Rito Chamula, por Bárbara Thayer
Nov. 26 , 2011
Voy a San Juan de Chamula, ¿vienes conmigo?", dice, apurada, una de las amigas con que viajé a San Cristóbal de las Casas, en Chiapas (México), para participar del Adventure Travel Summit 2011. Es medio día de la cuarta y última jornada de esta cumbre de turismo que tiene colapsado el centro del pueblo.
Parto tras ella, sin pensarlo. Corremos entre la gente hasta una avenida de adoquines, donde una camioneta, vieja y mal estacionada, nos espera. El conductor es Sebastián, un lugareño de 25 años, dueño de un restaurante vegetariano, a quien conocemos por una larga historia de coincidencias.
Apretados en la única cabina, recorremos los 10 kilómetros que bordean un bosque nuboso y conducen a San Juan de Chamula. San Juan, por Juan Bautista, y Chamula, por los mayas que habitan la región: tzotzil, tzeltal, mame, tjolabal y choles.
De los tres millones y medio de habitantes del estado de Chiapas, un tercio es descendiente directo de los mayas y 2.000 viven en San Juan de Chamula. En 1524 perdieron la batalla contra los españoles y éstos construyeron la iglesia que Sebastián, convertido en nuestro "guía", insiste en que conozcamos.
Estacionamos la camioneta y caminamos por la calle del mercado hasta la plaza, donde un grupo de fieles da vueltas, repitiendo una melodía monótona, al son de una guitarra. Van moviendo una especie de incensario con un fuego ritual. Cantarán y caminarán durante horas, hasta entrar en trance: son chamanes en busca de visiones.
Pagamos una entrada de 40 pesos y el boletero nos advierte que está prohibido fotografiar a la gente y a la iglesia por dentro, tampoco se puede filmar, todo bajo amenaza de presidio o, peor aún, de recibir una golpiza por parte de los lugareños. No hay problema, con el apuro no trajimos ni celular. Los chamulas creen que las fotos les roban el alma.
Al cruzar la puerta, lo que parecía una iglesia católica se convierte en templo pagano. No hay banquetas ni altar. El suelo está cubierto de ramitas de pino frescas, las que con el olor del copán dan un aroma a bosque encerrado, a cueva ritual. Los cantos en lengua tzotzil son una música constante.
En esta iglesia no han tenido un sacerdote a cargo desde 1968. A los que cada cierto tiempo envían, sólo se les permite bautizar, ya que este ritual tiene un símil en la cultura chamula, y algunas veces, celebrar casamientos: "Cuando entra a la iglesia un cura, 20 chamanes van junto a él, nunca están solos", dice Sebastián.
Pegados a las murallas laterales hay decenas de urnas con santos católicos vestidos con mantas indígenas, a las que les han colgado espejos y ofrendas. Caminamos con sigilo, observando. Grupos pequeños de fieles abren un espacio entre las ramas y prenden velas frente a un santo. Les ofrecen botellas de coca cola, fanta guatemalteca y pox (suena "posh" ), el licor local, hecho a base de maíz.
Observo a una mujer a quien la curandera le pasa una bolsa con huevos por el cuerpo. Luego a otra, que acaricia a una gallina, se la resfriega a un niño enfermo y la mata. Todo está oscuro y silencioso, salvo por las velas y los conjuros. Sebastián comenta que las comunidades son adictas a la coca cola.
Pienso en los líderes espirituales muertos y, también, en sus legados perdidos, en las etnias exterminadas, en las culturas que se mezclan, en los chamulas que son mexicanos, mayas, católicos, paganos, chamanes, rebeldes políticos, consumidores de coca cola y más.
"Prendamos velas", sugiere mi amiga. Pido permiso a un guardia que nos mira extrañado y asiente. Elegimos a la última santa, una niña, apartamos las ramitas y prendemos una vela tras otra, susurrando nombres, dejando nuestras intenciones pegadas con cera al suelo de este templo.
* Periodista y directora de Mandala Viajes.




