Torres del Paine, por Bárbara Thayer
Jan. 07 , 2012
El horizonte se ve naranjo con las llamas", nos contó Sebastián vía teléfono satelital, un día después de iniciado el incendio. El estaba en el lodge que administra, a los pies de las Torres del Paine, en la Estancia Las Torres. Eran las 11 de la noche y, como es costumbre en el verano, el sol recién se estaba poniendo. El viento era uno de los más fuertes de la temporada, probablemente alcanzaba los 120 km/h. "El fuego vuela y prende, cambia de dirección y sigue", continuó. En ese momento se estaban quemando los alrededores del lago Pehoé, salvando de milagro el Refugio Paine Grande y el Hotel Explora. Mis compañeros de mesa en vez de comer fumaban sin tregua. No era para menos, ya que son dueños de un lodge en la zona este del parque, que en el incendio de 2005 estuvo a metros de arder.
En ese mismo estado de nervios se encontraban, probablemente, todos los empresarios turísticos de la región, entre otros. A las pérdidas personales de cada caso, se sumaba la angustia por la naturaleza devastada: está en llamas el golden child de Chile, como le han dicho algunos medios extranjeros, nuestro símbolo mundialmente conocido de la Patagonia, un lugar único por su diversidad y paisaje.
"El fuego está fuera de control, a esta altura la única esperanza es que pare el viento o que llueva", dijo uno de ellos y tragó con rabia un sorbo de cerveza.
Inevitablemente, lo primero es rabia, porque pudo evitarse. Luego, las preguntas sin respuesta: ¿cómo, en seis años, ha habido dos incendios con la misma causa? O tenemos mal karma o repetimos el error. De hecho, nuestro actual "culpable" es casi idéntico al anterior, sólo que en vez de ser checo es israelita y, en vez de haber prendido una cocinilla, pensó que era mejor quemar el papel higiénico que llevárselo y botarlo en el refugio.
Hoy se habla de millonarias inversiones en aviones más efectivos que, el también millonario y poco efectivo, helicóptero de la Conaf; de concesionar a privados la administración de parques; del inexistente plan de emergencia, y de nuevas leyes que aumenten penas y multas. Pero es mucho lo que se podría hacer con pocos recursos y más organización.
Una acción es imitar al SAG, que tiene inspectores voluntarios en todo el país denunciando cuando se pesca en época de veda, cuando se caza una especie protegida o se tiene como mascota a un loro choroy. Los guías con que cuenta el parque podrían, después de una capacitación, actuar como inspectores de Conaf. La única inversión sería un puesto policial, capaz de fiscalizar y arrestar a responsables tras las denuncias.
Sin ir más lejos, en la Patagonia argentina, los guías tienen un rol fiscalizador. Allá, además, no se permite la entrada sin uno de ellos. En el caso de Torres del Paine, son cerca de 60 mil los turistas que entran sin guía a las rutas de trekking cada temporada. En las porterías podrían hacerse grupos de ocho y exigírseles, por seguridad, llevar un guía acreditado.
Debería, sin duda, prohibirse a los viajeros independientes entrar con cualquier material combustible. De hecho, no es necesario, ya que en todas las estaciones se ofrece servicio de restaurante o bien, de cocina para que ellos mismos cocinen. Otra opción es obligarlos a comprar comida en refugios concesionados.
Otra iniciativa interesante de los argentinos son los voluntarios acreditados por los guardaparques, generalmente jóvenes estudiantes e inspirados, dispuestos a partir a un puesto a cambio de comida y techo. Así, en los senderos para caminantes, cada 500 ó 600 metros, siempre te los encuentras.
Nuestra realidad, en cambio, es que el viajero llega a la portería, escribe su nombre, paga entrada, firma un papel asegurando que leyó las políticas de seguridad y nunca más se supo de él. Este año ni siquiera había guardaparques en todos los puestos de Conaf, ni qué decir de alguna presencia entre los senderos. Así de paupérrima es la situación.
¿Es justo, dadas las condiciones, culpar al mochilero de turno, o corresponde cuestionar, más bien, la capacidad y voluntad de las autoridades para custodiar nuestro patrimonio natural?
Sebastián pasó en guardia toda esa noche, viendo cómo las llamas crecían en la distancia, más allá del lago Nordenskjold, al oeste del parque. Asustado por el antojadizo curso de los vientos, volvió a llamar en la madrugada para anunciar que evacuaría a los turistas y al staff. Este año nuevo, definitivamente, no sería con champagne admirando las majestuosas Torres del Paine.





Posted by Francisco Salinas on January 07, 2012 at 11:08 AM CLST #
Posted by Manuel Soto Ramírez on January 07, 2012 at 01:01 PM CLST #
Posted by Erasmo bernales ochoa on January 07, 2012 at 02:07 PM CLST #