuarto ciclo que cumple con el estándar de calidad que hasta ahora ha establecido el programa. Y que deja abierto el espacio para mejorar.
CSI, en tanto, encontró una buena solución para el problema de su desgaste y, de paso, demuestra lo clave que puede llegar a ser la interpretación de un solo actor. La incorporación de Ted Danson como el nuevo jefe de los investigadores forenses rescata, en su personaje, los elementos que hicieron que el programa creara escuela y ayuda a revitalizar a un elenco que, con Laurence Fishburne a la cabeza, se veía cada vez más de capa caída y desganado. Los casos siguen siendo demasiado rebuscados, las justificaciones para los crímines absurdas y las atribuciones de los detectives inverosímiles, pero cuando las líneas las está diciendo Danson, resultan mucho más digeribles y reconecta con la entretención del formato.




