Culture shock
Oct. 28 , 2011
Comenzó en medio de una calle, en Katmandú. De pronto, no pude caminar, porque todo estaba inmundo. Los hombres escupían tabaco masticable, las mujeres y niños se sonaban con los dedos y luego los sacudían, había sangre de animales en la puerta de los templos, vacas por todas partes y mucha basura. La sensación de que todo estaba muy sucio me hizo colapsar.
Un amigo, al que le tocó consolarme en una de esas bakerys de Thamel, dijo que sufría un culture shock. Me aconsejó mudarme de la pieza que me había cedido una compañía de trekking, a un hostal que, aunque lejos de ser lujoso, era impecable. Se llamaba "Happy Valley Guest House" y quedaba frente a la Stupa más grande de la ciudad, en medio del bullente barrio tibetano. Ahí, entre gompas y rezos, comencé a sanarme.
El culture shock es un estado alterado que puede padecer hasta el más tolerante y hippie de los viajeros. Se gatilla cuando las normas y símbolos sociales cambian y el extranjero se siente más que en otro país, en otro planeta. No es un turista, es un alien. Los síntomas más comunes son: obsesión por la limpieza, sentimiento de desamparo, irritabilidad, deseo de volver a casa, cansancio, miedo a ser estafado o asaltado, e incluso hostilidad con los lugareños.
Quien viaja ha perdido los códigos familiares, las mil y una formas en que automáticamente sabe cómo comportarse: cuando hay que dar la mano o dar un beso, qué decir cuando conoces a alguien, cuándo aceptar o rechazar invitaciones, cómo vestirte, cuándo comer con la mano, la cuchara o los palitos, etcétera. Lejos, ese conocimiento es muchas veces idealizado: "Es tan limpio todo en casa".
El culture shock lo padecen, en su mayoría, quienes viajan por un período largo, pero también lo pueden sufrir quienes lo hacen un par de semanas. Tanto es así, que algunas agencias han incorporado el grado de shock cultural que poseen sus viajes. La escala, que va de 1 a 5, dependiendo de la infraestructura, calidad de servicios, nivel de pobreza, tipo de comida e idioma, siendo 1 "casi como en casa" y 5 "¡realmente estás lejos!".
Chile, por ejemplo, para un europeo o estadounidense, es grado 2: "Ciertas diferencias, pero nada abrumador". Bolivia, en tanto, es grado 3: "Mayor pobreza, algunos problemas de higiene, de puntualidad y comida diferente". Algunas partes de India, China y Africa pueden enfrentar a un viajero occidental al grado 5.
Este síndrome no sólo lo experimentan occidentales, un amigo nepalés que vivió en Alemania me contó que los primeros dos meses comiendo salchichas y papas lo tenían desesperado. Un día, se compró una cocinilla y, en su pieza de estudiante, se preparó medio kilo de lentejas con arroz (o dhal baht) y se las comió con la mano, como es la costumbre en Nepal.
Para superar un culture shock lo más importante es tomárselo con humor. Lo segundo, es estudiar y comprender las costumbres locales, que pueden ser diametralmente opuestas a las de su país. También ayuda tener amigos entre los lugareños, aprender la lengua y, si tiene tiempo, puede leer uno de los libros de la colección "Culture Shock", una guía de "costumbres y etiqueta" en más de 40 países, incluida toda Europa.
Al final, yo me enamoré de Nepal y su gente. Me acostumbré a su comida, sus montañas, selvas, ríos, fiestas y música. A esas amigas que saltaban de un ritual a otro, ocupadas atendiendo los caprichos de tantos dioses. A la frecuencia de una vida entre tantas reencarnaciones. Lo difícil, después, fue volver. Otro fenómeno, quizás más complejo: el culture shock de los que regresan a su propio país.
* Periodista y socia de Mandala Viajes.





Posted by Erasmo bernales ochoa on October 29, 2011 at 10:20 AM CLST #