Bárbara Thayer

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Feliz año 2553

Apr. 13 , 2010

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Bangkok está que arde, literalmente. Hay más de 40 grados de calor, humedad extrema, hordas de mosquitos y, para colmo, unos 50 mil manifestantes durmiendo en las principales avenidas, lo que ha hecho colapsar al insoportable tráfico de siempre. Pero no importa, como sea, la población se prepara para Songkran, el año nuevo Tai, ese donde todos buscan purificarse en una guerra de agua descomunal que limpiará, Buda mediante, hasta la política.

Está en la historia de la humanidad. Desde tiempos inmemoriales sumergirse en una corriente de agua ha simbolizado el renacer. Juan utilizó las del río Jordán para bautizar a Jesús. Las pitonisas del Oráculo de Delfos se sumergían en la fuente de Castalia para entrar en contacto con Apolo y los hindúes lavan su karma en el santo río Ganges.

En abril las calles huelen a Distrito Federal mexicano, a suburbio en Nueva Delhi, a Buenos Aires en pleno febrero. La sensación térmica se mantiene toda la noche, igual que el trinar monótono de los ventiladores. Bangkok, para mi, fue una puerta de entrada y un centro de operaciones. Desde aquí recorrí el sudeste asiático y volé al subcontinente indio. Vine al doctor, a renovar una visa, a hacer un trámite bancario. Con los mercados más increíbles del planeta, fue desde donde abastecía una tienda playera en Chile.

Si aterricé un par de veces en abril fue sólo por un error de cálculo que sufrí hasta el día en que comenzó Songkran.

El origen de esta fiesta es astrológico y coincide con la entrada del sol en el signo de Aries, momento en que se marcaba el día 1 del calendario Tai hasta 1940. Después, adoptaron el 1 de enero occidental, pero se mantuvo intacta la celebración del Año Nuevo budista entre el 13 y el 16 de abril. Como Buda nació poco más de medio milenio antes de Cristo, estamos ad portas, nada menos, que del año 2.553. Entonces, es como para celebrar.

Los lugareños comienzan el día lavando sus casas y yendo a los "Wat", o  templos, a lavar las manos de los monjes con agua perfumada. Los monjes, por su parte, lavan todas la imágenes de Buda y sacan las más importantes a pasear por la ciudad para que la gente les tire agua. La misma escena se repite en todo el país y más allá de las fronteras: en Laos, Camboya, Myanmar, Sri Lanka y entre los pueblos Dai de la provincia de Yunan, en China.

Después, estalla la guerra de agua, el juego.

 


Ese día, tomé una micro y en la primera cuadra comenzaron a manguerearnos y a tirarnos baldes de agua desde la vereda. A la bajada, me bañaron con polvos talcos mentolados y luego más agua y más talco, desde todas direcciones. En Khao San Road, el barrio mochilero, la batalla era campal, al igual que en Patpong, el barrio rojo. No se discriminaba por edad, sexo, ni menos nacionalidad.

Así las cosas, era imposible no buscar venganza y entrar en un juego que, a punta de risa, te purifica del estrés, la pena, la nostalgia o cual sea el mal que padezcas.

Terminé la tarde en la trinchera de mi vecino, un "Kathoey" (nombre que se les da a los del tercer sexo), que al verme decidió limpiarme todo rastro de talco a punta de baldes de agua. Me hablaba en tai y se bamboleaba gesticulando con una desinibición que sólo es posible y natural en este país. Me regaló un jugo de sandía y, si por un minuto no pasaba alguien para empapar, me pedía que lo mojara al grito de "Sawadee pet mai", "feliz Songkran".



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